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CAPITULO 04

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 04

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Yeshúa dejó escapar un pequeño grito al sentir forzada la puerta que conducía a sus secretos encantos, pero lo delicioso del contacto le dio fuerzas para resistir el dolor con la esperanza del alivio que parecía estar a punto de llegar, y entregados por entero a las deliciosas sensaciones que se habían apoderado de ellos, unían sus esfuerzos para llevar a cabo ardientes movimientos que ambos sentían que iban a llevarlos a un éxtasis.
Todo el cuerpo de Jesús se estremecía de delirante impaciencia, y de sus labios se escapaban cortas exclamaciones delatoras del supremo deleite; estaba entregado en cuerpo y alma a las delicias del coito anal. Sus contracciones rectales masajeaban el arma que en aquellos momentos lo tenía ya ensartado, aunque no había entrado por completo, sentía el firme abrazo con que sujetaba el contorsionado cuerpo del muchacho, todo ello excitaba los sentidos de Judas hasta llegar la locura.
Hundió su instrumento un poco más en el cuerpo de Jesús, Aunque los dos globos que abastecían de masculinidad al campeón aun sufrían por alcanzar contacto con los firmes cachetes de las nalgas del excitado niño. No pudo avanzar más y se entregó de lleno a recoger la cosecha de sus esfuerzos.
Pero Yeshúa, insaciable en su pasión, tan pronto como vio realizada la unión que deseaba, entregándose al ansia de placer que el rígido y caliente miembro le proporcionaba, estaba demasiado excitado para interesarse o preocuparse por lo que pudiera ocurrir después.
Jesús poseído por locos espasmos de lujuria, se apretujaba contra el objeto de su placer y, acogiéndose a los brazos de su amado, sentía como su propio pene al roce con el duro y peludo abdomen de su amado los estremecía en feroces espasmos.
Como Jesús aun era incapaz de eyacular sus orgasmos no emitían ningún flujo por lo que Judas era ignorante de todo el placer que le estaba prodigando a su pequeño amante.
Tras varios asaltos fallidos por ensartar el integro de su miembro en el ajustado ano, un rabioso torrente de deseo pareció inundarle las venas.
Su instrumento se encontraba hundido a medias en las entrañas de Jesús. Echándose hacia atrás extrajo el ardiente miembro casi hasta la cabeza y volvió a hundirlo. Sintió un cosquilleo crispante, enloquecedor.
Apretó el brazo que le mantenía unido a su joven amante y en el mismo instante en que otro grito de arrebatado placer se escapaba del palpitante pecho de el, sintió su propio jadeo sobre el pecho de Yeshúa, mientras derramaba en el interior de sus agradecidos intestinos un verdadero torrente de vigor juvenil.
Un apagado gemido de lujuria satisfecha escapó de los labios entreabiertos de Yeshúa, al sentir en su interior el derrame de fluido seminal. Al propio tiempo el lascivo frenesí de la emisión le arrancó a Judas un grito penetrante y apasionado mientras quedaba tendido con los ojos en blanco, como el acto final del drama sensual.


