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CAPITULO 17

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 17

Jesús era niño e infinitamente impotente, por comparación, bajo el firme abrazo de su propio padre. Llevado al frenesí por el contacto y las obscenas caricias que se permitía, José se dispuso con redoblado afán a posesionarse de la persona de su hijo.
Sus nerviosos dedos apresaban ya sus duros muslos. Otro empujón firme, y no obstante que Jesús seguía cerrándolos firmemente en defensa de su sexo.
La lasciva mano alcanzó el delicioso pene largo y delgado q se escondía entre sus piernas, no contento aun sus dedos temblorosos llegaron hasta la cerrada y húmeda hendidura escondida tras sus bolas.
Hasta ese momento Jonathán no había sido más que un callado observador del excitante conflicto, pero al llegar a este punto se adelantó también, y pasando su poderoso brazo izquierdo en torno a la cintura del muchacho, encerró en su derecha las dos pequeñas manos de el, las que, así sujetas, lo dejaban fácilmente a merced de las lascivas caricias de su padre.
-Por caridad -suplicó Jesús, jadeante por sus esfuerzos-.
¡Suélteme! ¡Es demasiado horrible! ¡Es monstruoso!
¿Cómo pueden ser tan crueles?
-En modo alguno estás perdido, mi hijito -replicó José -.
Sólo despiertas a los placeres que Dios reserva para sus devotos, y cuyo amor guarda para aquellos que tienen la valentía de disfrutarlos mientras les es posible hacerlo.
-He sido engañado -gritó Jesús, poco convencido por esta ingeniosa explicación-.
¡Oh no, de ninguna manera!
¡Suéltame, padre! ¡Oh! ¡Oh!
-Quedate tranquilo, Jesús. Tienes que someterte.
-Si no me lo permites de otra manera, lo tomaré por la fuerza.
Así que abre estas piernas; déjame sentir el exquisito calorcito de este suave culo...
¡Estate quieto, loquito! Al fin eres mío. ¡Oh, cuánto he esperado esto, Jesús!
Sin embargo, Jesús ofrecía todavía cierta resistencia.
Que sólo servía para excitar todavía más el anormal apetito de su asaltante, mientras Jonathán lo seguía sujetando firmemente.
-¡Oh, qué hermosas nalgas! -exclamó José, mientras deslizaba sus intrusas manos por los aterciopelados muslos del pobre Jesús y acariciaba las redondas y duras posaderas-. ¡Ah, que gloriosa polla! Ahora es todo para mí, y será debidamente festejado en el momento oportuno. Mmm por Yahvé he sido bendecido con un hijo tan hermoso. Esto es la gloria, mientras hablaba metía su intrusa lengua en la boca del pequeño quien molesto por la tupida barba de su padre se sentía casi asfixiado.
-¡Suélteme! -gritó Jesús-. ¡Oh, Oh!
Estas últimas exclamaciones surgieron de la garganta del atormentado muchacho mientras entre los dos hombres lo forzaban a ponerse de espaldas sobre un sofá próximo.
Cuando cayó sobre él se vio obligado a recostarse, por obra del forzudo Jonathán, mientras José, que le había subido la túnica para poner al descubierto sus piernas y las formas exquisitas de su hijo, se hacia para atrás por un momento para disfrutar la indecente exhibición que Jesús se veía forzado a hacer.
-Padre ¿está loco? Gritó Jesús una vez más, mientras que con sus temblorosas extremidades luchaba por esconder la lujuriosa desnudez exhibida en toda su crudeza-.
¡Por favor, suélteme!
-Sí, Jesús, estoy loco. Loco de pasión por ti.
Loco de lujuria por poseerte, por disfrutarte, por saciarme con tu cuerpo.
La resistencia es inútil. Se hará mi voluntad, y disfrutaré de estos lindos encantos; en el interior de ese culo tan caliente.
Al tiempo que decía esto, José se aprestaba al acto final del incestuoso drama.
Se quitó prendas interiores, y sin consideración alguna de recato exhibió licenciosamente ante los ojos de su hijo las voluminosas y rubicundas proporciones de su excitado miembro que, erecto y radiante, veía hacia el con aire amenazador.
Un instante después se arrojó sobre su presa, firmemente sostenida sobre sus espaldas por el Sacerdote, y aplicando su arma raspante contra el tierno orificio, trato de realizar la conjunción insertando aquel miembro de largas y anchas proporciones en el cuerpo de su hijo.
Pero las continuas contorsiones de Jesús, el disgusto y horror que se habían apoderado del mismo, y las inadecuadas dimensiones de sus no maduras partes, constituían efectivos impedimentos para que el padre alcanzara la victoria que esperó conseguir fácilmente.
Tanta era la excitación de José que unos momentos después, y antes de lo previsto, los muslos y la espalda del joven Jesús se vieron cubiertos por el líquido que atestiguaba el vigor de su incestuoso pariente.
El aspirante a violador tuvo que retirarse de su ventajosa posición e, incapaz de proseguir la batalla, retiró el arma inútil.
No bien hubo librado José a su hijo de la molesta situación en que se encontraba, cuando Jonathán comenzó a manifestar la violencia de su propia excitación, provocada por la pasiva contemplación de la erótica escena.
Mientras daba satisfacción al sentido del tacto, manteniendo firmemente asido con su poderoso abrazo a Jesús, su túnica no podía disimular por la parte delantera el estado de rigidez que su miembro había adquirido.
Su temible arma, desdeñando al parecer las limitaciones impuestas por la ropa, se abrió paso entre ellas para aparecer protuberante, con su redonda cabeza desnuda y palpitante por el ansia de disfrute. -¡Ah! -exclamó el otro, lanzando una lasciva mirada al distendido miembro de su amigo-.
He aquí un campeón que no conocerá la derrota, lo garantizó -y tomándolo deliberadamente en sus manos, empezó a manipularlo con evidente deleite.
-¡Qué monstruo! ¡Qué fuerte es y qué tieso se mantiene!
El padre Jonathán se levantó, denunciando la intensidad de su deseo por lo encendido del rostro, y colocando al asustado niño en posición más propicia, llevó su roja protuberancia al húmedo esfínter y procedió a introducirla dentro con desesperado esfuerzo.
Dolor, excitación y anhelo vehemente recorrían todo el sistema nervioso de la víctima de su lujuria a cada nuevo empujón.

