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CAPITULO 17

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 17

Jesús era niño e infinitamente impotente, por comparación, bajo el firme abrazo de su propio padre. Llevado al frenesí por el contacto y las obscenas caricias que se permitía, José se dispuso con redoblado afán a posesionarse de la persona de su hijo.
Sus nerviosos dedos apresaban ya sus duros muslos. Otro empujón firme, y no obstante que Jesús seguía cerrándolos firmemente en defensa de su sexo.
La lasciva mano alcanzó el delicioso pene largo y delgado q se escondía entre sus piernas, no contento aun sus dedos temblorosos llegaron hasta la cerrada y húmeda hendidura escondida tras sus bolas.
Hasta ese momento Jonathán no había sido más que un callado observador del excitante conflicto, pero al llegar a este punto se adelantó también, y pasando su poderoso brazo izquierdo en torno a la cintura del muchacho, encerró en su derecha las dos pequeñas manos de el, las que, así sujetas, lo dejaban fácilmente a merced de las lascivas caricias de su padre.
-Por caridad -suplicó Jesús, jadeante por sus esfuerzos-.
¡Suélteme! ¡Es demasiado horrible! ¡Es monstruoso!
¿Cómo pueden ser tan crueles?
-En modo alguno estás perdido, mi hijito -replicó José -.
Sólo despiertas a los placeres que Dios reserva para sus devotos, y cuyo amor guarda para aquellos que tienen la valentía de disfrutarlos mientras les es posible hacerlo.
-He sido engañado -gritó Jesús, poco convencido por esta ingeniosa explicación-.
¡Oh no, de ninguna manera!
¡Suéltame, padre! ¡Oh! ¡Oh!
-Quedate tranquilo, Jesús. Tienes que someterte.
-Si no me lo permites de otra manera, lo tomaré por la fuerza.
Así que abre estas piernas; déjame sentir el exquisito calorcito de este suave culo...
¡Estate quieto, loquito! Al fin eres mío. ¡Oh, cuánto he esperado esto, Jesús!
Sin embargo, Jesús ofrecía todavía cierta resistencia.
Que sólo servía para excitar todavía más el anormal apetito de su asaltante, mientras Jonathán lo seguía sujetando firmemente.
-¡Oh, qué hermosas nalgas! -exclamó José, mientras deslizaba sus intrusas manos por los aterciopelados muslos del pobre Jesús y acariciaba las redondas y duras posaderas-. ¡Ah, que gloriosa polla! Ahora es todo para mí, y será debidamente festejado en el momento oportuno. Mmm por Yahvé he sido bendecido con un hijo tan hermoso. Esto es la gloria, mientras hablaba metía su intrusa lengua en la boca del pequeño quien molesto por la tupida barba de su padre se sentía casi asfixiado.
-¡Suélteme! -gritó Jesús-. ¡Oh, Oh!
Estas últimas exclamaciones surgieron de la garganta del atormentado muchacho mientras entre los dos hombres lo forzaban a ponerse de espaldas sobre un sofá próximo.
Cuando cayó sobre él se vio obligado a recostarse, por obra del forzudo Jonathán, mientras José, que le había subido la túnica para poner al descubierto sus piernas y las formas exquisitas de su hijo, se hacia para atrás por un momento para disfrutar la indecente exhibición que Jesús se veía forzado a hacer.
-Padre ¿está loco? Gritó Jesús una vez más, mientras que con sus temblorosas extremidades luchaba por esconder la lujuriosa desnudez exhibida en toda su crudeza-.
¡Por favor, suélteme!
-Sí, Jesús, estoy loco. Loco de pasión por ti.
Loco de lujuria por poseerte, por disfrutarte, por saciarme con tu cuerpo.
La resistencia es inútil. Se hará mi voluntad, y disfrutaré de estos lindos encantos; en el interior de ese culo tan caliente.
Al tiempo que decía esto, José se aprestaba al acto final del incestuoso drama.
Se quitó prendas interiores, y sin consideración alguna de recato exhibió licenciosamente ante los ojos de su hijo las voluminosas y rubicundas proporciones de su excitado miembro que, erecto y radiante, veía hacia el con aire amenazador.
Un instante después se arrojó sobre su presa, firmemente sostenida sobre sus espaldas por el Sacerdote, y aplicando su arma raspante contra el tierno orificio, trato de realizar la conjunción insertando aquel miembro de largas y anchas proporciones en el cuerpo de su hijo.
Pero las continuas contorsiones de Jesús, el disgusto y horror que se habían apoderado del mismo, y las inadecuadas dimensiones de sus no maduras partes, constituían efectivos impedimentos para que el padre alcanzara la victoria que esperó conseguir fácilmente.
Tanta era la excitación de José que unos momentos después, y antes de lo previsto, los muslos y la espalda del joven Jesús se vieron cubiertos por el líquido que atestiguaba el vigor de su incestuoso pariente.
El aspirante a violador tuvo que retirarse de su ventajosa posición e, incapaz de proseguir la batalla, retiró el arma inútil.
No bien hubo librado José a su hijo de la molesta situación en que se encontraba, cuando Jonathán comenzó a manifestar la violencia de su propia excitación, provocada por la pasiva contemplación de la erótica escena.
Mientras daba satisfacción al sentido del tacto, manteniendo firmemente asido con su poderoso abrazo a Jesús, su túnica no podía disimular por la parte delantera el estado de rigidez que su miembro había adquirido.
Su temible arma, desdeñando al parecer las limitaciones impuestas por la ropa, se abrió paso entre ellas para aparecer protuberante, con su redonda cabeza desnuda y palpitante por el ansia de disfrute. -¡Ah! -exclamó el otro, lanzando una lasciva mirada al distendido miembro de su amigo-.
He aquí un campeón que no conocerá la derrota, lo garantizó -y tomándolo deliberadamente en sus manos, empezó a manipularlo con evidente deleite.
-¡Qué monstruo! ¡Qué fuerte es y qué tieso se mantiene!
El padre Jonathán se levantó, denunciando la intensidad de su deseo por lo encendido del rostro, y colocando al asustado niño en posición más propicia, llevó su roja protuberancia al húmedo esfínter y procedió a introducirla dentro con desesperado esfuerzo.
Dolor, excitación y anhelo vehemente recorrían todo el sistema nervioso de la víctima de su lujuria a cada nuevo empujón.

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