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SO SORRY...


Dear Readers
I am working in drawings and writting
but work is hard,
my job is about 7.30 am to 9pm and i need some time to sleep and go gym at 6am.
i know i do not posting for 3 months
and i hope post some nex weeks...
thank you for comprehension
if you have some ideas to collaborate with me please let me know
some pictures and drawings are welcomed too. Patience...

Estimado Lectores
por ahora estoy trabajando en un buen texto y unos dibujos
pero mi trabajo es duro aqui...
voy a mi empleo desde las 7 am hasta las 9 de la noche y necesito tiempo para dormir
ya que voy al gimnacio a las 6 de la mañana.
se que no he publicado hace 3 meses...
pero pondre algo las proximas semanas.
gracias por tu comprension.
si tienes algunas ideas, deseos o fantasias... para colaborar conmigo enviamelas...
o algunas fotos, dibujos y material enviamelo
todo es bienvenido. Paciencia.

John.

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CAPITULO 29

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 29

LEER LOS LIBROS DESDE EL INICIO (PRIMER CAPITULO)


-Me pregunto -dijo José después de haber recobrado el aliento y de reanimarse con un buen trago de vino…
-Me pregunto por qué es que esta pequeño me inspira tan completo arrobo. En sus brazos me olvido de mí y del mundo entero. Arrastrado por la embriaguez del momento me transporto hasta el límite del éxtasis.
La observación del padre (o reflexión), llámenle ustedes como gusten- iba en parte dirigida a Jonathán y en parte era producto de elucubraciones espirituales interiores que afloraban involuntariamente convertidas en palabras, al tercer día de juerga interminable.
-Jesús poniéndose de pie se dirigió al centro y se sentó.
-Creo poder decírtelo –dijo sentenciosamente-. Sólo que tal vez no quieras seguir mi razonamiento.
-De todos modos puedes exponérmelo -replicó José-. Soy todo oídos, y me interesa mucho saber cuál es la razón, según tú, dijo entre risas cómplice con Jonathan.
-Mi razón, o quizá debiera decir mis razones -observó el niño- te resultarán evidentes cuando conozcas mi hipótesis. El placer sensual debe estar siempre en proporción a las circunstancias que se supone lo producen y esto resulta paradójico, ya que cuanto más nos adentramos en la sensualidad y cuanto más voluptuosos se hacen nuestros gustos, mayor necesidad hay de introducir variación en dichas circunstancias. Hay que entender bien lo que quiero decir, y por ello trataré de explicarme más claramente.
¿Por qué tiene que cometer un hombre una violación a un infante, cuando está rodeado de mujeres y jóvenes deseosos de facilitarle el uso de su cuerpo?
Simplemente porque no le satisface estar de acuerdo con la parte opuesta en la satisfacción de sus apetitos.
Precisamente es en la falta de consentimiento donde encuentra el placer.
No cabe duda de que en ciertos momentos un hombre de mente cruel, que busca solo su satisfacción sensual y no encuentra una mujer que se preste a saciar sus apetitos, viola a una mujer o una niño, sin mayor motivo que la inmediata satisfacción de los deseos que lo enloquecen; pero escudriña en los anales de tales delitos. y encontrarás que la mayor parte de ellos son el resultado de designios deliberados planeados y ejecutados en circunstancias que implican el acceso legal y fácil de medios de satisfacción. La oposición al goce proyectado sirve para abrir el apetito sexual y añadir al acto características de delito o de violencia que agregan un deleite que de otro modo no existiría.
Es malo, esta prohibido, luego vale la pena perseguirlo; se convierte en una verdadera obsesión poder alcanzarlo. -¿Por qué, también -siguió diciendo Jesús ante los atónitos ojos del Sacerdote y su padre- un hombre de constitución vigorosa y capaz de proporcionar satisfacción a una mujer adulta prefiere una mozuela de apenas doce anos? Contesto: porque el deleite lo encuentra en lo anormal de la situación, que proporciona placer a su imaginación y constituye una exacta adaptación alas circunstancias de que hablaba. En efecto, lo que trabaja es, desde luego, la imaginación. La ley de los contrastes opera lo mismo en este caso como en todos los demás. La simple diferencia de sexos no le basta al sibarita, le es necesario añadir otros contrastes especiales para perfeccionar la idea que ha concebido.
Las variantes son infinitas, pero todas están regidas por la misma norma; algunos hombres altos prefieren compañeros pequeños, los bien parecidos, las mujeres feas; los fuertes seleccionan a los niños mas tiernos y endebles, y éstos a la inversa, anhelan compañeros robustos y vigorosos. La incompatibilidad es de las más increíbles incongruencias. Nadie, salvo los animales inferiores, los verdaderos brutos, se entregan a la cópula indiscriminada con el sexo opuesto, e incluso éstos manifiestan a veces preferencias y deseos tan irregulares como los de los hombres.
¿Quién no ha visto el comportamiento fuera de lo común de una pareja de perros callejeros? O no se ha reído de los apuros de la vieja vaca que llevada al mercado con su rebaño, desahoga sus instintos sexuales montándose sobre el lomo de su vecina más próxima?
Que pasaría, díganme ustedes si un día sintiesen que...


De pronto la puerta se abrió repentinamente y una desquiciada María entro cual león hambriento presa de la desesperación, que se torno en cólera al ver a los tres varones desnudos y sentados completamente ebrios.
Incrédula la Mujer miraba, para todos lados, un humor fuerte, mezcla de sudor y semen por no hablar del fuerte olor a excrementos y meado inundaban el lugar. El clima caliente no hacia mas que acentuar el olor al licor y a la droga que denunciaban los momentos de goce allí vividos.
Donde has estado hijo mío, te he buscado por todos los lugares imaginables, he preguntado por ti en cada lugar, estuve muy preocupada... dijo entre sollozos y lagrimas. ¿Hijo por que te has portado así?
-¿Y por que me buscabas mujer?... ¿No sabes que debo hacer la voluntad de mi padre?... mirando a José lascivamente.
Los tres hombres se levantaron lentamente acercándose lentamente. Casi al borde de la histeria la mujer emprendió la huida al ver las terribles erecciones que mostraban sedientos de mas sexo. Salio corriendo cubriéndose el rostro con ambas manos, temiendo ser presa de una feroz violación.

-Ruidosas carcajada y mas carcajadas inundaron la estancia, los tres varones volvieron a sentarse como si nada hubiese pasado.
Jonathan estaba al lado del niño Jesús, y vio que su mirada se había oscurecido...
Poniendo su ancha mano en la barbilla de Jesús procedió a levantarla tiernamente, -¿Qué pasa? ¿Es que algo te molesta? Ven acá corazón mío. Y atrayendo el cuerpo del niño se fundió en un profundo abrazo –Explícame que es lo que te pasa le musito al oído.
No vasto ni un solo minuto de explicaciones para que Jonathán suelte al pequeño ahogándose en carcajadas. Jesús se ruborizo bajando la mirada. Vamos mi pequeño, mi dulce e inocente pequeño, expreso mirando maliciosamente a José –Sabes lo que me ha dicho tu hijo? -Otra vez rió sonoramente.... Eh... creo que hemos creado todo un digno cofrade de la hermandad..., esta preocupado por saber cuando eyaculará y no solo eso, sino también quiere saber cuando le será permitido gozar de nuestros cuerpos así como nosotros gozamos con el.
José en el acto echo a reír, mientras que Jonathán tomando la pequeña mano de Jesús en la suya procedió a explicar, ves mi mano, ves como cubre por completo la tuya encerrándola por completo que casi ni se ve?
-Pues el hecho de que no se vea no significa que no esta allí verdad?
-Ves, es lo mismo, el hecho de que no arrojes la cantidad de leche que nosotros somos capaces de eyacular no significa que tu goce sea menor, tu eres perfectamente capaz de sentir el mismo placer como el que nosotros sentimos al poseerte, sin embargo en mucho mas gratificante sentir como corren los ríos de leche fuera de tu cuerpo y se que lo podrás hacer muy pronto solo debes ser paciente.
-Tu tierno cuerpo esta siendo estimulado tempranamente para q sea capaz de funcionar adecuadamente y veras que el día en que tu primer chorro de leche salga por esa verga que en estos momentos tengo en mis manos seré yo mismo el que beba ese precioso néctar y el segundo chorro entrara directamente en mi culo, así como entra cada vez el mío por tus intestinos; es una promesa.
Lentamente una linda sonrisa se dibujo en el rostro del pequeño, sus ojos brillaron una vez mas y sus rosadas mejillas volvieron a tener el color intenso de la juventud ante tal maravilloso juramento.
El tener el cuerpo de Jesús tan cerca había bastado para hacer que su gran arma adquiriera sus mayores dimensiones.
-Ven aquí, mi fruto prohibido -dijo él- Déjame que te joda; déjame disfrutar de tu persona a plena satisfacción.
Ese es mi mayor placer, mi éxtasis, mi delirante disfrute.
Te inundaré de semen, te poseeré a pesar de los dictados de la sociedad. Eres mío ¡Ven!
Jesús echó una mirada al enrojecido y rígido miembro de su protector, y pudo observar la mirada de él, fija en su cuerpo juvenil.
Conociendo sus intenciones, se dispuso a darles satisfacción.
Como ya su majestuoso pene había entrado con frecuencia en su cuerpo en toda su extensión, el dolor de la distensión había ya cedido su lugar al placer, y su juvenil y elástica carne se abrió para recibir aquella gigantesca columna con dificultad apenas limitada a tener que efectuar la introducción cautelosamente.
El buen hombre se detuvo por unos momentos a contemplar el buen prospecto que tenía ante sí; luego, adelantándose, separó las carnosas nalgas de Jesús, y metió entre ellos la lisa bellota que coronaba su gran arma.
Jesús lo recibió con un estremecimiento de emoción. Jonathán siguió penetrando hasta que, tras de unas cuantas embestidas furiosas, hundió toda la longitud del miembro en el estrecho cuerpo juvenil que lo recibió hasta los testículos.
Siguieron una serie de embestidas, de vigorosas contorsiones de parte de uno, y de sollozos espasmódicos y gritos ahogados del otro.
Si el placer del hombre era intenso, el de su joven compañero de juego era por igual inefable, y el duro miembro estaba ya bien lubricado como consecuencia de las anteriores descargas. Dejando escapar un quejido de intensa emoción logró una vez más la satisfacción de su apetito y Jesús sintió los chorros de semen abrasándole violentamente las entrañas.
-¡Ah, cómo me han inundado los dos! -dijo Jesús. y mientras hablaba podía observarse un abundante escurrimiento que, procedente de su ano, corría por sus piernas hasta llegar al suelo.
Ese tercer día concluyo temprano y José regreso a sus labores así como el Sacerdote a las suyas propias.