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CAPITULO 16

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 16

Tres días después de los acontecimientos relatados anteriormente, el pequeño Jesús estaba tan sonrosado y encantador con una gran sonrisa en los labios, sus ojos brillaron de alegría al ver a su Sacerdote, amigo y amante, sentado en la misma casa donde, el y sus padres, seguían hospedados.
Fue así como alcancé a oír una conversación que no dejó de sorprenderme algo, y que no vacilo, ahora; en revelar pues está directamente relacionada con los sucesos que refiero.
Por medio de él, tuve conocimiento del fondo y la sutileza de carácter del astuto Jonathán.
No entrare en detalles simplemente he de decir que era manifiesto que Jonathán estaba inconforme y desconcertado por la súbita participación de sus cofrades en la última de sus adquisiciones, y maquinó un osado y diabólico plan para frustrar su interferencia, al mismo tiempo que daría mas libertad al menor ya que el propio José muchas veces era el que interfería en que el niño valla a satisfacer los deseos sexuales de los Sacerdotes de la Ley.
En resumen, con tal fin, Jonathán acudió directamente a José, protector y “padre” directo de Jesús, y le relató cómo había sorprendido a su menor hijo y a su amante en el abrazo sexual, en forma que no dejaba duda acerca de que había recibido el último testimonio de la pasión del muchacho y que además, había sido correspondido por el inocente.
Al dar este paso el malvado sacerdote perseguía una finalidad ulterior.
Conocía sobradamente el carácter del hombre con el que trataba y también sabía que una parte importante de su propia vida real no le era del todo desconocida, del carpintero bueno y amable.
En efecto, la pareja se entendía a la perfección. Jonathán era hombre de fuertes pasiones, sumamente erótico, y lo mismo sucedía con el padre de Jesús.
Este último, durante incontables borracheras había confesado a Jonathán sus mas bajas pasiones, y en el curso de sus platicas había revelado unos deseos tan irregulares, que el Sacerdote no tenía duda alguna de que lograría hacerle partícipe del plan que había imaginado.
Los ojos de José hacía tiempo que habían codiciado en secreto a Jesús, Deseaba sexualmente a su propio hijo...
Ahora Jonathán le aportaba pruebas que abrían sus ojos a la realidad de que Jesús, a raíz de sus jugueteos con Judas, había comenzado a abrigar sentimientos de naturaleza sexual hacia seres de su mismo género. Cuanto trabajo y cuidaos para que suceda esto... José estaba iracundo al borde de la histeria.
Entonces el Santo varón le dio a entender que había llegado su oportunidad, y que redundaría en ventaja para ambos compartir el premio. Esta proposición tocó una fibra sensible en el carácter de José, la cual Jonathán no ignoraba. Si algo podía proporcionarle un verdadero goce sensual, o ponerle más encantos al mismo, era presenciar el acto de la sodomía, y completar luego su satisfacción con una segunda penetración de su parte, para eyacular en el cuerpo del propio paciente.
El pacto quedó así sellado. Se buscó la oportunidad que garantizara el necesario secreto, además el poseer al Niño Jesús no seria ningún pecado en modo alguno ya que este voluntariamente se había entregado ya a los brazos de un pecador.
Debo decir que María (la madre de Jesús era una enferma mental que muy poco salía de la habitación que le habían asignado), y Jonathán preparó al inocente Jesús para el suceso que iba a desarrollarse.
Después de un discurso preliminar, en el que le advirtió que no debía decir una sola palabra acerca de su intimidad anterior, tras de informarle que su padre había sabido, quién sabe por qué conducto, lo ocurrido con su amante Judas, le fue revelando poco a poco los proyectos que había elaborado. Incluso le habló de la pasión que había despertado su propio padre, para decirle después, lisa y llanamente, que la mejor manera de evitar su profundo resentimiento sería mostrarse obediente a sus requerimientos. Fuesen los que fuesen.
José era un hombre sano y de robusta constitución, que rondaba los treinta y cinco años, tenia manos fuertes y espaldas anchas, siempre había trabajado con su hijo en el taller de carpintería y nunca había visto al pequeño con inclinaciones femeninas.
Como su padre que era, siempre le había inspirado profundo respeto a Jesús, sentimiento en el que estaba mezclado algo de temor por su autoritaria presencia.
Se había hecho cargo del niño desde que Maria su mujer quedo casi desquiciada al sentir que había sido designada para procrear al salvador del mundo , al propio Hijo de Dios y nada menos que a través de la intervención de un Ser celestial. Esto fue algo que su frágil mente no logró entender nunca lo que devino en una locura y desvaríos frecuentes.
José trató siempre a Jesús si no con afecto, tampoco con despego, aunque con reservas que eran naturales dado su carácter, y dado al hecho que era sabido por todos que Jesús fue concebido de las aventuras de Maria con el soldado romano Pantera, como explique antes.
Evidentemente Jesús no tenía razón alguna para esperar clemencia de su parte en una ocasión tal. Al cabo de un rato se presento José, que se acerco presuroso, no me explayaré en el primer cuarto de hora, las lágrimas de Jesús, el embarazo con que recibió los abrazos demasiado tiernos de su padre, y las bien merecidas censuras.
La interesante comedia siguió por pasos contados, hasta que José colocó a su hermoso hijo sobre sus piernas, para revelarle audazmente el propósito que se había formulado de poseerlo.
-No debes ofrecer resistencia pequeño, -explicó cariñoso José-. No dudaré ni aparentaré recato. Basta con que este buen Sacerdote haya santificado la operación, para que posea tu cuerpo de igual manera que tu imprudente “compañero” lo gozó ya con tu mayor consentimiento.
Jesús estaba profundamente confundido.
Aunque sensual, como hemos visto ya y hasta un punto que no es habitual en una edad tan tierna como la suya, se había educado en el seno de las estrictas conveniencias creadas por el severo y repelente carácter de su padre.
Todo lo espantoso del delito que se le proponía aparecía ante sus ojos. Ni siquiera la presencia de Jonathán podían aminorar el recelo con que contemplaba la terrible proposición que se le hacía abiertamente.
Jesús temblaba de sorpresa y de terror ante la naturaleza del delito propuesto.
El cambio habido entre el reservado y severo padre, cuya cólera siempre había lamentado y temido, y cuyos preceptos estaba habituado a recibir con reverencia, y aquel ardiente admirador, sediento de los favores que el acababa de conceder a otro, lo afectó profundamente, aturdiéndolo y disgustándolo.
Entretanto José, que evidentemente no estaba dispuesto a conceder tiempo para reflexionar, y cuya excitación era visible en múltiples aspectos, tomó a su pequeño hijo en sus brazos, y no obstante su renuencia, cubrió su cara y su garganta de besos apasionados y prohibidos.
Jonathán, hacía el cual se había vuelto el menor ante esta exigencia, no le proporcionó alivio; antes al contrario, con una torva sonrisa provocada por la emoción ajena, alentaba a aquél con secretas miradas a seguir adelante con la satisfacción de su placer y su lujuria.
En tales circunstancias adversas toda resistencia se hacía difícil.

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CAPITULO 15

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 15

Como es lógico, este lascivo espectáculo tenía que surtir efectos en los espectadores. Un estallido de risas surgió de las gargantas de éstos, que comenzaron aplaudir el vigor de su compañero, cuyo rostro, rojo y contraído, testimoniaba ampliamente sus placenteras emociones.
Pero el espectáculo despertó, además de la hilaridad, los deseos de los dos testigos, cuyos miembros comenzaron a dar muestras de que en modo alguno se consideraban satisfechos.
En su caminata, Jesús había llegado cerca del Sumo Sacerdote, el cual lo tomó en sus brazos, circunstancias que aprovechó Jonatán para comenzar a mover su miembro dentro de las intestinos de el, cuyo intenso calor le proporcionaba el mayor de los deleites.
La posición en que se encontraba ponía los encantos naturales de Jesús a la altura de los labios del Sumo Sacerdote, el cual instantáneamente los pegó a aquéllos dándose a succionar en la erecta pollita.
Pero la excitación provocada de esta manera exigía un disfrute más sólido, por lo que, tirando del muchacho para que se arrodillara, al mismo tiempo que él tomaba, asiento en su silla, puso en libertad a su ardiente miembro, y lo introdujo lentamente en el mismo ajustado túnel.
Así, Jesús se encontró de nuevo entre dos fuegos, y las fieras embestidas del Jonatán por la retaguardia se vieron complementadas con los tórridos esfuerzos del Sumo Sacerdote en el mismo agujero pero en dirección opuesta.
Ambos nadaban en un mar de deleites sensuales; restregando sus penes dentro del ano de Jesús y sus redondos y pesados huevos en las puertas del mismo. Ambos se entregaban de lleno en las deliciosas sensaciones que experimentaban, mientras que su victima, perforada por sus engrosados miembros, tenía que soportar de la mejor manera posible sus excitados movimientos.
Pero todavía le aguardaba a mi pequeño amiguito otra prueba de fuego, pues no bien el vigoroso Leví pudo atestiguar la estrecha conjunción de sus compañeros, se sintió inflamado por la pasión, se montó en la silla por detrás del Sumo Sacerdote, y tomando la cabeza del pobre Jesús depositó su ardiente arma en sus gruesos labios.
Después avanzando su punta, en cuya estrecha apertura se percibían ya prematuras gotas, la introdujo en la hambrienta boca del muchacho, mientras hacía que con su suave mano le frotara el duro y largo tronco.
Entretanto Jonatán sintió en el suyo los efectos del miembro introducido por el Sumo Sacerdote, mientras que el de éste, igualmente excitado por la acción del Sacerdote, sentía aproximarse los espasmos que acompañan a la eyaculación.
Empero, Leví fue el primero en descargar, y arrojó un abundante chaparrón en la garganta del pequeño Jesús. Le siguió Jonatán, que, echándose sobre sus espaldas, lanzó un torrente de leche en sus intestinos, al propio tiempo que el Sumo Sacerdote inundaba el mismo ano.
Así rodeado, Yeshúa recibió la descarga unida de los tres vigorosos Sacerdotes. El ano de Jesús quedo literalmente destrozado, sin embargo el lascivo niño no dejaba de pensar en sus Sacerdotes, compañeros sexuales, por lo que oró tanto a su Padre hasta sus heridas fueron sanadas milagrosamente. Creo en ti Príncipe Satán, Señor de la Tierra, Y en una Ley, Fuerza y Fuego, Qué Triunfaran sobre todos. Creo en un Templo, El Templo de Satán, Y en una palabra, Que triunfa por sobre de todo, La palabra del Éxtasis. Alabado seas Padre Señor Satán, Yo espero tu reino Padre, ¡Y con El todos los placeres! ¡Sanctus Satanás, Sanctus! Con el ano restaurado corrió nuevamente al templo.
Como siempre el se había cuidado de que José no se diera cuenta de sus ausencias. Aunque esta vez las cosas serian algo diferente...