El grito fue la señal para una interrupción tan repentina como inesperada. Entre las ramas de los arbustos próximos se coló la siniestra figura de un hombre que se situó de pie delante de los jóvenes amantes. El horror heló la sangre de ambos. Judas, escabulléndose del que había sido su lúbrico y cálido refugio, y con un esfuerzo por mantenerse en pie, retrocedió ante la aparición, como quien huye de una espantosa serpiente.
Por su parte, el pequeño Jesús, tan pronto como advirtió la presencia del intruso se cubrió el rostro con las manos, encogiéndose en el banco que había sido mudo testigo de su goce, e incapaz de emitir sonido alguno a causa del temor, se dispuso a esperar la tormenta que sin duda iba a desatarse, para enfrentarse, a ella con toda la presencia de ánimo de que era capaz.
No se prolongó mucho su incertidumbre. Avanzando rápidamente hacia la pareja culpable, el recién llegado tomó al mayor de los jóvenes por el brazo; mientras con una dura mirada autoritaria le ordenaba que pusiera orden en su vestimenta.
Muchachos imprudentes, murmuró entre dientes
¿Qué hicieron?
¿Hasta qué extremos los ha arrastrado su pasión loca y salvaje?
¿Cómo podrán enfrentarte a la ira de sus ofendidos Padres?
¿Cómo apaciguaras su justo resentimiento cuando yo, en el ejercicio de mi deber moral, le haga saber el daño causado por la mano de su único hijo?
Cuando terminó de hablar, manteniendo a Judas todavía sujeto por la muñeca, la luz de la luna descubrió la figura de un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años, bajo, gordo y más bien corpulento. Su rostro, francamente hermoso, resultaba todavía más atractivo por efecto de un par de ojos brillantes que, negros como el azabache, lanzaban en torno a él adustas miradas de apasionado resentimiento.
Vestía túnica, la misma que uso en la mañana en la Sinagoga... tenía un aspecto sombrío, y una esmerada limpieza que hacían resaltar todavía más sus notables proporciones musculares y su sorprendente fisonomía.
Judas estaba confundido por completo, y se sintió egoísta e infinitamente aliviado cuando el fiero intruso se volvió hacía su pequeño compañero de goces libidinosos.
-En cuanto a ti, infeliz niño, sólo puedo expresarte mi máximo horror y mi justa indignación, tu Hijo de Maria la prostituta... que pronto has olvidado las enseñanzas de los profetas... sin importarte el honor, has permitido a este perverso y presuntuoso muchacho que pruebe la fruta prohibida, ¿Qué te queda ahora? Escarnecido por tus amigos, y arrojado de tu hogar; tendrás que asociarte con las bestias del campo.
Serás eludido por los tuyos para evitar la contaminación, y tendrás que implorar por los caminos del Señor un miserable sustento. ¡Ah, hijo del pecado, criatura entregada a la lujuria y a Satán!
Acaso no hemos hablado ya de cuando Noé estando embriagado se quedó dormido desnudo, en su tienda. Y llegando su hijo, Cam, lo vio, no ves que se dejo llevar por la lujuria, tal fue la excitación que sintió que fornico con el. ¿Que hizo Noe cuando despertó y supo que Cam le vio sus desvergüenzas?
Pues lo maldijo. "¡Maldito sea Canaán! ¡Siervo de siervos sea para sus hermanos!"
Y tu engendro de la prostitución has caído en el mismo pecado de la carne...
El extraño había ido tan lejos en su amonestación, que Yeshúa, abandonando su actitud encogida y levantándose, unió lágrimas y súplicas en demanda de perdón para el y para su amante.
-No digas más, siguió, al cabo el fiero Sacerdote. No digas más, las humillaciones sólo añaden lodo a tu ofensa. Mi mente no acierta a concretar cuál sea mi obligación en este sucio asunto, pero si obedeciera los dictados de mis actuales inclinaciones me encaminará directamente hacia tus custodios naturales para hacerles saber de inmediato las infamias que por azar he descubierto.
¡Por piedad! ¡Compadézcase de mí! -suplicó Jesús cuyas lágrimas se deslizaban por unas mejillas que hacía poco habían resplandecido de placer.
-¡Perdónenos, Sacerdote! ¡Perdónenos a los dos! Haremos cuanto esté en nuestras manos como penitencia. Estoy dispuesto a cualquier sacrificio si perdona a mi querido Yeshúa.
El Sacerdote impuso silencio con un ademán. Después tomó la palabra, a veces en un tono piadoso que contrastaba con sus maneras resueltas y su natural dureza.
-¡Basta! -dijo-. Necesito tiempo... Pasa a verme mañana a la Sinagoga, tu Galileo. Allí, en el recinto adecuado, te revelaré cuál es la voluntad divina con respecto a tu pecado.
En cuanto a ti, hombre impetuoso, me reservo todo juicio y toda acción hasta el día siguiente, en el que te espero a la misma hora.
Miles de gracias surgieron de las gargantas de ambos penitentes cuando el Sacerdote les advirtió que debían marcharse ya.
La noche hacía mucho que había caído, y se levantaba el relente.

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