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CAPITULO 28

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 28

LEER LOS LIBROS DESDE EL INICIO (PRIMER CAPITULO)

Todos los detalles fueron acordados finalmente en una reunión conjunta, y la consideración del caso despertó por anticipado apetitos tan violentos en ambos hombres, que se dispusieron a celebrar su buena suerte entregándose a la posesión del apuesto Jesús con una pasión nunca alcanzada hasta aquel entonces.
El efebo por su parte, tampoco estaba renuente a prestarse a sus fantasías y como quiera que en aquellos momentos estaba tendido sobre el blando sofá con un endurecido miembro en cada mano, y el suyo propio entre sus ágiles piernas, sus emociones subieron de intensidad, y se mostraba ansioso de entregarse a los vigorosos brazos que sabia estaban a punto de reclamarlo.
Era precisamente el tercer día de ausencia de Jesús en su casa.
José, Jesús y Jonathan pasaron tres días en una orgía privada interminable.
Esa mañana, como ya se había hecho costumbre, Jonathán fue el primero. Tomo a Jesús aun medio dormido, lo volteó boca abajo, haciéndole que exhibiera su rollizo culo lo más posible.
Permaneció unos momentos extasiado en la contemplación de la deliciosa perspectiva, y de los pequeños huevos aplastados debajo de su cuerpo. Su arma, temible y bien aprovisionada de esencia, se enderezó bravamente, amenazando el oscuro túnel del amor que aun chorreaba descargas previas.
José, como en otras ocasiones, se aprestaba a ser testigo del desproporcionado asalto, con el evidente objeto de desempeñar a continuación su papel favorito.
Jonathán contempló con expresión lasciva los blancos y redondeados promontorios que tenía enfrente. Las tendencias clericales de su educación lo invitaban a la comisión del acto venéreo. Pero sabedor de lo que esperaba de él su amigo, se contuvo por el momento.
Las dilaciones son peligrosas -dijo-. Mis testículos están repletos, el precioso Niño debe recibir su contenido, y tu amigo mío, tienes que deleitarte con la abundante lubricación que puedo proporcionarle.
Esta vez, cuando menos Jonathán no había dicho sino la verdad.
Su poderosa arma, en cuya cima aparecía la chata y roja cabeza de amplias proporciones, y que daba la impresión de un hermoso fruto en sazón, se erguía frente a su vientre, y sus inmensos testículos, pesados y redondos, se veían sobrecargados del venenoso licor que se aprestaban a descargar.
Una espesa y opaca gota del chorro que había de seguir asomó a la roma punta de su pene cuando, ardiendo en lujuria el sátiro se aproximaba a su víctima.
Inclinando rápidamente su enorme dardo, Jonathán llevó la gran nuez de su extremidad junto al ajustado anillo de Jesús, comenzó a empujar hacia adentro.
-¡Oh, qué dura! -¡Qué grande es! -Comentó Jesús-. ¡Me hace daño! -¡Entra demasiado aprisa! -¡Oh, pare!
Igual hubiera sido que Jesús implorara a los vientos, una rápida sucesión de sacudidas, unas cuantas pausas entre ellas, más esfuerzos, y Jesús quedó empalado.
-¡Ah! -exclamó el violador, volviéndose con aire triunfal hacia su coadjutor, con los ojos centelleantes y sus lujuriosos labios babeando de gusto-. ¡Ah, esto es verdaderamente sabroso, qué estrecho es y sin embargo, lo tiene todo adentro, estoy en su interior hasta los testículos!
José practicó un detenido examen, Jonathán estaba en lo cierto. Nada de sus órganos genitales, aparte de sus grandes bolas, quedaba a la vista, y éstas estaban apretadas contra las piernas de Jesús.
Mientras tanto Jesús sentía el calor del invasor casi hasta en su estomago.
Podía darse cuenta de cómo el inmenso miembro que tenía adentro se descubría y se volvía a cubrir, y acometía en el acto por un acceso de lujuria profusamente.
Al tiempo que dejaba escapar un grito desmayado.
José estaba encantado. ¡Empuja. empuja! -decía-.Ahora le da gusto. Mételo todo...¡Empuja!
Jonathán no necesitaba mayores Incentivos, y tomando a Jesús por las caderas se enterraba hasta lo más hondo a cada embestida.
El goce llegó pronto; se hizo atrás hasta retirar todo el pene, salvo la punta, para lanzarse luego a fondo y emitir un sordo gruñido, susurrándole obscenas palabras al oído mientras le mordía las orejas, su cargado aliento envolvía al pequeño, sus gruesas mejillas acariciaban ferozmente la dulce cara del niño, mientras arrojaba un verdadero diluvio de caliente fluido en el interior del juvenil cuerpo de Jesús.
El muchacho sintió el cálido y cosquilleante chorro disparado a toda violencia en su interior, y una vez más sintió su propio corazón palpitar apresuradamente, su erección casi hasta reventar su infantil sexo y en sus sienes el continuo bum, bum, de un orgasmo aun seco.
Los grandes chorros que a intervalos inundaban sus órganos vitales, procedentes de las poderosas reservas Jonathán -cuyo singular don al, respecto expuse ya anteriormente le causaban a Jesús la más deliciosas sensaciones, y elevaban su placer al máximo durante las descargas, al mismo tiempo que lo sumían en una profunda tristeza.
Apenas se hubo retirado Jonathán cuando se posesionó de su hijo, José, y comenzó un lento disfrute de sus más secretos encantos.
Un lapso de veinte minutos bien contados transcurrió desde el momento en que el lujurioso padre inicio su goce, hasta que dio completa satisfacción a su lascivia con una copiosa descarga, la que Jesús recibió con estremecimientos de deleite sólo capaces de ser imaginados por una mente enferma. Tres días seguidos habían pasado follando, mamando y bebiendo semen, orina y todo fluido que llegase a sus labios.

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CAPITULO 27

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 27

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Por esos días Jonathan invito a José y a su hijo a pasar unos días en la Sinagoga, allí estarían solazándose en la mas completa impunidad a discreción de miradas furtivas de gente menos afortunada.
Así pues José y su hijo llegaron al punto de reunión, y uniéndose a Jonathán decidieron la norma de que mientras permanecían en el recinto sus cuerpos obligatoriamente debían estar desnudos. Aceptado el trato se designo al niño Jesús como sirviente y esclavo sexual por lo que debía obedecer en todos los requerimientos de sus compañeros.
Reunidos y acomodados pidieron a Jesús explicaciones sobre el encuentro con el viejo Zacarías. Cuando Jesús relató el resultado de su entrevista, unas ahogadas risitas de deleite escaparon de los labios de los otros dos conspiradores.
No habló, sin embargo, del rústico joven con quien había tropezado por el camino.
De aquella parte de sus aventuras del día considero del todo innecesario Informar al astuto Sacerdote o a su propio padre.

El complot estaba evidentemente a punto de tener éxito.
La semilla tan discretamente sembrada tenia que fructificar necesariamente y cuando Jonathán pensaba en el delicioso agasajo que algún día iba a darse en la persona del hermoso Juan, hijo de Zacarías, se alegraban por igual su espíritu y sus pasiones animales, solazándose por anticipado con las tiernas exquisiteces próximas a ser suyas, con el ostensible resultado de que se produjera una gran distensión de su miembro y que su modo de proceder denunciara la profunda excitación que se había apoderado de él.
Tampoco José permanecía impasible.
Sensual en grado extremo, se prometía un estupendo agasajo con los encantos de su hijo y el solo pensamiento de este convite producía los correspondientes efectos en su temperamento nervioso.
Pero todavía quedaban algunos detalles por solucionar.
Estaba claro que Zacarías daría los pasos necesarios para averiguar lo que había de cierto en la afirmación de Jesús de que su padre estaba dispuesto a vender su virginidad y mas aun su tierna virilidad.
Jonathán, cuyo conocimiento del hombre le había hecho concebir tal idea, sabía perfectamente con quién estaba tratando. Jonathán era discreto; pero no tenía empacho en valerse de los hechos de los que tenía conocimiento para sus propios fines.
El plan, quedó pues, ultimado.
Cierto día, a convenir de común acuerdo, Jesús invitaría a Juan a pasar el día en su humilde casa, y se acordó asimismo que Zacarías sería invitado a pasar a recogerlo en dicha ocasión.
Después de cierto lapso de inocente jugueteo por parte de Jesús, ateniéndole a lo que previamente se le habría explicado el se retiraría, bajo el pretexto de que había que tomar algunas precauciones para evitar un posible escándalo.
Entonces, el pequeño, le sería presentado, en una habitación idónea, acostado sobre un sofá, en el que quedarían a merced sus encantos personales, si bien la cabeza permanecería oculta tras una cortina cuidadosamente corrida.
De esta manera Zacarías, ansioso de tener el tierno encuentro, podría arrebatar la codiciada joya que tanto apetecía de su adorable víctima, mientras que el menor, ignorante de quién pudiera ser el agresor, nunca podría acusarlo posteriormente de violación, ni tampoco avergonzarse delante de él.
A Zacarías tenía que explicársele todo esto, y se daba por seguro su consentimiento. Una sola cosa tenía que ocultársele, el que su propia hijo iba a sustituir a Jesús. Esto no debía saberlo hasta que fuera demasiado tarde.
Mientras tanto Juan tendría que ser preparado gradualmente y en secreto sobre lo que iba a ocurrir sin mencionar naturalmente, el final catastrófico y la persona que en realidad consumaría el acto.
En este aspecto, Jonathán como Sacerdote, se sentía en su elemento, y por medio de preguntas bien encaminadas y de gran número de explicaciones, había ya puesto al muchacho en antecedentes de cosas en las que nunca antes había soñado, todo lo cual Jesús se había apresurado a explicar y confirmar.

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CAPITULO 26

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 26

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Precisamente frente a el se encontraba un joven rústico de unos dieciocho años, de facciones bellas, aunque de expresión bobalicona, con la mirada puesta en los brillosos corceles entregados a su pasatiempo.
Pero lo que encadenó la atención de éste en el muchacho fue el estado en que aparecía su vestimenta y la aparición de un tremendo miembro de roja y bien desarrollada cabeza, que desnudo y exhibiéndose en su totalidad se erguía impúdico.
No cabía duda sobre el efecto que el espectáculo desarrollado en la pradera había causado en el muchacho, puesto que éste se había subido bien la túnica, para apresar entre sus nerviosas manos un arma que aunque juvenil de verdad muy respetable.
Con ojos ansiosos devoraba la escena que se desarrollaba en la pradera, mientras que con la mano derecha desnudaba la firme columna para friccionarla vigorosamente hacia arriba y hacia abajo, completamente ajeno al hecho de que un espíritu afín era testigo de sus actos.
Una exclamación de sobresalto que involuntariamente se le escapo a Jesús motivó que el mirara en derredor suyo, y descubriera frente a el, al guapo niño, en el momento en que su lujurioso miembro estaba completamente expuesto en toda su gloriosa erección.
-¡Por Jeova! –exclamó Jesús tan pronto como pudo recobrar el habla.
¡Que visión tan espantosa! ¿Qué estas haciendo con esa cosa roja?
El mozo, humillado, trato vestirse, pero su evidente confusión y la rigidez adquirida por el miembro hacían difícil la operación, por no decir enfadosa.
Jesús acudió solícito en su auxilio.
-¿Qué es esto? -Deja que te ayude. -¿Cómo se salió?
-¡Qué grande y dura es! -¡Que larga tu cosa!
Uniendo la acción a las palabras, la jovencito poso su pequeña mano en el erecto pene del muchacho, y estrujándolo en su calida palma hizo mas difícil aún la posibilidad de poder regresarlo a su escondite.
Entretanto el muchacho, que gradualmente recobraba los ánimos y advertía la inocencia de su nuevo amiguito, se abstuvo de hacer nada en ayuda de sus loables propósitos de esconder el rígido y ofensivo miembro.
En realidad se hizo imposible, aun cuando hubiera puesto algo de su parte ya que tan pronto como su mano lo cogió adquirió proporciones todavía mayores, al mismo tiempo que la hinchada y roja cabeza brillaba como una ciruela madura.
-¿Qué debo hacer? –Pregunto Jesús, al tiempo que dirigía una mirada de enojo a la hermosa faz del rústico muchacho.
-¡Ah, que divertido eres! -Suspiró el mozuelo-.
¿Quien hubiera podido decir que estabas tan cerca de mi cuando me sentí tan mal, y comenzó a palpitar y engrosarse hasta ponerse como está ahora?
-¿Estas mal? ¿Cómo te puedo ayudar?, Pregunto Jesús, apretando más aún y sintiendo que las llamas de la lujuria crecían cada vez más dentro de el-.
-¿Viste lo que hacían los caballos en la pradera? -Preguntó el muchacho, mirando con aire interrogativo a Jesús. cuya belleza parecía proyectarse sobre su embotada mente como el sol se cuela a través de un paisaje lluvioso.
-Si, lo vi. -Replicó el niño con aire inocente- ¿Qué estaban haciendo? ¿Qué significaba aquello?
-Estaban cachando -repuso el muchacho con una sonrisa de lujuria-. -El deseaba a la hembra y la hembra deseaba al semental. Así es que se juntaron y se dedicaron a follar.
-¡Vaya, qué curioso! -Contestó Jesús.
-Contemplando con la más infantil sencillez el gran objeto que todavía estaba entre sus manos, ante el desconcierto del muchacho.
-De veras que fue divertido. ¿verdad? ¡Y que instrumento! ¿Verdad?
Inmenso -murmuró Jesús sin dejar de pensar un solo momento en la cosa que estaba frotando de arriba para abajo con su mano.
-¡Oh, cómo me cosquilleas! -Suspiró su compañero! ¡Qué hermoso eres...! ¡Y que bien lo frotas! Por favor, sigue. Tengo ganas de acabar.
-¿De veras? -murmuró Jesús- ¿Puedo hacer que termines?
Jesús miró el henchido objeto, endurecido por efecto del suave cosquilleo que le estaba aplicando, y cuya cabeza tumefacta parecía que iba a estallar.
El prurito de observar cuál seria el efecto de su ininterrumpida fricción se posesionó por completo de el, por lo que se aplicó con redoblado empeño a la tarea.
-¡Oh, sí, por favor! ¡Sigue! ¡Estoy próximo a terminar! ¡Oh! ¡Oh! ¡Qué bien lo haces!
¡Apriete más... frota más a prisa! ¡Pélala bien!... ¡Ahora otra vez...! ¡Oh, cielos! ¡Oh!
El largo y duro instrumento engrosaba y se calentaba cada vez más a medida que el niño lo frotaba de arriba abajo.
-¡Ah! ¡Uf! ¡Ya viene!
¡Uf! ¡Ohhhh!