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CAPITULO 14

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 14

Jesús estaba tan excitado como él. Accediendo a su deseo, el muchacho se despojó de sus prendas interiores, conservando puesto solo su túnica.
Así se ofreció a la admiración y al lascivo manoseo de los Sacerdotes.
No pasó mucho antes de que el Sumo Sacerdote, sumiéndose deliciosamente sobre su reclinada figura, se entregara por completo a sus juveniles encantos, y se diera a calar el estrecho ano, con resultados evidentemente satisfactorios.
Empujando, prensando, restregándose contra el, el Sumo Sacerdote inició deliciosos movimientos, que dieron como resultado despertar tanto su susceptibilidad, como la de su compañerito.
-Lo revelaba su pene, cada vez más duro y de mayor tamaño.
-¡Empuja! ¡Oh, empuja más hondo! -murmuró Jesús.
Entretanto Jonatán y Leví, cuyo deseo no admitía espera, trataron de apoderarse de alguna parte del muchacho.
Leví puso su enorme miembro en la mano de el, y Jonatán sin acobardarse, trepó sobre el cofre y llevó la punta de su voluminoso pene a sus gruesos labios.
Al cabo de un momento el Sumo Sacerdote dejó de asumir su lasciva posición.
Jesús se alzó sobre el canto del cofre. Ante el se encontraban los tres hombres, cada uno de ellos con el miembro erecto, presentando armas.
La cabeza del enorme aparato de Leví estaba casi volteada contra su peludo vientre.
La túnica de Yeshúa estaba recogida hasta su cintura, dejando expuestos sus duras piernas y muslos, y entre éstos el rosado y lujurioso pene con la cabeza palpitante, roja y descubierta.
¡Un momento! ordenó éste
Vamos a poner orden en nuestros goces.
Este hermoso muchacho nos tiene que dar satisfacción a los tres; por lo tanto es menester que regulemos nuestros placeres permitiéndole que pueda soportar los ataques que desencadenemos.
Por mi parte no me importa ser el primero o el segundo, pero como Jonatán se viene como un asno, y llena de humo todas las regiones donde penetra, propongo pasar yo primero.
Desde luego, Leví debería ocupar el tercer lugar, ya que con su enorme miembro puede partir en dos al muchacho, y echamos a perder nuestro juego.
-La vez anterior yo fui tercero -exclamó Leví- No veo razón alguna para que sea yo siempre el último. ¡Reclamo el segundo lugar!
Está bien, así será -declaró el Sumo Sacerdote-
Tú y Jonatán, compartirán el nido mojado.
-No estoy conforme -replicó el decidido eclesiástico.
Si tú vas primero, y Leví tiene que ser el segundo, pasando por delante de mí, yo atacaré junto con el, y así verteré mi ofrenda junto con la suya.
-Un momento! Grito Jesús. -Ya está bien de discutir ¡Se hará como salga! ¡Háganlo como quieran! Aguantaré todo; pero, dense prisa en comenzar!
Todos se miraron entre si, en el fondo de sus pensameintos, sabian quien mandaba ahí, pero no hicieron nada por cambiarlo.
Una vez más el Sumo Sacerdote introdujo su arma, inserción que el Niño Jesús recibió con todo agrado. Lo abrazó, se apretó contra el, y recibió los chorros de su eyaculación con verdadera pasión estática de su parte.
Seguidamente se presentó Leví. Su monstruoso instrumento se encontraba ya entre las duras piernas del joven. La desproporción resultaba evidente, pero el Sacerdote era tan fuerte y lujurioso como enorme en su tamaño, y comenzó a profundizar en las partes de el, con su miembro de mulo.
No es posible dar una idea de la forma en que las terribles proporciones del pene de aquel hombre excitaban la lasciva imaginación de Jesús, como vano seria también intentar describir la frenética pasión que le despertaba el sentirse ensartado y distendido por el inmenso órgano genital de Leví.
Después de una lucha que se llevó diez minutos completos, Jesús acabó por recibir aquella ingente masa hasta los testículos, que se comprimían contra su ano.
Yeshúa se abrió de piernas lo más posible, y le permitió al bruto que gozara a su antojo de sus encantos. Leví no se mostraba ansioso por terminar con su deleite, y tardó un cuarto de hora en poner fin a su goce por medio de dos violentas descargas.
Jesús las recibió con profundas muestras de deleite los espesos derrames del lujurioso Sacerdote.
Apenas había retirado Leví su monstruoso miembro del interior de Jesús, cuando éste cayó en los también poderosos brazos de Jonatán.
De acuerdo con lo que había manifestado anteriormente, Jonatán con bárbara violencia introdujo la palpitante cabeza de su instrumento entre los tiernos pliegues del orificio anal. La ancha cabeza de su arma era rechazada a cada nuevo asalto, no obstante la brutal lujuria con que trataba de introducirse, y el inconveniente que representaba el que se encontraran de pie.
Pero Jonatán no era fácil de derrotar. Lo intentó una y otra vez, hasta que en uno de sus ataques consiguió alojar la punta del pene en el delicioso orificio. Una vigorosa sacudida consiguió hacerlo penetrar unos cuantos centímetros más, y de una sola embestida el lascivo Sacerdote consiguió enterrarlo hasta los testículos.
Las duras nalgas de Yeshúa ejercían un especial atractivo sobre el lascivo Sacerdote .Una vez que hubo logrado la penetración gracias a sus brutales esfuerzos, se sintió excitado en grado extremo.
Empujó el largo y grueso miembro hacia adentro con verdadero éxtasis, sin importarle el dolor que provocaba con la dilatación, con tal de poder experimentar la delicia que le causaban las contracciones de las juveniles partes íntimas del menor. Jesús lanzó un grito aterrador al sentirse empalado por el tieso miembro de su brutal violador, y empezó una desesperada lucha por escapar, pero Jonatán lo retuvo, pasando sus forzudos brazos en torno a su breve cintura, y consiguió mantenerse en el interior del apasionado cuerpo de Jesús, sin flojear en su esfuerzo invasor.
Paso a paso, empeñado en esta lucha, el jovencito cruzó toda la estancia sin que Jonatán dejara de tenerlo empalado por detrás.

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CAPITULO 12

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 12

Eran casi las once de la mañana, Jesús no había cenado la noche anterior, ni había desayunado esa mañana, aprovecharon eso y se sacaron algunas botellas de vino, de una cosecha rara y añeja, y bajo su poderosa influencia Jesús fue recobrando poco a poco su fortaleza.
Transcurrida una hora, los tres Sacerdotes consideraron que había tenido tiempo bastante para recuperarse, y comenzaron de nuevo a presentar síntomas de que deseaban volver a gozar de su persona.
Excitado tanto por los efectos del vino como por la vista y el contacto con sus lascivos compañeros, el jovencito comenzó a extraer de debajo las túnicas los miembros de los tres Sacerdotes, los cuales estaban evidentemente divertidos con la escena, puesto que no daban muestra alguna de recato.
En menos de un minuto Jesús tuvo a la vista los tres grandes y enhiestos objetos.
Los besó y jugueteó con ellos, aspirando la rara fragancia que emanaba de cada uno, y manoseando aquellos enardecidos dardos.
-Déjanos joderte -exclamó piadosamente el Sumo Sacerdote, cuyo pene se encontraba en aquellos momentos en los labios de Yeshúa.
-Amén -cantó Jonatán. El tercer eclesiástico permaneció silencioso, pero su enorme artefacto amenazaba al cielo.
Jesús fue invitado a escoger su primer asaltante en esta segunda vuelta. Eligió a Jonatán.
Pero el Sumo Sacerdote interfirió. Entretanto, aseguradas las puertas, los tres Sacerdotes se desnudaron, ofreciendo así a la mirada de Jesús tres vigorosos campeones en la plenitud de la vida.
Armado cada uno de ellos con un membrudo dardo que, una vez más, surgía enhiesto de su parte frontal, y oscilaba amenazante.
-¡Uf! ¡Vaya monstruo! -exclamó el jovencito, cuya vergüenza no le impedía ir tentando, alternativamente, cada uno de aquellos temibles aparatos.
A continuación lo sentaron en el borde de la mesa, y uno tras otros succionaron su erecto pene, así como su aun dilatado ano, describiendo círculos con sus cálidas lenguas en torno al húmedo hueco colorado, en el que poco antes habían apaciguado su lujuria. Jesús se abandonó complacido a este juego, y abrió sus piernas cuanto pudo para agradecerlo.
-Sugiero que nos lo chupe uno tras otro propuso el Sumo Sacerdote.
Bien dicho corroboró Leví, el pelirrojo de temible erección.
Pero hasta el final. Yo quiero poseerlo una vez más.
-De ninguna manera, Leví -dijo el Sumo Sacerdote-.
Ya lo hiciste dos veces; ahora tienes que pasar a través de su garganta, o conformarte con nada.
Yeshúa no quería en modo alguno verse sometido a otro ataque de parte de Leví, por lo cual cortó la conversación por lo sano asiendo su voluminoso miembro e introduciendo lo más que pudo de él entre sus gruesos labios.
El muchacho succionaba suavemente hacia arriba y hacia abajo de la azulada nuez, haciendo pausas de vez en cuando para contener lo más posible en el interior de sus húmedos labios el largo y voluminoso dardo.
Sus manos se cerraban alrededor y lo agarraban en un trémulo abrazo, mientras el contemplaba cómo el monstruoso pene se endurecía cada vez más por efecto de las intensas sensaciones transmitidas por medio de sus toques.
No tardó Leví ni cinco minutos en empezar a lanzar aullidos que más se asemejaban a los lamentos de una bestia salvaje que a las exclamaciones surgidas de pulmones humanos, para acabar expeliendo semen en grandes cantidades a través de la garganta del muchacho.
Jesús presionó el dardo para facilitar la emisión del chorro hasta la última gota. El fluido de Leví era tan espeso y cálido como abundante, y chorro tras chorro derramó todo el líquido en la boca del pequeño, quien se lo tragó todo.
He aquí una nueva experiencia sobre la que tengo que instruirte, hijo mío dijo el Sumo Sacerdote cuando, a continuación Jesús aplicó sus dulces labios a su ardiente miembro.
-Hallarás en el mayor motivo de dolor que de placer, pero los caminos de Yahvé son difíciles, y tienen que ser aprendidos y gozados gradualmente, además tu cuerpo es joven, tu carne es elástica de modo que será fácil para ti lograrlo pronto.
-Me someteré a todas las pruebas, Señor replico el niño-. Ahora ya tengo una idea más clara de mis deberes, y sé que soy uno de los elegidos para aliviar los deseos de los buenos Sacerdotes.
-Así es hijo mío, y recibes por anticipado la bendición del cielo cuando obedeces nuestros más insignificantes deseos, y te sometes a todas nuestras indicaciones, por extrañas e irregulares que parezcan.
Dicho esto, tomó al menor entre sus robustos brazos y lo llevó una vez más al cofre acojinado, colocándolo de cara a él, de manera que dejara expuestas sus desnudas y duras nalgas a los tres Santos Varones.
Seguidamente, colocándose entre los muslos de su víctima, apuntó la cabeza de su tieso miembro hacia el pequeño orificio situado entre las rotundas nalgas de Yeshúa, y empujando su bien lubricada arma poco a poco comenzó a penetrar en su orificio, esta vez algo mas fácil y mas rápido.
-¡Oh, Dios! -gritó Jesús. ¡Oh, por favor...! ¡No se detenga!
-¡Oh, Que bueno! –gritaba Jesús...

