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CAPITULO 09

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 09

Apenas estaba amaneciendo, José y Maria aun dormían pero el Niño Jesús ya se encontraba a solas con su seductor, se arrojó en sus brazos, y apresando su gran humanidad contra su infantil cuerpo le prodigó las más tiernas caricias.
Jonatán no se hizo rogar para devolver todo el calor del abrazo del pequeño, y así sucedió que la pareja se encontró de inmediato entregada a un intercambio de cálidos besos, y reclinada, cara a cara, sobre el cofre acojinado al que aludí anteriormente.
Pero Jesús no iba a conformarse con besos solamente; deseaba algo más sólido, y aunque solo habían pasado unas horas de su último ataque, sabía que el Sacerdote podía proporcionárselo, he de decir al lector que mi pequeño amigo se pasó todo la noche haciendo extrañas invocaciones con lo que había conseguido tener el ano en perfectas condiciones.
Jonatán no estaba menos excitado. Su sangre fluía rápidamente, sus negros ojos llameaban por efecto de una lujuria incontrolable, y la protuberancia que podía observarse en su túnica denunciaba a las claras el estado de sus sentidos.
Jesús advirtió la situación; ni sus miradas ansiosas, ni su evidente erección, que el Padre no se preocupaba por disimular, podían escapársele. Pero pensó en avivar mayormente su deseo, antes que en apaciguarlo.
Sin embargo, pronto demostró Jonatán que no requería incentivos mayores, y deliberadamente exhibió su arma, bárbaramente dilatada de tal forma, que su sola vista despertó deseos frenéticos en Jesús. En cualquiera otra ocasión Jonatán hubiera sido mucho más prudente en darse gusto, pero en esta oportunidad sus alborotados sentidos habían superado su capacidad de controlar el deseo de regodearse lo antes posible en los juveniles encantos que se le ofrecían.
Estaba ya sobre su cuerpo; su gran humanidad cubría por completo el cuerpo del menor. Su miembro en erección se clavaba en el escroto de Yeshúa, cuya túnica estaban recogida hasta la cintura.
Con una mano temblorosa Jonatán abrió las piernas de Jesús elevándolas sobre su pecho de modo que el arma quedo apuntando sobre el rosado ano; ansiosamente acomodo una vez mas la punta caliente y carmesí, empujó, luchó por entrar... y lo consiguió.
La inmensa máquina entró con paso lento pero firme. La cabeza y parte del miembro ya estaban dentro del recto de Jesús, esta vez sin saliva ni lamidas.
Unas cuantas firmes y decididas embestidas completaron la conjunción y Jesús recibió en toda su longitud el inmenso y excitado miembro de Jonatán. El estuprador yacía jadeante sobre el, en completa posesión de sus más íntimos encantos.
Jesús, dentro de cuyo ano se había acomodado aquella vigorosa masa, sentía al máximo los efectos del intruso, cálido y palpitante.
Entretanto Jonatán había comenzado a moverse hacia atrás y hacia adelante. Jesús trenzó sus blancos brazos en torno a su cuello, y enroscó sus duras piernas sobre sus espaldas, presa de la mayor lujuria.
-¡Qué delicia! -murmuró Yeshúa,
Besando arrolladoramente sus gruesos labios.
-Empuje más... Todavía más.
¡Oh, cómo me rompe y qué largo es!
¡Cuán cálido, cuán...! ¡Oh... Oh!
Jadeaba muy fuerte, al mismo tiempo que su cabeza caía hacia atrás y su boca se abría en el espasmo del coito.
El Sacerdote se contuvo e hizo una breve pausa. Los latidos de su enorme miembro anunciaban suficientemente el estado en que el mismo se encontraba, y quería prolongar su placer hasta el máximo.

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