-Exclamó el rústico entrecortadamente mientras sus rodillas se estremecían y su cuerpo adquiría rigidez, y entre contorsiones y gritos ahogados su enorme y poderoso pene expelió un chorro de liquido espeso sobre las manos de Jesús, que, ansioso por bañarlas en el calor del viscoso fluido, rodeo por completo el enorme dardo, ayudándolo a emitir hasta la última gota de semen.
Jesús, sorprendido y gozoso bombeó cada gota -que hubiera chupado de haberse atrevido poniendo las palmas sobre el suelo limpio la espesa y perlina masa de sus manos.
Después el jovenzuelo, humillado y con aire estúpido. se guardó el desfallecido miembro, y miró a su compañero con una mezcla de curiosidad y extrañeza...
¿Dónde vives? -preguntó al fin, cuando encontró palabras para hablar.
-No muy lejos de aquí -repuso Jesús-.
-¿Por qué no jodemos como el semental y la potranca? -Sugirió el joven, cuyo ardor, apenas apaciguado, Comenzaba a manifestarse de nuevo.
-Tal vez lo hagamos algún día, pero ahora, no. Llevo prisa porque estoy retrasado. Tengo que irme enseguida.
-Déjame tocarte por favor... -Dime ¿Cuándo vendrás de nuevo?
-Ahora no -dijo Jesús, retirándose poco a poco; pero nos encontraremos otra vez. Jesús acariciaba la idea de darse gusto con el formidable objeto.
¿Ya lo has hecho antes? -No. Pero deseo hacerlo... ¿No me crees?
-Esta bien, entonces te diré que sí, lo he hecho. -¡Qué barbaridad -comentó el Niño.
-A mi padre le gustaría también joderte -agregó sin titubear ni prestar atención a su movimiento de retirada.
-¿Tu padre?¿Y cómo lo sabes?
-Porque mi padre y yo jodemos juntos. Su Instrumento es mayor que el mío.
-Eso dices tú. Pero ¿Será cierto que tu padre y tú hacen estas cosas juntos?
-Si, claro está, que cuando se nos presenta la oportunidad.-Deberías verlo joder -¡Uy, uy! y rió como un idiota.
No pareces un muchacho muy despierto -dijo Jesús.
-Mi padre no es tan listo como yo. -Replicó el joven riendo más todavía, al tiempo que mostraba otra vez la verga semi enhiesta.
Ahora ya sé cómo follar, aunque sólo lo haya hecho una vez. Deberías verme joder.
Lo que Jesús pudo ver fue el gran instrumento del muchacho, palpitante y erguido.
-¿Con quién lo hiciste? -Con un chico de catorce años. Ambos lo jodimos, mi padre y yo nos lo dividimos.
-¿Quien fue el primero? -inquirió Jesús. -Yo, y mi padre me sorprendió. -Entonces él quiso hacerlo también y me hizo sujetarlo.
-Lo hubieras visto joder. ..¡Uy! Unos minutos después Jesús había reanudado su camino y llegó a casa sin posteriores aventuras.

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CAPITULO 25

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 25

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En ese tiempo ya pudo verse que el jovencito no había desperdiciado ninguna de las instrucciones que se le dieron sobre la parte que tenía que desempeñar conspiración urdida.
Jesús no tardo mucho en encontrarse en casa del anciano Zacarías, y tal vez por azar, o quizás más bien porque así lo había preparado aquel respetable ciudadano, a solas con él.
Zacarías advirtió su oportunidad y, cual inteligente general, se dispuso al asalto.
Se encontró con que su lindo compañero, o estaba en el limbo en cuanto a sus intenciones, o estaba bien dispuesto a alentarlas.
Zacarías. había ya colocado sus brazos en torno a la cintura de Jesús y, como por accidente, la mano derecha del pequeño, comprimía ya bajo su nerviosa palma el varonil miembro de él.
Lo que Jesús podía palpar puso de manifiesto la violencia de su emoción.
Un espasmo recorrió el duro objeto de referencia a todo lo largo y Jesús no dejo de experimentar otro similar de placer sensual.
El enamorado Zacarías lo atrajo suavemente hacia si, y abrazó su cuerpo complaciente.
Rápidamente estampó un cálido beso en su mejilla y le susurró palabras halagüeñas para apartar su atención de sus maniobras.
Intentó algo más; frotó la mano de Jesús sobre el duro objeto, lo que le permitió al jovencito advertir que la excitación podría ser demasiado rápida.
Jesús se atuvo estrictamente a su papel en todo momento: “era un muchacho inocente y recatado”.
Zacarías, alentado por la falta de resistencia de parte de su joven amigo, dio otros pasos todavía más decididos. Su inquieta mano vagó por de la túnica de Jesús y acarició sus duras pantorrillas.
Luego, de repente, al tiempo que besaba con verdadera pasión sus labios, pasó sus temblorosos dedos por debajo para tentar sus blancos muslos. Pero el Niño Jesús lo rechazó.
En cualquier otro momento se hubiera acostado sobre sus espaldas y le hubiera permitido hacer lo peor, pero recordaba la lección, y desempeñó su papel perfectamente.
-¡Oh! Qué atrevimiento el de usted -gritó el jovencito-.
-¡Qué groserías son éstas! ¡No puedo permitírselo!
-Mí padre dice que no debo consentir que nadie me toque ahí. En todo caso nunca antes de...
-Jesús dudó, se detuvo, y su rostro adquirió una expresión boba.
-Zacarías era tan curioso como enamoradizo. -¿Antes de qué, Jesús?
-¡No debo explicárselo! No debí decir nada al respecto.
-Sólo sus rudos modales me lo han hecho olvidar. –
¿Olvidar qué?
-Algo de lo que ha hablado a menudo mi padre -contestó sencillamente Jesús...
-¿Pero qué es? ¡Dímelo!
-No me atrevo. Además, no entiendo lo que significa. –
Te lo explicaré si me dices qué se trata.
-¿Me promete no contarlo?
-Desde luego.
-Bien. Pues lo que él dice es que nunca tengo que permitir que me pongan las manos ahí, y que si alguien quiere hacerlo tiene que pagar mucho por ello.
-¿Dijo eso, realmente?
-Sí, claro que sí.
-Dijo que puedo proporcionarle una buena suma de dinero, y que hay muchos caballeros que pagarían gustosos por lo que usted quiere hacerme, y dijo que no era tan estúpido como para dejar perder semejante oportunidad.
-Realmente, Jesús, el carpintero sabe de negocios, pero no creía que se atreviera a tanto.
-Pues si, -Dijo Jesús-.
-Está arrobado con el dinero, ¿sabe usted?, -Y yo apenas si sé lo que ello significa, pero a veces dice que va a vender mi virginidad.
-¿Será eso posible? -pensó Zacarías-. -¿Qué tipo debe ser éste? -¡Qué buen ojo para los negocios! Cuanto más pensaba Zacarías acerca de ello, más convencido estaba de la verdad que encerraba la ingenua explicación dada por el Niño Jesús. El pequeño Estaba en venta, y él iba a comprarlo.
Era mejor seguir este camino que arriesgarse a ser descubierto y castigado por sus relaciones secretas. Antes, empero, de que pudiera terminar de hacerse estas prudentes reflexiones, se produjo una interrupción provocada por la llegada de su menor hijo, Juan. Jesús dio pronto una excusa y regresó a su hogar, dejando que los acontecimientos siguieran su curso.

En esta ocasión había caído ya la tarde, y el tiempo era apacible.
El sendero tenía varias curvas pronunciadas, ya medida que Jesús seguía camino adelante se entretenía en contemplar el ganado que pastaba en los alrededores.
En las praderas próximas vio a varios hombres que cultivaban el campo, y un poco más lejos a un grupo de mujeres que descansaba un momento de las labores de la siembra, entretenida en interesantes coloquios.
Al otro lado del camino, en la pradera había dos animales, un semental y una yegua. Evidentemente el primero se había dedicado a perseguir a la segunda, hasta que consiguió darle alcance no lejos de donde se encontraba Jesús.
Pero lo que más sorprendió y espantó a éste fue el maravilloso espectáculo del gran miembro parduzco que erecto por la excitación, colgaba del vientre del semental y que de vez en cuando se encorvaba en impaciente búsqueda del cuerpo de la hembra. Esta debía haber advertido también aquel miembro palpitante, puesto que se había detenido y permanencia tranquila ofreciendo su parte trasera al agresor.
El macho estaba demasiado urgido por sus instintos amorosos para perder mucho tiempo con requiebros, y ante los maravillados ojos de la jovencito montó sobre la hembra y trató de introducir su instrumento. Jesús contemplaba el espectáculo con el aliento contenido, y pudo ver cómo, por fin, el largo y henchido miembro del caballo desaparecía por entero en las partes posteriores de la hembra.
El camino emprendido por el Niño pasaba a través de praderas y era un sendero de carretas que salía al camino.
Decir que sus sentimientos sexuales se excitaron no sería más que expresar el resultado natural del lúbrico espectáculo. En realidad Jesús, estaba más que excitado; sus instintos libidinosos se habían desatado.
Frotándose las manos clavó la mirada para observar con todo interés el lascivo espectáculo, y cuando, tras una carrera rápida y furiosa, el animal retiró su goteante pene. Jesús dirigió a éste una golosa mirada concibiendo la insanía de apoderarse de él para darse gusto a si mismo. Haciendo un gran esfuerzo Jesús reanudó su camino, pero apenas había avanzado una docena de pasos cuando su mirada tropezó con algo que ciertamente no iba a aliviar su pasión.