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CAPITULO 13

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 13

Esta última exclamación le fue arrancada por una repentina y vigorosa embestida del Sumo Sacerdote, la que provocó la introducción de su miembro de semental hasta la raíz.
Jesús sintió que se había metido en el interior de su cuerpo hasta los testículos.
Pasando su fuerte brazo en torno a sus delgadas caderas de niño, se apretó contra su dorso, y comenzó a restregarse contra sus nalgas con el miembro insertado tan adentro del recto de el como le era posible penetrar. Las palpitaciones de placer se hacían sentir a todo lo largo del henchido miembro y, Jesús, mordiéndose los labios, aguardaba los movimientos del macho que bien sabía iban a comenzar para llevar su placer hasta el máximo. Los otros dos Sacerdotes veían aquello con envidiosa lujuria, mientras iniciaban una lenta masturbación.
El Sumo Sacerdote, enloquecido de placer, tomó a las nalgas de Yeshúa hasta que, con una embestida final, llenó sus intestinos con una cálida descarga.
Jonatán, cuyos sentimientos en aquellos momentos deber ser mejor imaginados que descritos, ardía de deseo.
El espectáculo del placer que habían experimentado sus cofrades le había provocado gradualmente un estado de excitación erótica que exigía perentoria satisfacción.
El Sumo Sacerdote, declaro: “El niño otra vez esta bien lubricado es hora de que aprenda las nuevas cosas de las que le he hablado”.
-De acuerdo gritó Jonatán-. Me introduciré en el templo de Sodoma por detrás, mientras tú llegarás con tu robusto centinela por delante, así ambos gozaremos en el mismo hueco.
-Di mejor que con placer legítimo -repuso el Sumo Sacerdote con una mueca sarcástica. Sea como dices. Me gustaría disfrutar nuevamente esta estrecha hendidura.
Jesús yacía todavía sobre su vientre, encima del lecho improvisado, con sus redondeces posteriores totalmente expuestas, más muerto que vivo como consecuencia del brutal ataque que acababa de sufrir. Ni uno sola gota de semen que con tanta abundancia había sido derramado en su oscuro nicho había salida del mismo.
Jonatán lo sujetó. Colocado a través de los muslos del Sumo Sacerdote, Jesús se encontró con el llamado del todavía vigoroso miembro contra su ano. Así que procedió a sentarse en el, ensartándose por completo. En ese momento el vigoroso Sumo Sacerdote pasó sus brazos en torno a su cintura, para atraerlo sobre si y dejar un poco de lugar frente al ansioso miembro de Jonatán, que se encaminó directamente hacia la ya bien humedecida abertura entre las dos lomas.
¡Ah...! ¡Tengan piedad! ¡Oh compadézcanse de mí...!
¡No Por favor! ¡Me rompen el ano!
¡No lo puedo soportar! ¡Dos penes juntos es demasiado!
¡Por Yahvé, piedad!
Hubo que vencer las mil dificultades que se presentaron, pero al cabo el lascivo Jonatán se sintió enterrado dentro de los intestinos de su víctima, aunque lo que mas le excitaba era el hecho de sentir el propio miembro del Sumo Sacerdote restregándose con el de el.
Lentamente comenzó a moverse hacia atrás y hacia adelante del bien lubricado canal.
Retardó lo más posible su desahogo, y pudo así gozar de las vigorosas arremetidas con que el Sumo Sacerdote embestía a Jesús por delante.
De pronto, exhalando un profundo suspiro, el Sumo Sacerdote llegó al final, y Yeshúa sintió sus intestinos rápidamente invadido por la leche.
Jonatán, empero, no había malgastado todos sus recursos, y seguía manteniendo al lindo muchacho fuertemente empalado.
Así pues el pene del Sumo Sacerdote se deslizo suavemente fuera del recto de Jesús, Leví no pudo resistir la oportunidad que le ofrecía el hecho de que el Sumo Sacerdote se hubiera retirado para asearse, y se lanzó sobre el regazo de Jesús para conseguir casi enseguida penetrar en su interior, ahora literalmente bañado de viscosos residuos de semen y mierda.
Con todo y lo enorme que era el monstruo del pelirrojo, Jesús encontró la manera de recibirlo y durante unos cuantos de los minutos que siguieron no se oyó otra cosa que los suspiros y los voluptuosos quejidos de los combatientes.
En un momento dado sus movimientos se hicieron más agitados los dos penes frotaban la pequeña próstata de Jesús. El ano lo tenía extremadamente dilatado al ser forzado a recibir dos penes exageradamente grandes y al mismo tiempo.
Jesús sentía como que cada momento era su último instante. El enorme miembro de Jonatán estaba insertado hasta los testículos, mientras que el gigantesco tronco de Leví echaba espuma en el mismo conducto.
El niño era sostenido por los dos hombres, con los pies bien levantados del suelo, y sustentado por la presión, ora del frente, ora de atrás, como resultado de las embestidas con que los Sacerdotes introducían sus excitados miembros en el dilatado orificio.
Cuando Jesús estaba apunto de perder el conocimiento, advirtió por el jadeo y la tremenda rigidez del bruto que tenía delante, que éste estaba a puntos de descargar, y unos momentos después sintió la cálida inyección de flujo que el gigantesco pene enviaba en viscosos chorros.
¡Oh! ¡Termino! -grito Leví, y diciendo esto inundó el interior de Yeshúa, con gran deleite de parte de éste.
-¡A mí también me llega! -gritó Jonatán, alojando más adentro su poderoso miembro, al tiempo que lanzaba un chorro de leche dentro de los intestinos de Jesús. Así siguieron ambos vomitando el prolífico contenido de sus cuerpos en el interior de Jesús, al que proporcionaron con esta doble sensación un verdadero diluvio de goces.
Mis sentimientos de amistad y de simpatía por el joven Jesús me impulsaron a permanecer aún en su compañía. Los sucesos vinieron a darme la razón y, como veremos más tarde, determinaron mis movimientos en el futuro. No había transcurrido mayor tiempo, cuando el joven, recibió la petición de los Sacerdotes, para reunirse en el mismo lugar esa misma noche.
En esta oportunidad Jesús puso mucha atención a sus ropas, el era pobre pero se las arreglaba para vestirse mas que adecuadamente, como resultado de ello aparecía mas atractivo que nunca, vestido con su túnica blanca, sus sandalias de cuero y una cinta recogiendo sus cabellos.
Los tres hombres quedaron arrobados a la vista de su persona, y lo recibieron tan calurosamente, que pronto su sangre juvenil le afluyó al rostro, inflamándolos de deseo.
Se aseguró la puerta y de inmediato, cayeron al suelo los paños menores de los Sacerdotes, y Yeshúa se vio rodeado por el trío y sometido a las más diversas caricias, al tiempo que contemplaba sus miembros desvergonzadamente desnudos y amenazadores.
El Sumo Sacerdote fue el primero en adelantarse con intención de gozar de Jesús.
Colocándose descaradamente frente a el lo tomó en sus brazos, y cubrió de cálidos besos sus labios y su rostro.