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CAPITULO 24

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 24

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A fin de guardar las apariencias. Se le introducirá en una alcoba agradable, podrá ver el cuerpo totalmente desnudo de un encantador adolescente, se le hará saber que se trata de nuestro pequeño, y que puede gozarlo.
-¿Yo? -interrumpió Jesús-.
¿Para qué todo ese misterio?
El padre Jonathán sonrió malévolamente. Ya lo sabrás. Jesús, ten paciencia
Lo que deseamos es disfrutar del chavalillo Juan hijo de Zacarías, y lo que Zacarías quiere es disfrutar de tu persona.
Únicamente podemos alcanzar nuestro objetivo evitando al propio tiempo toda posibilidad de escándalo. Es preciso que Zacarías sea silenciado, pues de lo contrario podríamos resultar perjudicados por la violación de su hijo.
Mi propósito es que el lascivo Zacarías viole a su propio hijo, en lugar de a Jesús. Y que una vez que de esta suerte nos haya abierto el camino, podamos nosotros entregarnos a la satisfacción de nuestra lujuria.
Si Zacarías cae en la trampa. podremos revelarle el incesto cometido, y recompensárselo con la verdadera posesión de Jesús, a cambio de la persona de su hijo, o bien actuar de acuerdo con las circunstancias.
¡Oh! Casi termino ya! -Grito José-. ¡Mi arma está que arde! ¡Qué trampa! ¡Qué espectáculo tan maravilloso!
Ambos hombres se levantaron, y Jesús se vio envuelto en sus abrazos.
Dos duros y largos dardos se incrustaron contra su cuerpo... Jonathán se tumbó sobre sus espaldas, Jesús se le montó encima y tomó su pene de semental entre las manos para llevárselo al ano. José contemplaba la escena.
Jesús se dejó caer lo bastante para que la enorme arma se adentrara por completo; luego se acomodó encima del ardiente sacerdote, y comenzó una deliciosa serie de movimientos ondulatorios.
José contemplaba sus nalgas subir y bajar, abriéndose y cerrándose a cada sucesiva embestida.
Jonathán se había adentrado hasta la raíz, esto era evidente. Sus grandes testículos estaban pegados debajo de el, los redondos glúteos de Jesús llegaban a ellos cada vez que el muchacho se dejaba caer.
El espectáculo le sentó muy bien a José.
El virtuoso padre, dirigió su largo y henchido pene también hacia el trasero de Jesús, y poco a poco venciendo la dificultad consiguió enterrarlo por completo hasta sus entrañas.
El culito de su hijo era ancho pero esta vez estaba completamente dilatado, la piel de las nalgas blanca como el alabastro y el recto totalmente distendido.
José, empero, no prestaba la menor atención a estos detalles.
Su miembro estaba dentro, y sentía la estrechez del músculo del pequeño orificio de entrada como algo exquisito. Los penes se frotaban mutuamente, dentro del ano.
Jesús experimentaba los enloquecedores efectos de este deleite, al estar completamente empalado su próstata era terriblemente acariciada por los falos erectos.
Tras una terrible excitación llegaron los transportes finales conducentes al alivio, y varios chorros de leche inundaron a Jesús .
Después Jonathán descargó por dos veces en la boca de Jesús, en la que también vertió luego su padre su incestuoso fluido, y así terminó la sesión.
La forma en que Jesús realizó sus funciones fue tal, que mereció las sinceras felicitaciones de sus dos compañeros.
Sentado en el canto de una silla, se colocó frente a ambos de manera que los tiesos miembros de uno y otro quedaron a nivel con su hambrienta boca.
Luego, tomando entre sus labios los aterciopelado testículos, aplicó ambas manos a frotar, cosquillear y excitar el falo y sus apéndices.
De esta manera puso en acción en todo el poder nervioso de los miembros de sus compañeros de juego, que, con sus miembros distendidos a su máximo, pudieron gozar del lascivo cosquilleo hasta que los toquecitos de Jesús se hicieron irresistibles, y entre suspiros de éxtasis su boca y su garganta fueron inundadas con chorros de semen. El pequeño judío los bebió por completo y lo mismo habría hecho con los de una docena, si hubiera tenido oportunidad para ello...

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CAPITULO 23

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 23

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Acontecio que el Niño Jesús confesó que Zacarías, padre de Juan, lo deseaba, y que evidentemente estaba en espera de la oportunidad para encaminar las cosas hacia la satisfacción de su capricho.
Por su parte, el Sacerdote Jonathán confesó que su miembro se enderezaba a la sola mención del nombre del muchachito.
Lo había confesado, y admitió jocosamente que, durante la ceremonia no había podido controlar sus manos ya que su simple aliento despertaba en él ansias sensuales incontenibles.
José, el carpintero, declaró que estaba igualmente ansioso de proporcionarse placer con los dulces encantos cuya sola descripción lo enloquecía.
Pero el problema estaba cómo poner en marcha el plan.
Si lo violara sin preparación, lo destrozaría (exclamó el padre Jonathán) exhibiendo una vez más su rubicunda maquina, todavía rezumando las prueba de su último goce, que aún no había enjugado .
-Yo no puedo gozarlo primero.
Necesito la excitación de una copulación previa -objetó José.
Me gustaría ver al muchacho bien violado -dijo Jesús- sonriente...
Observaría la operación con deleite, y cuando el padre Jonathán hubiese introducido su enorme cosa en el interior de el, tu podrías hacer lo mismo conmigo para compensarme el obsequio que le haríamos a Juan.
-Sí, esa combinación podría resultar deliciosa.
-¿Qué habrá qué hacer? -Inquirió Jesús-. -¡Dios mío, que tiesa está de nuevo su verga, Jonathán!
-Se me ocurre una idea que sólo de pensar en el me provoca una violenta erección.
-Puesta en práctica sería el colmo de la lujuria, y por tanto del placer.
-Veamos de qué se trata -exclamaron los otros dos; al unísono.
-Aguarda un poco -dijo el santo varón.
Mientras Jesús desnudaba la roja cabeza de su instrumento para cosquillear en el húmedo orificio con la punta de su lengua.
-Escúchame bien -dijo Jonathán-.
Zacarías está enamorado de Jesús.
Nosotros lo estamos de su hijo, y a esta criatura que ahora me está chupando la verga le gustaría ver a su pariente Juan ensartado hasta lo más hondo de su órganos vítales, con el único y lujurioso afán de proporcionarse una dosis extra de placer.
Hasta aquí todos estamos de acuerdo.
Ahora préstenme atención. Y tú, Jesús, deja en paz mi instrumento.
He aquí mi plan: Me consta que el pequeño Juan no es insensible a sus instintos animales.
En efecto, ese diablito siente ya la comezón de la carne. Un poco de persuasión y otro poco de astucia pueden hacer el resto. Juan accederá a que le alivien esas angustias del apetito carnal. Jesús debe alentarlo al efecto. Entretanto el mismo Jesús inducirá al Zacarías a ser más atrevido. Le permitirá que se le declare, si así lo desea él. En realidad, ello es indispensable para que el plan resulte. Ese será el momento en que debo intervenir yo.
Le sugeriré a Zacarías que José es un hombre por encima de los prejuicios vulgares, y que por cierta suma de dinero estará conforme en entregarle a su hermoso y “virginal” hijo para que sacie sus apetitos.
No alcanzo a entenderlo bien -comentó Jesús. No veo el objeto -intervino José. Ello no nos aproximará más a la consumación de nuestro plan.
Aguarde un momento (continuó el buen padre). Hasta este momento todos hemos estado de acuerdo. Ahora Jesús será vendido a Zacarías.
Se le permitirá que satisfaga secretamente sus deseos en los hermosos encantos de este. Pero la víctima no deberá verlo a él, ni viceversa.