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CAPITULO 11

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 11

Tan pronto como el que había llevado la voz cantante de los recién llegados -el cual, evidentemente, parecía ser el Sumo Sacerdote de los tres advirtió la hermosa desnudez que estaba ante su ardiente mirada, sin dudarlo un instante abrió su túnica para poner en libertad un largo y anchuroso miembro.
Tomando en sus brazos al muchacho, lo puso de espaldas sobre el gran cofre acojinado, brincó sobre el, se colocó entre sus chorreantes muslos, y apuntando rápidamente la cabeza de su rabioso campeón hacia el suave orificio anal, empujó hacia adelante para hundirlo por completo hasta los testículos.
El Niño Jesús dejó escapar un pequeño grito de éxtasis al sentirse empalado por aquella nueva y poderosa arma.
Para el hombre la posesión entera del hermoso muchacho suponía un momento estático, y la sensación de que su erecto pene estaba totalmente enterrado en el cuerpo de el, le producía una emoción inefable.
No creyó poder penetrar tan rápidamente en sus jóvenes partes, pues no había tomado en cuenta la lubricación producida por el flujo de semen que ya había recibido.
El Sumo Sacerdote, no obstante, no le dio oportunidad de reflexionar, pues se dio a atacar con tanta energía, que sus poderosas embestidas masajeándole la próstata, desde luego produjeron pleno efecto en el niño causándole un orgasmo seco al que a se estaba acostumbrando.
Esto fue demasiado para el disoluto Sacerdote. Ya firmemente encajado en el estrecho embolo, que le quedaba tan ajustado como un guante, tan luego como sintió las convulsiones y jadeos del pequeño dejó escapar un fuerte gruñido y descargó con furia.
Yeshúa disfrutó el torrente de lujuria de aquel hombre, y abriendo las piernas cuanto pudo lo recibió en lo más hondo de sus intestinos, permitiéndole que saciara su lujuria arrojando las descargas de su impetuosa naturaleza.
Los sentimientos lascivos más fuertes de Jesús se reavivaron con este segundo y firme ataque contra su persona, y su excitable naturaleza recibió con exquisito agrado la abundancia de líquido que el membrudo campeón había derramado en su Interior.
Pero, por morboso que fuera, el jovencito se sentía exhausto por esta continua corriente y por ello recibió con desmayo al segundo de los intrusos que se disponía a ocupar el puesto recién abandonado por el Sumo Sacerdote.
Pero El Niño Jesús quedó atónito ante las proporciones del falo que el Sacerdote ofrecía ante el.
Aún no había acabado de quitarse la ropa y ya surgía de su parte delantera un erecto miembro ante cuyo tamaño hasta el de Jonatán tenía que ceder el paso.
De entre los rizos de rojo pelo emergía la blanca columna de carne, coronada por una brillante cabeza colorada, cuyo orificio parecía constreñido para evitar una prematura expulsión de jugos. Dos grandes y peludas bolas colgaban de su base y completaban un cuadro a la vista del cual comenzó a hervir de nuevo la sangre de Jesús, cuyo Juvenil espíritu se aprestó a librar un nuevo y desproporcionado combate.
¡Oh, Padrecito!
¿Cómo podré jamás albergar tamaña cosa dentro de mi persona?
Preguntó acongojado.
¿Cómo me será posible soportarlo una vez que esté dentro de mí?
Temo que me va a dañar terriblemente.
-Tendré mucho cuidado hijo mío.
Iré despacio.
Ahora estás bien preparado por los jugos de los Santos Varones que tuvieron la buena fortuna de precederme.
Yeshúa tentó el gigantesco pene.
El Sacerdote era endiabladamente feo, bajo y obeso, pero sus espaldas parecían las de un Hércules.
El muchacho estaba poseído por una especie de locura erótica. La fealdad de aquel hombre sólo servía para acentuar su deseo sensual. Sus manos no bastaban para abarcar todo el grosor del miembro. Sin embargo, no lo soltaba, lo presionaba y le dispensaba inconscientemente caricias que incrementaban su rigidez. Parecía una barra de metal entre sus hábiles manos.
Un momento después el tercer asaltante estaba encima de el, y el niño casi tan excitado como el Padre, luchaba por empalarse con aquella terrible arma.
Durante algunos minutos la proeza pareció imposible.
No obstante la buena lubricación que el había recibido con las anteriores inundaciones de su vaina.
Al cabo con una furiosa embestida, introdujo la enorme cabeza y Jesús lanzó un grito de dolor. Otra arremetida y otra más; el infeliz bruto, ciego a todo lo que no fuera darse satisfacción, seguía penetrando. Jesús gritaba de angustia, y hacía esfuerzos sobrehumanos por deshacerse del salvaje atacante.
Otra arremetida, otro grito de la víctima y el Sacerdote penetró hasta lo más profundo en su interior. Jesús se había desmayado, ante este penoso calvario que solo lo preparaban para afrontar pruebas mas duras veintiún años después.
Los dos espectadores de este monstruoso acto de corrupción parecieron en un principio estar presos a intervenir, pero al propio tiempo daban la impresión de experimentar un cruel placer al presenciar aquel espectáculo.
Y ciertamente así era, como lo evidenciaron después sus lascivos movimientos y el interés que pusieron en observar el más minucioso de los detalles.
Correré un velo sobre las escenas de lujuria que siguieron, sobre los estremecimientos de aquel salvaje a medida que, seguro de estar en posesión de la persona de Yeshúa, prolongó lentamente su goce hasta que su enorme y férvida descarga puso fin a aquel éxtasis y cedió el paso a un intervalo para devolver la vida al pobre muchacho.
El fornido Padre había descargado por dos veces en su interior antes de retirar su largo y vaporoso miembro, y el volumen de semen expelido fue tal, que cayó con ruido acompasado hasta formar un charco sobre el suelo de madera.
Cuando por fin el Niño Jesús se recobró lo bastante para poder moverse, pudo hacerse el lavado que los abundantes derrames en su rojo y distendido ano hacían del todo necesario, oró con mucha fe para poder recuperar las fuerzas, hemos de recordar que Jesús apenas era un niño de 12 años, que en otras circunstancias hubiera estado jugando y no dado en cuerpo y alma a satisfacer estos pervertidos sacerdotes que solo lo llevaban por l e camino de la lujuria y la depravación.

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CAPITULO 10

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 10

Jesús comprimió el terrible dardo introducido hasta lo más íntimo de su persona y sintió crecer y endurecerse todavía más, en tanto que su enrojecida cabeza presionaba su juvenil próstata. Casi inmediatamente después su pesado amante, incapaz de controlarse por más tiempo, sucumbió a la intensidad de las sensaciones, y dejó escapar el torrente de su viscoso líquido.
-¡Oh, viene de Usted! -gritó el excitado muchacho.
Ya siento los chorros.
¡Oh, déme más... más!
¡Derrámelo en mi interior... empuje mas, no me compadezca...!
¡Oh, otro chorro! ¡Empuje! ¡Desgárreme si quiere, pero déme toda su leche!
Antes hablé de la cantidad de semen que Jonatán era capaz de derramar, pero en esta ocasión se excedió a sí mismo.
Había estado almacenado solo por unas horas pero y El Niño Jesús recibía en aquellos momentos una corriente tan tremenda, que aquella descarga parecía mas bien emitida por una jeringa, que la eyaculación de los órganos genitales de un hombre.
Al fin Jonatán desmontó de su cabalgadura, y cuando Jesús se puso de pie nuevamente sintió deslizarse una corriente de líquido pegajoso que descendía por sus fuertes muslos desde su dilatado ano.
Apenas se había separado del Padre Jonatán cuando se abrió la puerta que Conducía a la Iglesia, y aparecieron en el portal otros dos Sacerdotes.
El disimulo resultaba imposible.
-¡Jonatán! -exclamó el de más edad de los dos.
Un hombre que andaría entre los treinta y los cuarenta años.
Esto va en contra de nuestras normas y privilegios, que disponen que toda clase de juegos han de practicarse en común.
-Tómenlo entonces! Refunfuñó el aludido, - -Todavía no es demasiado tarde!
- Iba a comunicarles lo que había conseguido cuando...
Cuando la deliciosa tentación de este tierno durazno fué demasiado fuerte para ti, amigo nuestro.
Interrumpió el otro, apoderándose del atónito Yeshúa al tiempo que hablaba.
Introduciendo su enorme mano debajo sus vestimentas para tentar los firmes muslos de él así como el dilatado ano que aun seguía chorreando semen.
Lo he visto todo a través del ojo de la cerradura -susurró el bruto a su oído-.
No tienes nada qué temer, únicamente queremos hacer lo mismo contigo.
Jesús recordó las condiciones en que se le había ofrecido consuelo en la iglesia, y supuso que ello formaba parte de sus nuevas obligaciones. Por lo tanto permaneció en los brazos del recién llegado sin oponer resistencia.
Entretanto su compañero había pasado su fuerte brazo en torno a la cintura de Jesús, y cubría de besos sus mejillas.
Jonatán lo contemplaba todo estupefacto y confundido.
Así fue como el jovencito se encontró entre dos fuegos por no decir nada de la desbordante pasión de su poseedor original.
En vano miraba a uno y después a otro en demanda de respiro, o de algún medio de escapar del predicamento en que se encontraba.
A pesar de que estaba completamente resignado al papel al que lo había reducido el astuto Sacerdote Jonatán, se sentía en aquellos momentos invadido por un poderoso sentimiento de debilidad y de miedo hacia los nuevos asaltantes.
Jesús no leía en la mirada de los nuevos intrusos más que el deseo rabioso, en tanto que la Impasibilidad de Jonatán lo hacía perder cualquier esperanza de que el mismo fuera a ofrecer la menor resistencia.
Entre los dos hombres lo tenían emparedado y en tanto que el que habló primero deslizaba su mano hasta su rosado pene, el otro no perdió tiempo en posesionarse de las redondas y duras nalgas.
Entre ambos a Yeshúa le era Imposible resistir.
Esperen un momento -dijo al cabo Jonatán-.
Si tienen prisa por poseerlo cuando menos desnúdenlo sin estropear su ropa, como al parecer pretenden hacerlo.
-Desnúdate, Jesús -siguió diciendo-. Según parece, todos tenemos que compartirte.
-De manera que disponte a ser instrumento voluntario de nuestros deseos comunes.
En nuestro Templo se encuentran otros cofrades no menos exigentes que yo y tu tarea no será en modo alguno nada fácil, así que será mejor que recuerdes en todo momento los privilegios que estás destinado a cumplir y te dispongas a aliviar a estos Santos Varones de los apremiantes deseos que ahora ya sabes cómo suavizar.
Así planteado el asunto no quedaba alternativa. Jesús quedó de pie, desnudo ante los tres vigorosos Sacerdotes, y levantó un murmullo general de admiración cuando en aquel estado se adelantó hacia ellos.

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CAPITULO 09

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 09

Apenas estaba amaneciendo, José y Maria aun dormían pero el Niño Jesús ya se encontraba a solas con su seductor, se arrojó en sus brazos, y apresando su gran humanidad contra su infantil cuerpo le prodigó las más tiernas caricias.
Jonatán no se hizo rogar para devolver todo el calor del abrazo del pequeño, y así sucedió que la pareja se encontró de inmediato entregada a un intercambio de cálidos besos, y reclinada, cara a cara, sobre el cofre acojinado al que aludí anteriormente.
Pero Jesús no iba a conformarse con besos solamente; deseaba algo más sólido, y aunque solo habían pasado unas horas de su último ataque, sabía que el Sacerdote podía proporcionárselo, he de decir al lector que mi pequeño amigo se pasó todo la noche haciendo extrañas invocaciones con lo que había conseguido tener el ano en perfectas condiciones.
Jonatán no estaba menos excitado. Su sangre fluía rápidamente, sus negros ojos llameaban por efecto de una lujuria incontrolable, y la protuberancia que podía observarse en su túnica denunciaba a las claras el estado de sus sentidos.
Jesús advirtió la situación; ni sus miradas ansiosas, ni su evidente erección, que el Padre no se preocupaba por disimular, podían escapársele. Pero pensó en avivar mayormente su deseo, antes que en apaciguarlo.
Sin embargo, pronto demostró Jonatán que no requería incentivos mayores, y deliberadamente exhibió su arma, bárbaramente dilatada de tal forma, que su sola vista despertó deseos frenéticos en Jesús. En cualquiera otra ocasión Jonatán hubiera sido mucho más prudente en darse gusto, pero en esta oportunidad sus alborotados sentidos habían superado su capacidad de controlar el deseo de regodearse lo antes posible en los juveniles encantos que se le ofrecían.
Estaba ya sobre su cuerpo; su gran humanidad cubría por completo el cuerpo del menor. Su miembro en erección se clavaba en el escroto de Yeshúa, cuya túnica estaban recogida hasta la cintura.
Con una mano temblorosa Jonatán abrió las piernas de Jesús elevándolas sobre su pecho de modo que el arma quedo apuntando sobre el rosado ano; ansiosamente acomodo una vez mas la punta caliente y carmesí, empujó, luchó por entrar... y lo consiguió.
La inmensa máquina entró con paso lento pero firme. La cabeza y parte del miembro ya estaban dentro del recto de Jesús, esta vez sin saliva ni lamidas.
Unas cuantas firmes y decididas embestidas completaron la conjunción y Jesús recibió en toda su longitud el inmenso y excitado miembro de Jonatán. El estuprador yacía jadeante sobre el, en completa posesión de sus más íntimos encantos.
Jesús, dentro de cuyo ano se había acomodado aquella vigorosa masa, sentía al máximo los efectos del intruso, cálido y palpitante.
Entretanto Jonatán había comenzado a moverse hacia atrás y hacia adelante. Jesús trenzó sus blancos brazos en torno a su cuello, y enroscó sus duras piernas sobre sus espaldas, presa de la mayor lujuria.
-¡Qué delicia! -murmuró Yeshúa,
Besando arrolladoramente sus gruesos labios.
-Empuje más... Todavía más.
¡Oh, cómo me rompe y qué largo es!
¡Cuán cálido, cuán...! ¡Oh... Oh!
Jadeaba muy fuerte, al mismo tiempo que su cabeza caía hacia atrás y su boca se abría en el espasmo del coito.
El Sacerdote se contuvo e hizo una breve pausa. Los latidos de su enorme miembro anunciaban suficientemente el estado en que el mismo se encontraba, y quería prolongar su placer hasta el máximo.