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CAPITULO 22

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 22

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Hubiera querido continuar cosquilleando, frotando y, excitando el henchido tronco de su lascivo padre, pero el fornido hombre le hizo señas de que se detuviera.
Espera un momento, Jesús -suspiró-, vas a hacer que termine.
Jesús soltó el enorme dardo blanco y se echó hacia atrás, de manera que su padre pueda accionar despacio, sin que el dejara por un solo momento de prestar ansiosamente atención a las extraordinarias dimensiones del miembro de Jonathán.
Nunca había gustado Jesús con tanto deleite de un pene, como ahora estaba disfrutando el respetable miembro de su padre.
Por tal razón aplicó sus labios al mismo con la mayor fruición, sorbiendo morbosamente la secreción que de vez en cuando exudaba la punta. José estaba arrobado con sus atentos servicios.
A continuación el Sacerdote se arrodilló, y pasando su rasurada cabeza por entre las piernas de José, que estaba de pie ante su hijo, abrió los muslos de éste para asir después con sus dedos el pequeño y duro falo, sin apartar la mirada introdujo aquella arma infantil en su boca.
Al tiempo que con sus gruesos labios cubría su juvenil y lampiño pubis. Así poco apoco comenzó a lamer alrededor con su lengua, y hasta trató de introducirla en la roja abertura de la extremidad. Estaba hasta el frenesí. Sus mejillas ardían, su respiración iba y venía con ansiedad espasmódica.
Jesús se estremecía de placer.
Su padre se puso aún mas rígido, y empujó fuertemente dentro de la boca del muchacho, el cual tomó sus testículos entre sus mano para estrujarlos con suavidad.
Retiró hacia atrás la piel del ardiente tronco, y reanudó su acción con evidente deleite.
¡Termina ya! dijo Jesús, abandonando por un momento la viscosa cabeza con objeto de poder hablar y tomar aliento.
¡Termina, padre ! ¡Me agrada tanto saborearlo! Podrás hacerlo, pequeño pero todavía no.
No debemos ir tan aprisa. ¡Oh! ¡Cómo me mama!... ¡Cómo me lame su lengua!
¡Estoy ardiendo!... ¡Me mata! De veras que sí, querido padre , Ponme tu pene de nuevo en la boca. Todavía no, Jesús, amor mío...
No me hagas aguardar demasiado. Me está enloqueciendo.... Padre! ¡Padre!
¡Oh ya viene hacia mí! ¡Se prepara para joderme! ... ¡Dios santo, qué miembro!
¡Piedad! i Me partirá en dos!
Entretanto, Jonathán, enardecido por el delicioso jugueteo con el que estuvo entretenido se encontró demasiado excitado para permanecer como estaba. y aprovechando la oportunidad de una momentánea retirada de José, se puso de pie y tumbó sobre sus espaldas en el blanco sofá, al hermoso muchacho .
José tomó en su mano el formidable pene del Sacerdote, le dio un par de sacudidas preliminares, retiró la piel que rodeaba su cabeza en forma de huevo y encaminando la punta anchurosa y ardiente hacia el rosado ano de su hijo lo empujó vigorosamente dentro de el.
La humedad se consiguió con un par de escupitajos, lo que facilitó la entrada de la cabeza y la parte delantera, y el arma del sacerdote pronto quedó sumida.
Siguieron fuertes embestidas, y con brutal lujuria reflejada en el rostro, y escasa piedad por la juventud de la víctima.
Jonathán lo ensartó. La excitación de Jesús superaba el dolor, por lo que se abrió de piernas hasta donde le fue posible para permitirle regodearse según su deseo en la posesión de su cuerpo.
Un ahogado lamento escapó de los entreabiertos labios de Jesús cuando sintió aquel gran arma, dura como el hierro, presionando su próstata, y dilatándole el ano con su gran tamaño.
José no perdía detalle del lujurioso espectáculo que se ofrecía a su vista y se mantuvo al efecto cerca de la excitada pareja.
En un momento dado depositó su poco menos vigoroso miembro en la mano convulsa de su hijo.
Jonathán, tan pronto como se sintió firmemente alojado en el lindo cuerpo que estaba debajo de él refrenó su ansiedad.
Llamando en auxilio suyo al extraordinario poder de autocontrol con el que estaba dotado, pasó sus manos temblorosas sobre las caderas del muchacho, y apartando sus ropas descubrió su velludo vientre con el que a cada sacudida frotaba el mullido culo del menor.
De pronto el sacerdote aceleró su trabajo con poderosas y rítmicas embestidas se enterraba en el tierno cuerpo que yacía debajo de él.
Apretó fuertemente hacia adelante, y Jesús enlazó sus blancos brazos en torno a su musculoso cuello.
Sus testículos golpeaban las posaderas del pequeño, su instrumento había penetrado hasta los pelos que, negros y rizados, cubrían por completo el sexo de el.
Ahora lo tiene. Observa, José, a tu hijo. Ve cómo disfruta los ritos eclesiásticos.
¡Ah, qué placer! ¡Cómo me mordisquea con su estrecho culo!
¡Oh, fóllame mas! Ya estoy terminando.
¡Empuje! ... ¡Máteme con él, si gustáis, pero no deje de moverse!
¡Así! ¡Oh! ¡Cielos! ¡Ah, ah! ¡Cuán grande es! ¡Cómo me entra! ... ¡Oh, Dios gritó Jesús!
¡Me está matando!... Es demasiado... Me muero...
Y dejando escapar un grito ahogado, el muchacho tuvo un gran orgasmo seco con el que ajusto muy fuerte el grueso miembro que tan deliciosamente lo estaba follando.
El largo pene engruesó y se enardeció todavía más.
También la bola que lo remataba se hinchó, y todo el tremendo aparato parecía que iba a estallar de lujuria.
El Niño Jesús susurraba frases incoherentes, de las que sólo se entendía la palabra “Follar”.
Jonathán, también completamente enardecido, y sintiendo su enorme verga atrapada en las juveniles carnes del muchacho, no pudo aguantar más, y agarrando las nalgas de Jesús con ambas manos, empujó hacia el interior toda la tremenda longitud de su miembro y descargó, arrojando los espesos chorros de su fluido, uno tras otro, muy adentro de su compañero de juego .
Un bramido como de bestia salvaje escapó de su pecho a medida que arrojaba su cálida leche.
¡Oh ya viene!... ¡Me está inundando! ¡Ya siento!... ¡Ah, qué delicia!
Mientras tanto el miembro del sacerdote, bien hundido en el cuerpo de Jesús, seguía emitiendo por su henchida cabeza el semen perlino que inundaba los intestinos de el .
¡Ah, qué cantidad me está dando! -comentó Jesús, mientras se bamboleaba sobre sus pies y sentía correr en todas direcciones, piernas abajo, el cálido fluido.
¡Cuán blanco y viscoso es !
Esta era exactamente la situación que más ansiosamente esperaba el carpintero, y por lo tanto procedió sosegadamente a aprovecharla.
Miró sus piernas empapadas, metió sus dedos en el rojo ano, embarró el semen exudado sobre su lampiño sexo.
Seguidamente, colocando a su hijo adecuadamente frente a él, José exhibió una vez más su tieso y peludo campeón, y excitado por las excepcionales escenas que tanto le habían deleitado, contempló con ansioso celo las tierna partes del Niño Jesús, completamente cubiertas como estaban por las descargas del sacerdote y exudando todavía espesas y copiosas gotas de su prolífico fluido.
Jesús, obedeciendo a sus deseos, abrió lo más posible sus piernas. Su padre se colocó ansiosamente entre los muslos del pequeño.
Estate quieto, mi querido hijo.
Mi pene no es gordo ni tan largo como el de Jonathán, pero sé muy bien cómo joder, y podrás comprobar sí la leche de tu padre es tan espesa y deliciosa como la de cualquier eclesiástico.
Mira cómo la tengo de dura. ¡Y cómo me haces esperar! -dijo Jesús. Veo tu verga aguardando turno... ¡Cuán roja se ve! ... ¡Empújame padre !
Ya estoy listo de nuevo y el buen Jonathán te ha aceitado bien el camino.
El duro miembro tocó con su enrojecida cabeza el esfínter aun dilatado, completamente resbalosos y su punta se afianzó con firmeza.
Luego comenzó a penetrar el miembro propiamente dicho y tras unas cuantas embestidas firmes aquel ejemplar pariente se había adentrado hasta los testículos en el culo de su hijo. solazándose lujuriosamente entre el tufo que evidenciaba sus anteriores e impías venidas con el Sacerdote.
Querido padre (exclamó el muchacho)... Acuérdate con quien estás jodiendo... No se trata de un extraño. Es tu hijo, tu propio hijo...
Fóllame bien entonces padre. Entrégame todo el poder de tu vigoroso miembro. Jódeme hasta que tu leche se derrame en mi interior! ¡Ah! ¡Ohhhh!
Y sin poderse contener ante el conjuro de sus propias ideas lujuriosas Jesús se entregó a la más desenfrenada sensualidad con gran deleite de su padre .
El vigoroso hombre, gozando la satisfacción de su lujuria preferida, se dedicó a efectuar una serie de rápidas y poderosas embestidas.
No obstante lo anegado que se encontraba el recto de su lindo oponente era de por sí pequeño, lo bastante estrecho para pellizcarle deliciosamente y provocar así que su placer aumentara rápidamente.
José se alzó para lanzarse con rabia adentro del cuerpo del joven, y el hermoso niño se asió a él con el apremio de una lujuria todavía no saciada. Su verga engrosó y se endureció todavía más.
El cosquilleo se hizo pronto casi insoportable.
Jesús se entregó por entero al placer del acto incestuoso, hasta que José, dejando escapar un suspiro, terminó dentro de su hijo, inundando de nuevo el cuerpito del niño con su cálido fluido.
Jesús llegó también al éxtasis y al propio tiempo que recibía la poderosa inyección, placenteramente acogida, convulsionaba como prueba de su goce. Habiéndose así completado el acto, se dio tiempo a Jesús para lavarse y después, tras de apurar un tonificante vaso lleno de vino hasta los bordes, se sentaron los tres para concertar un diabólico plan para la violación y el goce del pequeño Juan hijo de Zacarías.

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CAPITULO 21

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 21

Por aquel tiempo Jesús y su familia se encontraron con sus parientes Zacarías e Isabel, los que tenían un hijo de doce años llamado Juan.
Este muchachito, mayor que Jesús por apenas seis meses, era de temperamento menos caliente y voluptuoso. El pequeño Jesús comprendió después de mucho indagar con su protector, que su amigo no había madurado lo bastante para entender los sentimientos pasionales, ni comprender los fuertes instintos que despierta el placer.
Juan, el hijo de Zacarías, quien después seria conocido como El bautista, Tenia el poder del Profeta Elías, era inteligente y convencía tan solo con su mirada. Físicamente era ligeramente más alto que Jesús y algo mas delgado, pero con formas capaces de deleitar los ojos y cautivar el corazón de un artista por lo perfecto de su corte y lo exquisito de sus detalles.
Zacarías, que era un hombre de edad muy avanzada, era Sacerdote también; en ese tiempo en el pueblo Judío no se era Sacerdote por decisión personal, sino por derecho familiar. Estos tenían el derecho y el deber de cumplir de cuando en cuando las funciones del culto en el Templo de Jerusalén, de este modo pues Zacarías había amasado una pequeña fortuna robando de las arcas del templo todo dinero u objeto de valor que llegase a sus manos.
Este hombre estaba casado con una mujer llamada Isabel, prima de María quien era una mujer frígida, es decir carecía del deseo carnal por lo que Zacarías nunca pudo engendrar con ella descendencia.
Aconteció que una tarde Zacarías estaba en el Templo sirviendo delante de dios, según el orden de su grupo, echaron suerte según la costumbre y el fue designado para entrar en el santuario y ofrecer el incienso de la tarde. Y mientras el permanecía dentro, el pueblo se encargo de violar a su mujer repetidas veces. De esta suerte fue que Isabel concibió al pequeño Juan. Esta mujer se ocupaba bien poco de su hijo, pasaba la mayor parte de su tiempo en el templo en sus deberes religiosos.
Zacarías entonces se sintió mucho mas alejado de su mujer por lo que mantuvo relaciones con una amiga, una muchacha joven y linda que, según deduje, estaba con el gracias al dinero que podía “recoger” en el templo, sin embargo el a pesar de su avanzada edad sentía los deseos carnales muy fuertes, y su organismo aun respondía como el de un campeón.
En tales circunstancias, nada tiene de extraño que sus ojos se fijaran en el hermoso cuerpo de aquel capullo en flor que era el hijo de su amigo el carpintero, el Niño Jesús.
A quien ya había tenido oportunidad de oprimir en sus brazos, y de besar desde luego con aire paternal su blanca mejilla, e incluso de colocar su mano temblorosa, cierto que por accidente, sobre los fuertes y largos muslos.
En realidad Jesús, mucho más experimentado que la mayoría de las muchachos de su tierna edad, se había dado cuenta que Zacarías sólo esperaba la oportunidad para llevar las cosas a sus últimos extremos. Y esto era precisamente lo que hubiera complacido a Jesús, pero era vigilado demasiado de cerca por José, su padre, y por el Sacerdote Jonathán y la nueva y desdichada situación en que acababa de entrar acaparaba todos sus pensamientos.
Jonathán, empero, se percataba de la necesidad de permanecer sobre aviso, y no dejaba pasar oportunidad alguna, cuando el joven acudía al templo para hacer preguntas directas y pertinentes acerca de su comportamiento para con los demás, y de la conducta que los otros observaban con el menor.
Así fue como Jesús llegó a confesarle a su guía espiritual los sentimientos engendrados en el por el lúbrico proceder de Zacarías.
Jonathán entonces aconsejo bien al menor; y lo puso inmediatamente después, a la tarea de succionarle el pene.
Una vez pasado este delicioso episodio, y borrado las huellas del placer, el digno sacerdote se dispuso con su habitual astucia, a sacar provecho de los hechos de que acababa de tener conocimiento.
Su sensual y vicioso cerebro no tardó en concebir un audaz plan.
Desde luego, en el acto decidió que Juan tenía algún día que ser suyo.
Esto era del todo natural.
Pero para lograr este objetivo y divertirse al mismo tiempo con la pasión que indiscutiblemente Jesús había despertado en Zacarías, concibió una doble consumación, que debía llevarse a cabo por medio del más indecoroso y repulsivo plan jamás visto.
Lo primero que había que hacer era despertar la imaginación de Juan, y avivar en el los latentes fuegos de la lujuria.
Esta noble tarea la confiaría el buen sacerdote a Jesús, el que, debidamente instruido, se comprometió fácilmente a realizarla.
Puesto que ya se había roto el hielo en su propio caso, Jesús, a decir verdad, no deseaba otra cosa sino conseguir que Juan fuera tan culpable como él. Así que se dio a la tarea de corromper a su pariente.
Fue sólo unos días después de la iniciación del pequeño Jesús en los deleites del delito en su forma incestuosa que he relatado, y en los que no había tenido mayor experiencia porque José tuvo que ausentarse del hogar.
A la larga, sin embargo, tenía que presentarse la oportunidad, y Jesús se encontró por segunda vez, solo y sereno, en compañía de su padre el carpintero y de Jonathán.
La tarde era fría, pero en la estancia reinaba un calorcito placentero. Los suaves y mullidos asientos que amueblaban la habitación proporcionaban a la misma un aire de indolencia y abandono.
A la brillante luz de una lámpara los tres hombres parecían elegantes devotos de Satán, cuando se sentaron, ligeros de ropa, después de comer.
En cuanto a Jesús, estaba por así decirlo excedido en belleza.
Vistiendo solo su túnica de siempre, que medio descubría y que medio ocultaba aquellos encantos, de los que tan orgulloso podía mostrarse.
Su mirada pícara medio cubierta por sus cabellos alborotados, sus brazos, fuertes y torneados, bíceps bien formados, sus piernas duras y largas, su pecho palpitante, en el que se levantaban dos fresas frescas, las estrechas caderas, unas redondeadas nalgas y un vientre tan plano como una tabla que se extendía hasta muy abajo donde oculto y apresado babeaba su sexo infantil; eran encantos que, sumados a otros muchos, formaban un delicioso conjunto con el que se hubieran intoxicado las deidades mismas, y en las que iban a complacerse los dos lascivos mortales.
Se necesitaba, empero, un pequeño incentivo más para aumentar la excitación de los infames y anormales deseos de aquellos dos hombres que en dicho momento, con ojos inyectados por la lujuria, contemplaban a su antojo el despliegue de tesoros que estaba a su alcance.
Seguros de que no habían de ser interrumpidos, se disponían ambos a hacer los lascivos juegos que darían satisfacción al deseo de solazarse con lo que tenia a la vista.
Incapaz de contener su ansiedad, el sensual padre extendió su mano, y atrayendo hacia él a su hijo, deslizó sus dedos entre sus piernas a modo de sondeo.
Por su parte el Sacerdote se posesionó en su dulce pecho, para sumir su cara en el.
Ninguno de los dos se detuvo en consideraciones de pudor que interfirieran con su placer, así que los miembros de los dos robustos hombres fueron exhibidos luego en toda su extensión y permanecieron excitados y erectos, con las cabezas ardientes por efecto de la presión sanguínea y la tensión muscular.
-¡Oh, qué forma de tocarme! -murmuró Jesús.
Abriendo voluntariamente sus muslos a las temblorosas manos de su padre , mientras Jonathán casi lo ahogaba al prodigarle deliciosos besos con sus gruesos labios.
En un momento determinado la certera mano de Jesús apresó en el interior de su cálida palma el rígido miembro del vigoroso sacerdote.
¿Qué, amorcito, no es grande?... Si supieras como arde en deseos de expeler su jugo dentro de ti.
¡Oh, cómo me excitas!... Tu mano, mmm... ¡Me muero por insertarlo en tu culito!
¡Bésame Jesús!... ¡Eh carpintero, vea en qué forma me excita su hijo!
¡Qué carajo!... ¡Ve, qué cabeza la suya! ¡Cómo brilla! ¡Qué tronco tan larga y tan blanco!
¡Y obsérvala encorvarse como si fuera serpiente en acecho de su víctima
¡Ya asoma una gota en la punta!... -¡Oh, cuán dura es! ¡Cómo vibra!
¡Cómo acomete! ¡Apenas puedo abarcarla!
¡Me mata con esos besos, que me chupan la vida!
José hizo un movimiento hacia adelante, y en el mismo momento puso al descubierto su propia arma, erecta y al rojo vivo, desnuda y húmeda la cabeza.
Tenemos que establecer un orden para nuestros placeres,
Jesús; dijo su padre. Debemos prolongarlo lo más que nos sea posible nuestros éxtasis.
Jonathán es desenfrenado... ¡Qué espléndido animal es!
¡Hay que ver qué miembro!... ¡Está dotado como un gran semental!
¡Ah! Hijito mío, mi criatura... Con eso va a dilatar tu culito.
La hundirá hasta tus entrañas, y tras de una buena carrera descargará un torrente de leche para placer tuyo.
-¡Qué gusto! -murmuró Jesús-. Anhelo recibirlo hasta mi cintura.
Sí, sí. No apresuremos el delicioso final, trabajemos todos para ello.
Hubiera dicho algo más, pero en aquel momento la roja punta del rígido miembro del carpintero entró en su boca. Con la mayor avidez Jesús recibió el duro y palpitante objeto entre sus labios, y admitió tanto como pudo de el.
Se aferró más aún al miembro del lúbrico progenitor, y su juvenil y estrecho ano palpitaba de placer anticipado.

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CAPITULO 20

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 20

Estaba yo en compañía de Leví cuando llego a la Sinagoga, un apuesto joven de unos veintidós años de edad. Pronto descubrí, por la marcha de su conversación, que aunque relacionado de cerca con personas de rango, el joven no poseía títulos, si bien era familiar de uno de los más ricos hombres de la población.
Los nombres no interesan aquí. Por lo tanto suprimo el de este apuesto jovencito.
Después que el Sacerdote hubo impartido su bendición tras de poner fin a la ceremonia por medio de la cual había entrado en posesión de lo más selecto de los secretos del joven, nada renuente, lo condujo a un cuarto pequeño de la Sinagoga mismo lugar donde Jesús recibió su primera lección de copulación santificada.
Pasó el cerrojo a la puerta y no perdió tiempo. El muchacho se despojó de sus ropas, y el fornido Sacerdote abrió su sotana para dejar al descubierto su enorme arma, cuya enrojecida cabeza se alzaba con aire amenazador.
No bien se dio cuenta de esta aparición, el joven se apoderó del miembro, como quien se posesiona a como dé lugar de un objeto de deleite que no le es de ninguna manera desconocido.
Su diestra mano estrujó gentilmente el enhiesto pilar que constituía aquel tieso músculo, mientras con los ojos lo devoraba en toda su extensión.
- Tienes que metérmelo por detrás -comentó el joven-. - Pero debes tener mucho cuidado, ¡Es tan terriblemente grande!
Los ojos del Sacerdote centellaban en su pelirroja cabezota y en su enorme arma se produjo un latido espasmódico que hubiera podido alzar una silla.
Un segundo después el mozuelo se había arrodillado sobre la silla dándole la espalda al sacerdote, y Leví, aproximándose a el, levantó sus ropas interiores para dejar expuesto un redondo trasero, bajo el cual, medio escondido entre unos duros y velludos muslos, se veían un par de hinchados y gordos huevos descansando sobre un rotundo falo, profusamente sombreada por una mata de pelos castaños que se rizaban en torno a el.
Leví no esperó mayores incentivos. Escupiendo en la punta de su miembro, colocó su cálida cabeza en el caliente orificio anal y después, tras muchas embestidas y esfuerzo, consiguió hacerlo entrar hasta los testículos.
Se adentró más, más y más, hasta que dio la impresión de que el hermoso recipiente no podría admitir más sin peligro de sufrir daño en sus órganos vitales.
-Entre tanto el rostro del joven reflejaba el extraordinario placer que le provocaba el gigantesco miembro.
De pronto Leví se detuvo. Estaba dentro hasta los testículos.
Sus pelos rojos y crispados acosaban los orondos cachetes de las nalgas del muchacho.
Este había recibido en el interior de su cuerpo, en toda su longitud, la vara del sacerdote.
Entonces comenzó un encuentro que sacudía la banca y todos los muebles de la habitación.
Asiéndose con ambos brazos en torno al cuerpo del muchacho, el sensual sacerdote se tiraba a fondo en cada embestida, sin retirar más que la mitad de la longitud de su miembro, para poder adentrarse mejor en cada ataque, hasta que el muchacho comenzó a estremecerse por efecto de las exquisitas sensaciones que le proporcionaba un asalto de tal naturaleza.
Poco a poco, con los ojos cerrados y la cabeza caída hacia adelante, eyaculo potentemente su cálida esencia.
Leví, entretanto, seguía accionando en el interior de los intestinos, y a cada momento su arma se endurecía más, hasta llegar a asemejarse a una barra de acero sólido.
Pero todo tiene su fin, y también lo tuvo el placer del buen sacerdote, ya que después de haber empujado, luchado, apretado y batido con furia, su verga no pudo resistir más, y sintió alcanzar el punto de la descarga de su savia, llegando de esta suerte al éxtasis .
Llegó por fin. Dejando escapar un grito hundió hasta la raíz su miembro en el interior del joven, y derramó en sus entrañas un abundante chorro de leche.
Todo había terminado, había pasado el último espasmo, había sido derramada la última gota, y Leví yacía como muerto.
El lector no imaginará que el buen Leví iba a quedar satisfecho con sólo este único ataque que acaba de asestar con tan excelentes efectos, ni tampoco que el muchacho, cuyos licenciosos apetitos habían sido tan poderosamente apaciguados, no deseaba ya nuevos escarceos.
Por el contrario, esta copula no había hecho más que despertar las adormecidas facultades sensuales de ambos, y de nuevo sintieron despertar la llama del deseo.
El joven yacía sobre su espalda con la verga nuevamente hinchada por el deseo y la lujuria; su fornido violador se acerco como un león a su presa, tomando con ambas manos el delicioso falo del jovencito se dejo caer lentamente sobre el, hundiendo el preciosos ariete en su propio ano, hasta que se juntaron los pelos de ambos, así estuvo subiendo y bajando satisfaciéndose por su propia mano hasta que terminó de nuevo, llenándose el culo del viscoso torrente del mozuelo. Todavía insatisfecha, la lasciva pareja continuó en su excitante pasatiempo.
Esta vez Leví se recostó sobre su espalda, y el mozuelo, tras de juguetear lascivamente con sus enormes órganos genitales, tomó la roja cabeza de su pene entre sus labios, al tiempo que lo estimulaba con toquecitos enloquecedores hasta conseguir el máximo de tensión, todo ello con una avidez que acabó por provocar una abundante descarga de fluido espeso y caliente, que esta vez inundó su boca y corrió garganta abajo.
Luego el muchacho, cuya lasciva era por lo menos igual a la del Sacerdote, se colocó sobre la corpulenta figura de éste, y tras de haber asegurado otra gran erección del Sacerdote, se empaló en el palpitante dardo hasta no dejar a la vista nada más que las grandes bolas que colgaban de la endurecida arma.
De esta manera succionó hasta conseguir una cuarta descarga de Leví.
Exhalando un fuerte olor a semen, en virtud de las abundante eyaculaciones del sacerdote, y fatigada por la excepcional duración del entretenimiento se dio luego a contemplar cómodamente las monstruosas proporciones y la capacidad fuera de lo común de su gigantesco compañero.