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CAPITULO 08

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 08

Con un desmayado grito de angustia física, Jesús anunció que su estuprador había vencido toda la resistencia que su juventud había opuesto a la entrada de su miembro y la tortura de la forzada introducción de aquella masa borró la sensación de placer con que en un principio había soportado el ataque, sin embargo el ariete con el que estaba ensartado era tan grande que su propia próstata no podía evitar el roce con el impresionante miembro lo cual convertía la penetración en una mezcla indescriptible de dolor y placer.
Jonatán lanzó un grito de alegría al contemplar la hermosa presa que su serpiente había mordido. Gozaba con la víctima que tenía empalada con su enorme falo.
Sentía el enloquecedor contacto con inexpresable placer.
Veía al muchacho estremecerse por la angustia de su violación.
Su instinto impetuoso había despertado por entero. Pase lo que pase, disfrutaría hasta el máximo. Así pues, estrechó entre sus brazos el cuerpo del hermoso muchacho, y la agasajó con toda la extensión de su inmenso miembro.
Pequeño niño, realmente eres incitante. Tú también tienes que disfrutar. Te daré la leche de que te hablaba. Pero antes tengo que despertar mi naturaleza con este lujurioso cosquilleo.
Bésame, Jesús, y luego la tendrás y cuando mi caliente leche me deje para adentrarse en tus juveniles entrañas, experimentarás los exquisitos deleites que estoy sintiendo yo.
¡Aprieta, Yeshúa! ¡Déjame también empujar, pequeñín! Ahora, entra de nuevo. ¡OH...! ¡OH...!
Jonatán se levantó por un momento y pudo ver el inmenso émbolo a causa del cual el ajustado hoyo de Yeshúa estaba en aquellos momentos extraordinariamente distendido, tanto que solo un milagro proveniente del cielo permitiera seguir aguantando sin desgarrase en un mar de sangre.
Firmemente empotrado en aquella lujuriosa vaina, y saboreando profundamente la suma estrechez de los calida carne en la que estaba encajado, empujó sin preocuparse del dolor que su miembro provocaba, y sólo ansioso de procurarse el máximo deleite posible. No era hombre que fuera a detenerse en tales casos ante falsos conceptos de piedad, en aquellos momentos empujaba hacia dentro lo más posible, mientras que febrilmente rociaba de besos los abiertos y temblorosos labios del pobre Yeshúa.
Por espacio de unos minutos no se oyó otra cosa que los jadeos y sacudidas con que el lascivo Sacerdote se entregaba a darse satisfacción y el glu - glu de su inmenso pene cuando alternativamente entraba y salía del ano del penitente.
No cabe suponer que un hombre como Jonatán ignorara el tremendo poder de goce que su miembro podía suscitar en otra persona, ni que su tamaño y capacidad de descarga eran capaces de provocar las más excitantes emociones en el joven sobre el que accionando estaba.
Pero la naturaleza hacía valer sus derechos también en la persona de Yeshúa.
El dolor de la dilatación se vio bien pronto atenuado por la intensa sensación de placer que la vigorosa arma del Santo Varón provocaba sobre la pequeña próstata, y no tardaron los quejidos y lamentos del pequeño entremezclándose con sonidos medio sofocados en lo más hondo de su ser, que expresaban su deleite.
¡Señor! ¡Querido y generoso...! Empuje, empuje; puedo soportarlo.
Lo deseo. Estoy en el cielo. ¡El bendito instrumento tiene una cabeza tan ardiente!
¡Oh, Señor! ¡OH...! ¡OH! Bendito, ¿Qué es lo que siento?
Jonatán veía el efecto que provocaba.
Su propio placer llegaba a toda prisa. Se meneaba furiosamente hacia atrás y hacia adelante, agasajando al Niño Jesús a cada nueva embestida con todo el largo de su miembro, que se hundía hasta los rizados pelos que cubrían sus testículos.
Al cabo, Yeshúa no pudo resistir más, y nuevamente fue presa de las convulsiones de un potente orgasmo para el cual su cuerpo aun no estaba preparado.
Resulta imposible describir el frenesí de lujuria que en aquellos momentos se apoderó del joven y encantador menor. Se aferró con desesperación al fornido cuerpo del Sacerdote, que agasajaba a su voluptuoso y angelical cuerpo con toda la fuerza y poderío de sus viriles estocadas, y lo alojó en su estrecha y resbalosa vaina hasta los testículos.
Pero ni aún en su éxtasis el Niño Jesús perdió nunca de vista la perfección del goce.
El Santo Varón tenía que expeler su semen en el interior de él, tal como lo había hecho Judas, y la sola idea de ello añadió combustible al fuego de su lujuria.
Cuando, por consiguiente, Jonatán pasó sus brazos en torno a su cintura, y hundió hasta los pelos su pene de semental en el ano de Yeshúa, para anunciar entre suspiros que al fin llegaba la leche, el excitada muchacho levantó sus piernas todo lo que pudo, y en medio de gritos de placer recibió los chorros de su emisión en lo mas profundo de sus intestinos. Así permaneció él Sacerdote por espacio de dos minutos enteros, durante los que se iban sucediendo las descargas, cada una de las cuales era recibida por Jesús con profundas manifestaciones de placer, traducidas en gritos y contorsiones, mientras que Jonatán ciego por la lujuria mordía las fuertes piernas de Yeshúa que tenia apoyadas sobre sus hombros.
No creo que en ninguna otra ocasión haya tenido que sonrojarme con mayor motivo que en esta oportunidad y es que hasta una pulga tenía que sentirse envidia ante tamaña visión.
Un muchacho tan joven, de apariencia tan inocente, y sin embargo, de inclinaciones y deseos tan lascivos. Una persona de frescura y belleza infinitas; una mente de llameante sensualidad convertida por el accidental curso de los acontecimientos en un activo volcán de lujuria.
Muy bien hubiera podido exclamar con el poeta de la antigüedad: "¡Oh, Moisés!", o como el más práctico descendiente del patriarca: "¡Por las barbas del profeta!".
No es necesario hablar del cambio que se produjo en Jesús después de las experiencias relatadas.
Eran del todo evidentes en su porte y su conducta.
Lo que pasó con su joven amante, ya se lo relatare líneas mas adelante, ya que también el muchacho se vio inducido poco a poco, al igual que su pequeño amigo, a darle satisfacción a los insensatos deseos del Sacerdote.
Pero volvamos a mis observaciones directas en lo que concierne al pequeño Jesús. Si bien a una pulga no le es posible sonrojarse, sí puede observar, y me impuse la obligación de encomendar a la pluma y a la tinta la descripción de todos los pasajes amatorios que consideré pudieran tener interés para los buscadores de la verdad.
Al siguiente día muy temprano, incluso antes de que brille el sol sobre el cielo de Jerusalén, Jesús encontró la oportunidad de volver a visitar a su Clerical admirador, y ni qué decir tengo, que el la aprovechó de inmediato.
Le hizo saber a Jonatán que se proponía visitarlo, y en consecuencia el astuto individuo pudo disponer de antemano las cosas para recibir a su joven huésped como la vez anterior sin percatarse que esta vez ni era sábado, ni estaría solo, pues dos pares de ojos lo observarían desde la oscuridad.

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CAPITULO 07

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 07

Transcurrió un cuarto de hora en reposo tranquilo, que ningún signo de turbación exterior vino a interrumpir.
La puerta estaba bajo cerrojo, y el Sacerdote había escogido bien el momento.
Mientras tanto Yeshúa, terriblemente excitado por la escena que hemos tratado de describir, había concebido el extravagante deseo de que el rígido miembro de Jonatán realizara con el la misma operación que había sufrido con el arma de moderadas proporciones de Judas.
Pasando sus brazos en torno al robusto cuello de su Protector, le susurró tiernas palabras de invitación, observando, al hacerlo, el efecto que causaban en el instrumento que adquiría ya rigidez entre su piernas.
-Me dijo que la estrechez de mi hendidura, y Jesús colocó la ancha mano de él sobre su culito, presionándola luego suavemente, lo haría descargar una abundante cantidad de la leche…
¿Por qué no le he de poder, sentirla derramarse dentro de mi cuerpo por la punta de esta cosa roja?
Era evidente lo mucho que la hermosura del joven, así como la inocencia e ingenuidad de su carácter, inflamaban al natural ya de por si, sensual Sacerdote.
Saberse triunfador, tenerlo absolutamente impotente entre sus manos, la delicadeza y refinamiento de el muchacho, todo ello conspiraba al máximo para despertar sus licenciosos instintos y desenfrenados deseoso.
Era suyo, para gozarlo a voluntad, suyo para satisfacer cualquier capricho de su terrible lujuria, y estaba listo a entregarse a la más desenfrenada sensualidad.
¡Por Dios, esto es demasiado!
Exclamó Jonatán, cuya lujuria, de nuevo encendida, volvía a asaltarle violentamente ante tal solicitud.
Dulce muchachito, no sabes lo que pides. La desproporción es terrible, sufrirías demasiado al intentarlo.
Lo soportaré todo, replicó Yeshúa, con tal de poder sentir esta cosota dentro de mí, y gustar de los chorros de leche.
¡Dios! Es demasiado para ti. Jesús, no tienes idea de las medidas de esta máquina, una vez hinchada.
Adorable criatura, nadarías en un océano de leche caliente.
¡Oh, Señor! ¡Qué dicha celestial!
Bueno pues! Desnúdate. Jesús.
Quítate todo lo que pueda entorpecer nuestros movimientos, que te prometo serán en extremo violentos.
Cumpliendo la orden, el Niño Jesús, obediente por naturaleza, se despojó rápidamente de sus ropas y buscando complacer a su Señor con la plena exhibición de sus encantos, a fin de que su miembro se alargara en proporción a lo que el mostrara de sus desnudeces. Se despojó de hasta la más mínima prenda interior, para quedar tal como vino al mundo.
Jonatán quedó atónito ante la contemplación de los encantos que ofrecían a su vista. Las estrechas caderas, las tetillas pequeñas y rosadas, la nívea blancura de su piel, la redondez de sus nalgas, la fuerza de sus muslos y brazos, el blanco y plano vientre con su pubis limpio y terso sin vellos donde colgaba atrevido su breve pene sobre unos testículos apretados contra el cuerpo, hicieron que él se lanzara sobre el joven con un rugido de lujuria.
Jonatán atrapó a su víctima entre sus brazos. Oprimió su cuerpo deslumbrante contra el suyo. Lo cubrió de besos lúbricos, y dando rienda suelta a su licenciosa lengua prometió al jovencito todos los goces del paraíso mediante la introducción de su gran aparato en el interior de su recto.
Yeshúa acogió estas palabras con un gritito de éxtasis, cuando su excitado estuprador lo acostó sobre sus espaldas y sentía ya la anchurosa y tumefacta cabeza del pene gigantesco presionando el su caliente orificio casi virginal.
El Santo Varón, encontrando placer en el contacto de su pene con las duras nalgas del niño, comenzó a empujar hacia adentro con todas sus fuerzas. Su poderoso pene empezó a segregar copiosas descargas preseminales las que lubricaban el ajustado y pequeño ano. Jonatán luchaba por alojar la cabeza de su miembro entre los húmedos pliegues del infantil ano, poniendo Jesús sobre sus espaldas lo tomo por las pantorrillas, levantándole sus piernas hasta que sus rodillas chocaron sobre su propio pecho, el ano del niño quedo completamente expuesto. Jonatán se dio a chuparle el ano por casi un cuarto de ahora, al tiempo que ya había alojado en el diminuto ano tres de sus gruesos dedos. Jesús permanecía doblado casi entrecortando su respiración por la fuerte presión que el enorme cuerpo del Sacerdote ejercía sobre el. Para el final había dilatado lo suficiente q la lengua de Jonatán podía salir y entrar del hoyo dejándolo abierto y expectante, esto era exactamente lo que esperaba el desvergonzado Sacerdote, así que en ese momento empujó resueltamente, y de un solo golpe Introdujo la mitad de su voluminoso apéndice en el interior del hermoso muchacho.
Jesús dejo escapar un grito desgarrador, así como gruesas lagrimas que corrieron por sus enardecidas mejillas, Jonatán lo lamió cual animal salvaje, lamiendo las heridas de su compañero, Pero tan pronto como Yeshúa se sintió empalado por la entrada del terrible miembro en el interior de su tierno cuerpo, perdió el poco control que conservaba y olvidándose del dolor que sufría rodeó con sus piernas las espaldas de él y alentó a su enorme invasor a no guardarle consideraciones.
Mí tierno y dulce chiquillo murmuró el lascivo Sacerdote. Mis brazos te rodean, mi arma está hundida a medias en tu cuerpo. Pronto serán para tilos goces del paraíso.
Lo sé; lo siento. No lo saque.
Húndame el delicioso objeto hasta donde pueda.
Toma, pues. Empujo, aprieto, pero estoy demasiado bien dotado para poder penetrarte fácilmente.
Tal vez te reviente, pero ahora ya es demasiado tarde. Tengo que poseerte... o morir.
Las partes de Yeshúa se relajaron un poco, y Jonatán pudo penetrar unos centímetros más.
Su palpitante miembro, húmedo y desnudo, había recorrido la mitad del camino hacia el interior del jovencito. Su placer era Intenso, la cabeza de su instrumento estaba deliciosamente comprimida por la vaina de Yeshúa.
Adelante. Estoy en espera de la leche que me ha prometido. El Protector no necesitaba de este aliento para inducirlo a poner en acción todos sus tremendos poderes copulatorios.
Empujó frenéticamente hacia adelante, y con cada nuevo esfuerzo sumió su cálido pene más adentro, hasta que, por fin, con un golpe poderoso lo enterró hasta los testículos en el interior del ano de Jesús.
Esta furiosa introducción por parte del brutal Sacerdote fue más de lo que su frágil víctima, animada por sus propios deseos, pudo soportar.