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CAPITULO 19

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 19

Era el cordero en las fauces del lobo. La paloma en las garras del águila.
Sin piedad ni atención siquiera por los sentimientos de el, atacó por encima de todo hasta que, demasiado pronto para su propio afán lascivo, dando un grito de placentero arrobo, descargó en el interior de su hijo un abundante torrente de su incestuoso fluido.
Una y otra vez los dos infelices disfrutaron de su víctima.
Su fogosa lujuria, estimulada por la contemplación del placer experimentado por el otro, los arrastró a la insanía.
Mientras Jonathán penetraba el ano de Jesús, José se arrodillaba por delante para contemplar el acto mas de cerca mientras le succionaba el largo pene erecto. Después de un largo rato de jadeo ya casi al concluir -con verdadero deleite- se puso a succionar los labios del dilatado ano rebalsante de semen.
Aquella noche acompañé a Jesús a la cama. El descanso siguió a la cena con que repuse mis energías y hubiera encontrado un retiro seguro y deliciosamente cálido en el tierno cuerpo de Jesús, de no haber sido porque, a medianoche, un violento alboroto vino a trastornar mi digno reposo.
El jovencito había sido sujetado por un abrazo rudo y poderoso, y alguien aprisionaba fuertemente su cuerpo.
Un grito ahogado acudió a los atemorizados labios de el, y en medio de sus vanos esfuerzos por escapar, y de sus no más afortunadas medidas para impedir la consumación de los propósitos de su asaltante, reconocí la voz y la persona de su padre.
La sorpresa había sido completa, y al cabo tenía que resultar inútil débil resistencia que el podía ofrecer.
Su padre, con prisa febril y terrible excitación provocada por el contacto con sus extremidades, tomó posesión de sus más secretos encantos y presa de su odiosa lujuria adentró su pene rampante en su joven hijo. El lugar era terriblemente oscuro sin embargo el rostro del Niño Jesús iluminaba todo el lugar, José no podía mas que contemplar con un aire de goce los hermosos labios entreabiertos y los ojitos cerrados que denotaban la excitación y lujuria del menor, mientras que disfrutaba poseyendo ferozmente el ajustado y caliente recto.
Siguió a continuación una furiosa lucha, en la que cada uno desempeñaba un papel distinto.
El violador, igualmente enardecido por las dificultades de su conquista, y por las exquisitas sensaciones que estaba experimentando, enterró su tieso miembro y trató por medio de ansiosas acometidas de facilitar una copiosa descarga, mientras que Jesús, cuyo temperamento no era lo suficientemente prudente como para resistir la prueba de aquel violento y lascivo ataque, se esforzaba en vano por contener los violentos imperativos de la naturaleza despertados por la excitante fricción de su pequeña próstata, hasta que, al cabo, con grandes estremecimientos en sus miembros y la respiración entrecortada se rindió al placer que el henchido dardo deliciosamente prodigaba en su interior.
José no tuvo gran dificultad en lograr su propósito, si bien la pugna pareció excitarlo hasta el frenesí. La Cama se mecía y temblaba; la habitación entera vibraba con la trémula energía de su lascivo ataque; ambos cuerpos se encabritaban y rodaban, convirtiéndose en una sola masa.
La lujuria, fogosa e impaciente los llevaba hasta el paroxismo en ambos lados. El daba las estocadas, empujaba, embestía, se retiraba hasta dejar ver la ancha cabeza enrojecida de su hinchado pene junto al rojos ano de Jesús, para hundirlo luego hasta los negros pelos que le nacían en el vientre, hasta que un suspiro entrecortado delató el dolor y el placer de el.
Poseído por el frenesí de un deseo recién renacido y todavía no satisfecho con la posesión de tan lindo fruto, el brutal José dio vuelta al cuerpo de su semi desmayado hijo, untándole el ano con la leche que inundaba su sexo, empujó su índice lo más adentro que pudo.
Su pasión había llegado de nuevo a un punto febril. Encaminó su pene hacia las rotundas nalgas, y encimándose sobre su cuerpo recostado, situó su reluciente cabeza sobre el pequeño orificio, esforzándose luego por adentrarse en él nuevamente.
Al cabo consiguió su propósito, y Jesús recibió en su recto, en toda su extensión, la vara de su padre. La estrechez de su ano proporcionó al mismo el mayor de los placeres, y siguió trabajando lentamente de atrás hacia adelante durante un cuarto de hora por lo menos, al cabo de cuyo lapso su aparato había adquirido la rigidez del hierro, y descargó en las entrañas de su hijo torrentes de leche.
Ya había amanecido cuando José soltó a su hijo del abrazo lujurioso en que había saciado su pasión, logrado lo cual se deslizó exhausto para buscar abrigo en su frío lecho.
Jesús, por su parte, rendido, se sumió en un pesado sueño, del que no despertó hasta bien avanzado el día. Cuando salió de nuevo de su alcoba, Jesús había experimentado un cambio que no le importaba ni se esforzaba en lo más mínimo por analizar.
La pasión se había posesionado de él para formar parte de su carácter.
Se habían despertado en su interior fuertes emociones sexuales, y les había dado satisfacción. El refinamiento en la entrega a las mismas había generado la lujuria, y la lascivia había facilitado el camino hacia la satisfacción de los sentidos.
Jesús casi un niño inocente, hasta hacía bien poco, se había convertido de repente en un homosexual de pasiones y de lujuria incontenible.

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CAPITULO 18

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 18

Aunque no era la primera vez que el padre Jonathán había tocado entrada como aquélla, el hecho de que estuviera presente su padre, lo indecoroso de toda la escena, el profundo convencimiento -que por vez primera se le hacia presente- del engaño de que había sido víctima por parte del padre y de su egoísmo, fueron elementos que se combinaron para sofocar en su interior aquellas extremas sensaciones de placer que tan poderosamente se habían manifestado antes.
Pero la actuación de Jonathán no le dio tiempo a Jesús para reflexionar, ya que al sentir la suave presión, como la de un guante, se apresuro a completar la conjunción lanzándose con una pocas vigorosas y diestras embestidas a hundir su miembro en el cuerpo del niño hasta los testículos.
Siguió un intervalo de rápidas acometidas y presiones, firmes y continuas, hasta que un murmullo sordo en la garganta de Jesús anuncio que la naturaleza reclamaba en el sus derechos y que el combate amoroso había llegado a la crisis exquisita, en la que espasmos de indescriptible placer recorren rápida y voluptuosamente el sistema nervioso; con la cabeza echada hacia atrás, los labios partidos y los dedos crispados...
Su cuerpo adquirió la rigidez inherente a estos absorbentes efectos, en el curso de los cuales consiguió otro de sus orgasmos prostáticos que tanto lo hacían delirar. Ni una sola gota de semen había sido derramada aunque su blanco y largo pene palpitaba erecto y caliente entre sus piernas.
El contorsionado cuerpo de Jesús, sus ojos brillantes y sus manos temblorosas, revelaban a las claras su estado, sin necesidad de que lo delatara también el susurro de éxtasis que se escapaba trabajosamente de sus labios temblorosos.
La masa entera de aquella potente arma, ahora bien lubricada, trabajaba deliciosamente en su juvenil ano. La excitación de Jonathán iba en aumento por momentos, y su miembro, rígido como el hierro, amenazaba a cada empujón con descargar su viscosa esencia.
-¡Oh, no puedo aguantar más! ¡Siento que se me viene la leche José!
-Tiene usted que joderlo. Es delicioso.
Su ano me ajusta como un guante. ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh!
Más vigorosas y más frecuentes embestidas -un brinco poderoso- una verdadero sumergimiento del robusto hombre dentro de la débil figurita del menor, un abrazo apretado, y Jesús con inefable placer, sintió la cálida Inyección que su violador derramaba en chorros espesos y viscosos muy adentro de sus intestinos.
Jonathán retiró su vaporizante pene con evidente desgano, dejando expuestas las relucientes partes del pequeño, de las cuales manaba una espesa masa de secreciones.
-Bien -exclamó José, sobre quien la escena había producido efectos sumamente excitantes-,
-Ahora me llegó el turno, Jonathán.
-Ha gozado usted a mi hijo bajo mis ojos conforme lo deseaba, y a fe mía que ha sido bien violado.
El ha compartido los placeres con usted. Mis previsiones se han visto confirmadas.
Puede recibir y puede disfrutar, y uno puede saciarse en su cuerpo. Bien. Voy a empezar.
Al fin llegó mi oportunidad; ahora no puede escapárseme.
Daré satisfacción aun deseo largamente acariciado.
Apaciguaré esa Insaciable sed de lujuria, que despierta en mí, mi hijo.
Observe este miembro; ahora levanta su roja cabeza. Expresa mi deseo por ti, Jesús. Siente mi querido hijo.
Cuánto se han endurecido los testículos de tu padre... Se han llenado para ti...
Eres tú quien ha logrado que esta cosa se haya agrandado y enderezado tanto...
Eres tú el destinado a proporcionarle alivio... ¡Descubre su cabeza, Jesús! Tranquilo, chiquillo; permíteme llevar tu mano.
¡Oh, déjate de tonterías! Sin rubores ni recato... Sin resistencia. ¿Puedes advertir su longitud?
Tienes que recibirlo todo en ese caliente culo que Jonathán acaba de rellenar tan bien.
¿Puedes ver los grandes globos que penden por debajo, Jesús? Mmm...
Están llenos de semen que voy a descargar para goce tuyo y mío... Sí, Jesús, en el ano de mi hijo.
La idea del terrible incesto que se proponía consumar añadía combustible al fuego de su excitación, y le provocaba una superabundante sensación de lasciva impaciencia, revelada tanto por su enrojecida apariencia, como por la erección del dardo con el que amenazaba las húmedas partes de Jesús.
José tomó medidas de seguridad. No había, en realidad, y tal como lo había dicho, escapatoria para Jesús. Se subió sobre su cuerpo y le abrió las piernas levantándoselas en el aire.
Mientras Jonathán lo mantenía firmemente sujeto .El violador vio llegada la oportunidad. El camino estaba abierto, los muslos bien separados, el rojo y húmedo ano frente a él. No podía esperar más.
Abriendo el recto de su hijo con un dedo, y apuntando la roja cabeza de su arma, se movió hacia adelante, y de un empujón y con un alarido de placer sensual la hundió en toda su longitud en Jesús.
¡Oh, Dios! ¡Por fin estoy dentro de el! -chillaba José- ¡Oh! ¡Ah! ¡Qué placer! ¡Que hermoso es! ¡Qué estrecho! ¡Oh!
El buen padre Jonathán sujetó a Jesús más firmemente. Este hizo un esfuerzo violento, y dejó escapar un grito de dolor y de espanto cuando sintió entrar el turgente miembro de su padre que, firmemente encajado en la cálida persona de su víctima, comenzó una rápida y briosa carrera hacia un placer egoísta.

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CAPITULO 17

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 17

Jesús era niño e infinitamente impotente, por comparación, bajo el firme abrazo de su propio padre. Llevado al frenesí por el contacto y las obscenas caricias que se permitía, José se dispuso con redoblado afán a posesionarse de la persona de su hijo.
Sus nerviosos dedos apresaban ya sus duros muslos. Otro empujón firme, y no obstante que Jesús seguía cerrándolos firmemente en defensa de su sexo.
La lasciva mano alcanzó el delicioso pene largo y delgado q se escondía entre sus piernas, no contento aun sus dedos temblorosos llegaron hasta la cerrada y húmeda hendidura escondida tras sus bolas.
Hasta ese momento Jonathán no había sido más que un callado observador del excitante conflicto, pero al llegar a este punto se adelantó también, y pasando su poderoso brazo izquierdo en torno a la cintura del muchacho, encerró en su derecha las dos pequeñas manos de el, las que, así sujetas, lo dejaban fácilmente a merced de las lascivas caricias de su padre.
-Por caridad -suplicó Jesús, jadeante por sus esfuerzos-.
¡Suélteme! ¡Es demasiado horrible! ¡Es monstruoso!
¿Cómo pueden ser tan crueles?
-En modo alguno estás perdido, mi hijito -replicó José -.
Sólo despiertas a los placeres que Dios reserva para sus devotos, y cuyo amor guarda para aquellos que tienen la valentía de disfrutarlos mientras les es posible hacerlo.
-He sido engañado -gritó Jesús, poco convencido por esta ingeniosa explicación-.
¡Oh no, de ninguna manera!
¡Suéltame, padre! ¡Oh! ¡Oh!
-Quedate tranquilo, Jesús. Tienes que someterte.
-Si no me lo permites de otra manera, lo tomaré por la fuerza.
Así que abre estas piernas; déjame sentir el exquisito calorcito de este suave culo...
¡Estate quieto, loquito! Al fin eres mío. ¡Oh, cuánto he esperado esto, Jesús!
Sin embargo, Jesús ofrecía todavía cierta resistencia.
Que sólo servía para excitar todavía más el anormal apetito de su asaltante, mientras Jonathán lo seguía sujetando firmemente.
-¡Oh, qué hermosas nalgas! -exclamó José, mientras deslizaba sus intrusas manos por los aterciopelados muslos del pobre Jesús y acariciaba las redondas y duras posaderas-. ¡Ah, que gloriosa polla! Ahora es todo para mí, y será debidamente festejado en el momento oportuno. Mmm por Yahvé he sido bendecido con un hijo tan hermoso. Esto es la gloria, mientras hablaba metía su intrusa lengua en la boca del pequeño quien molesto por la tupida barba de su padre se sentía casi asfixiado.
-¡Suélteme! -gritó Jesús-. ¡Oh, Oh!
Estas últimas exclamaciones surgieron de la garganta del atormentado muchacho mientras entre los dos hombres lo forzaban a ponerse de espaldas sobre un sofá próximo.
Cuando cayó sobre él se vio obligado a recostarse, por obra del forzudo Jonathán, mientras José, que le había subido la túnica para poner al descubierto sus piernas y las formas exquisitas de su hijo, se hacia para atrás por un momento para disfrutar la indecente exhibición que Jesús se veía forzado a hacer.
-Padre ¿está loco? Gritó Jesús una vez más, mientras que con sus temblorosas extremidades luchaba por esconder la lujuriosa desnudez exhibida en toda su crudeza-.
¡Por favor, suélteme!
-Sí, Jesús, estoy loco. Loco de pasión por ti.
Loco de lujuria por poseerte, por disfrutarte, por saciarme con tu cuerpo.
La resistencia es inútil. Se hará mi voluntad, y disfrutaré de estos lindos encantos; en el interior de ese culo tan caliente.
Al tiempo que decía esto, José se aprestaba al acto final del incestuoso drama.
Se quitó prendas interiores, y sin consideración alguna de recato exhibió licenciosamente ante los ojos de su hijo las voluminosas y rubicundas proporciones de su excitado miembro que, erecto y radiante, veía hacia el con aire amenazador.
Un instante después se arrojó sobre su presa, firmemente sostenida sobre sus espaldas por el Sacerdote, y aplicando su arma raspante contra el tierno orificio, trato de realizar la conjunción insertando aquel miembro de largas y anchas proporciones en el cuerpo de su hijo.
Pero las continuas contorsiones de Jesús, el disgusto y horror que se habían apoderado del mismo, y las inadecuadas dimensiones de sus no maduras partes, constituían efectivos impedimentos para que el padre alcanzara la victoria que esperó conseguir fácilmente.
Tanta era la excitación de José que unos momentos después, y antes de lo previsto, los muslos y la espalda del joven Jesús se vieron cubiertos por el líquido que atestiguaba el vigor de su incestuoso pariente.
El aspirante a violador tuvo que retirarse de su ventajosa posición e, incapaz de proseguir la batalla, retiró el arma inútil.
No bien hubo librado José a su hijo de la molesta situación en que se encontraba, cuando Jonathán comenzó a manifestar la violencia de su propia excitación, provocada por la pasiva contemplación de la erótica escena.
Mientras daba satisfacción al sentido del tacto, manteniendo firmemente asido con su poderoso abrazo a Jesús, su túnica no podía disimular por la parte delantera el estado de rigidez que su miembro había adquirido.
Su temible arma, desdeñando al parecer las limitaciones impuestas por la ropa, se abrió paso entre ellas para aparecer protuberante, con su redonda cabeza desnuda y palpitante por el ansia de disfrute. -¡Ah! -exclamó el otro, lanzando una lasciva mirada al distendido miembro de su amigo-.
He aquí un campeón que no conocerá la derrota, lo garantizó -y tomándolo deliberadamente en sus manos, empezó a manipularlo con evidente deleite.
-¡Qué monstruo! ¡Qué fuerte es y qué tieso se mantiene!
El padre Jonathán se levantó, denunciando la intensidad de su deseo por lo encendido del rostro, y colocando al asustado niño en posición más propicia, llevó su roja protuberancia al húmedo esfínter y procedió a introducirla dentro con desesperado esfuerzo.
Dolor, excitación y anhelo vehemente recorrían todo el sistema nervioso de la víctima de su lujuria a cada nuevo empujón.

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CAPITULO 16

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 16

Tres días después de los acontecimientos relatados anteriormente, el pequeño Jesús estaba tan sonrosado y encantador con una gran sonrisa en los labios, sus ojos brillaron de alegría al ver a su Sacerdote, amigo y amante, sentado en la misma casa donde, el y sus padres, seguían hospedados.
Fue así como alcancé a oír una conversación que no dejó de sorprenderme algo, y que no vacilo, ahora; en revelar pues está directamente relacionada con los sucesos que refiero.
Por medio de él, tuve conocimiento del fondo y la sutileza de carácter del astuto Jonathán.
No entrare en detalles simplemente he de decir que era manifiesto que Jonathán estaba inconforme y desconcertado por la súbita participación de sus cofrades en la última de sus adquisiciones, y maquinó un osado y diabólico plan para frustrar su interferencia, al mismo tiempo que daría mas libertad al menor ya que el propio José muchas veces era el que interfería en que el niño valla a satisfacer los deseos sexuales de los Sacerdotes de la Ley.
En resumen, con tal fin, Jonathán acudió directamente a José, protector y “padre” directo de Jesús, y le relató cómo había sorprendido a su menor hijo y a su amante en el abrazo sexual, en forma que no dejaba duda acerca de que había recibido el último testimonio de la pasión del muchacho y que además, había sido correspondido por el inocente.
Al dar este paso el malvado sacerdote perseguía una finalidad ulterior.
Conocía sobradamente el carácter del hombre con el que trataba y también sabía que una parte importante de su propia vida real no le era del todo desconocida, del carpintero bueno y amable.
En efecto, la pareja se entendía a la perfección. Jonathán era hombre de fuertes pasiones, sumamente erótico, y lo mismo sucedía con el padre de Jesús.
Este último, durante incontables borracheras había confesado a Jonathán sus mas bajas pasiones, y en el curso de sus platicas había revelado unos deseos tan irregulares, que el Sacerdote no tenía duda alguna de que lograría hacerle partícipe del plan que había imaginado.
Los ojos de José hacía tiempo que habían codiciado en secreto a Jesús, Deseaba sexualmente a su propio hijo...
Ahora Jonathán le aportaba pruebas que abrían sus ojos a la realidad de que Jesús, a raíz de sus jugueteos con Judas, había comenzado a abrigar sentimientos de naturaleza sexual hacia seres de su mismo género. Cuanto trabajo y cuidaos para que suceda esto... José estaba iracundo al borde de la histeria.
Entonces el Santo varón le dio a entender que había llegado su oportunidad, y que redundaría en ventaja para ambos compartir el premio. Esta proposición tocó una fibra sensible en el carácter de José, la cual Jonathán no ignoraba. Si algo podía proporcionarle un verdadero goce sensual, o ponerle más encantos al mismo, era presenciar el acto de la sodomía, y completar luego su satisfacción con una segunda penetración de su parte, para eyacular en el cuerpo del propio paciente.
El pacto quedó así sellado. Se buscó la oportunidad que garantizara el necesario secreto, además el poseer al Niño Jesús no seria ningún pecado en modo alguno ya que este voluntariamente se había entregado ya a los brazos de un pecador.
Debo decir que María (la madre de Jesús era una enferma mental que muy poco salía de la habitación que le habían asignado), y Jonathán preparó al inocente Jesús para el suceso que iba a desarrollarse.
Después de un discurso preliminar, en el que le advirtió que no debía decir una sola palabra acerca de su intimidad anterior, tras de informarle que su padre había sabido, quién sabe por qué conducto, lo ocurrido con su amante Judas, le fue revelando poco a poco los proyectos que había elaborado. Incluso le habló de la pasión que había despertado su propio padre, para decirle después, lisa y llanamente, que la mejor manera de evitar su profundo resentimiento sería mostrarse obediente a sus requerimientos. Fuesen los que fuesen.
José era un hombre sano y de robusta constitución, que rondaba los treinta y cinco años, tenia manos fuertes y espaldas anchas, siempre había trabajado con su hijo en el taller de carpintería y nunca había visto al pequeño con inclinaciones femeninas.
Como su padre que era, siempre le había inspirado profundo respeto a Jesús, sentimiento en el que estaba mezclado algo de temor por su autoritaria presencia.
Se había hecho cargo del niño desde que Maria su mujer quedo casi desquiciada al sentir que había sido designada para procrear al salvador del mundo , al propio Hijo de Dios y nada menos que a través de la intervención de un Ser celestial. Esto fue algo que su frágil mente no logró entender nunca lo que devino en una locura y desvaríos frecuentes.
José trató siempre a Jesús si no con afecto, tampoco con despego, aunque con reservas que eran naturales dado su carácter, y dado al hecho que era sabido por todos que Jesús fue concebido de las aventuras de Maria con el soldado romano Pantera, como explique antes.
Evidentemente Jesús no tenía razón alguna para esperar clemencia de su parte en una ocasión tal. Al cabo de un rato se presento José, que se acerco presuroso, no me explayaré en el primer cuarto de hora, las lágrimas de Jesús, el embarazo con que recibió los abrazos demasiado tiernos de su padre, y las bien merecidas censuras.
La interesante comedia siguió por pasos contados, hasta que José colocó a su hermoso hijo sobre sus piernas, para revelarle audazmente el propósito que se había formulado de poseerlo.
-No debes ofrecer resistencia pequeño, -explicó cariñoso José-. No dudaré ni aparentaré recato. Basta con que este buen Sacerdote haya santificado la operación, para que posea tu cuerpo de igual manera que tu imprudente “compañero” lo gozó ya con tu mayor consentimiento.
Jesús estaba profundamente confundido.
Aunque sensual, como hemos visto ya y hasta un punto que no es habitual en una edad tan tierna como la suya, se había educado en el seno de las estrictas conveniencias creadas por el severo y repelente carácter de su padre.
Todo lo espantoso del delito que se le proponía aparecía ante sus ojos. Ni siquiera la presencia de Jonathán podían aminorar el recelo con que contemplaba la terrible proposición que se le hacía abiertamente.
Jesús temblaba de sorpresa y de terror ante la naturaleza del delito propuesto.
El cambio habido entre el reservado y severo padre, cuya cólera siempre había lamentado y temido, y cuyos preceptos estaba habituado a recibir con reverencia, y aquel ardiente admirador, sediento de los favores que el acababa de conceder a otro, lo afectó profundamente, aturdiéndolo y disgustándolo.
Entretanto José, que evidentemente no estaba dispuesto a conceder tiempo para reflexionar, y cuya excitación era visible en múltiples aspectos, tomó a su pequeño hijo en sus brazos, y no obstante su renuencia, cubrió su cara y su garganta de besos apasionados y prohibidos.
Jonathán, hacía el cual se había vuelto el menor ante esta exigencia, no le proporcionó alivio; antes al contrario, con una torva sonrisa provocada por la emoción ajena, alentaba a aquél con secretas miradas a seguir adelante con la satisfacción de su placer y su lujuria.
En tales circunstancias adversas toda resistencia se hacía difícil.

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