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CAPITULO 06

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 06

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Su pecho se agitaba todavía bajo la violencia de sus transportes, y sus hermosos ojos permanecían entornados en lánguido reposo.
Jonatán era de los contados hombres capaces de controlar sus Instintos pasionales en circunstancias como las presentes. Continuos hábitos de paciencia en espera de alcanzar los objetos propuestos, el empleo de la tenacidad en todos sus actos, no se habían borrado por completo, no obstante su temperamento fogoso y de deseos tan violentos que caían fuera de lo común, había aprendido a controlar sus pasiones hasta la mortificación.
Ya es hora de que descorramos el velo que cubre el verdadero carácter de este hombre. Jonatán era la personificación viviente de la lujuria. Su mente estaba en realidad entregada a satisfacerla, y sus fuertes instintos animales, su ardiente y vigorosa constitución, al Igual que su indomable naturaleza, lo identificaban con la imagen física y mental del sátiro de la antigüedad.
Pero el Niño Jesús sólo lo conocía como el Hombre Santo que no sólo le había perdonado su grave delito... sino que le había también abierto el camino por el que podía dirigirse, sin pecado, a gozar de los placeres que tan firmemente tenía fijos en su juvenil imaginación.
El osado Sacerdote, sumamente complacido por el éxito de una estratagema que había puesto en sus manos lujuriosas una víctima y también por la extraordinaria sensualidad de la naturaleza del joven y el evidente deleite con que se entregaba a la satisfacción de sus deseos, se disponía en aquellos momentos a cosechar los frutos de su superchería y disfrutaba lo indecible con la idea de que iba a poseer los delicados encantos que Jesús podía ofrecerle para mitigar su espantosa lujuria.
Al fin era suyo, y al tiempo que se retiraba de su cuerpo tembloroso, conservando todavía en sus labios el sabor del pequeño hombrecito. Su miembro, todavía hinchado y rígido, presentaba una cabeza reluciente a causa de la presión de la sangre y el endurecimiento de los músculos.
Tan pronto como el joven se hubo recuperado del ataque qua acabamos de describir, inferido por su protector en las partes más sensibles de su persona, alzó la cabeza de la posición inclinada en que reposaba, sus ojos volvieron a tropezar con el gran tronco que el Sacerdote mantenía impúdicamente expuesto.
Yeshúa pudo ver el largo y grueso mástil blanco, y la mata de negros pelos rizados de donde emergía, oscilando rígidamente hacia arriba, y la cabeza en forma de huevo que sobresalía en el extremo, roja y desnuda, y que parecía invitar el contacto de su mano.
Contemplaba aquella gruesa y rígida masa de músculo y carne, e incapaz de resistir la tentación la tomó de nuevo entre sus manos, imaginando que algún día el mismo podría tener un arma de tal calibre entre sus propias piernas.
La apretó, la estrujó, para observar la gran nuez que la coronaba.
Maravillado, contempló el agujerito que aparecía en su extremo, y tomándolo con ambas manos lo mantuvo palpitante, junto a su cara.
¡Oh, Señor! ¡Qué cosa tan maravillosa! -exclamó-.
¡Qué grande!
¡Por favor, Señor Jonatán, dígame cómo debo proceder para aliviar a nuestros Santos Ministros religiosos de esos sentimientos que según usted tanto los inquietan, y que hasta dolor les causan!
Jonatán estaba demasiado excitado para poder contestar. Pero tomando la mano del pequeño con la suya le enseñó al inocente muchacho cómo tenia que mover sus dedos de atrás y adelante en su enorme objeto.
Su placer era intenso... y el del pequeño no parecía ser menor.
Siguió frotando el miembro entre las suaves palmas de sus manos, mientras contemplaba con aire inocente la cara de él. Después le preguntó en voz queda si ello le proporcionaba gran placer y si por lo tanto tenia qué seguir actuando tal como lo hacia.
Entretanto, el gran pene del Sacerdote engordaba y crecía todavía más por efecto del excitante cosquilleo al que lo sometía el jovencito.
"'Espera un momento. Si sigues frotándolo de esta manera voy a terminar -dijo por lo bajo-. Será mejor retardarlo todavía un poco.
-¿Terminará, Señor? --inquirió Yeshúa ávidamente. ¿Qué quiere decir eso?
-¡Ah, mi dulce niño, tan adorable por tu belleza como por tu inocencia!
¡Cuán divinamente llevas a cabo tu excelsa misión!
-Exclamó Jonatán, encantado de abusar de la evidente inexperiencia de su joven penitente, y de poder así envilecerlo.
Terminar significa completar el acto por medio del cual se disfruta en su totalidad del placer venéreo, y supone el escape de una gran cantidad de fluido blanco y espeso del interior de la cosa que sostienes entre tus manos, y que al ser expelido proporciona igual placer al que la arroja que a la persona que, en el modo que sea, la recibe.
Jesús recordó a Judas y su éxtasis, y entendió enseguida a lo que el Sacerdote se refería.
¿Y este derrame le proporcionaría alivio, Señor?
-Claro que si, hijo mío., y por ello deseo ofrecerte la oportunidad de que me proporciones ese alivio bienhechor. Como bendito sacrificio de uno de los más humildes servidores de la iglesia.
-¡Qué delicia! -murmuró el Niño Jesús-. Por obra mía correrá esa rica corriente, y es únicamente a mí a quien el Santo Varón reserva ese final placentero. ¡Cuánta felicidad me proporciona poderle causar semejante dicha!
Después de expresar apasionadamente estos pensamientos, inclinó la cabeza. El objeto de su adoración exhalaba un perfume difícil de definir. Depositó sus húmedos labios sobre su extremo superior, cubrió con su adorable boca el pequeño orificio, y luego besó ardientemente el reluciente miembro.
-¿Cómo se llama ese fluido? -preguntó Jesús, alzando una vez más su lindo rostro.
-Tiene varios nombres -replicó el Santo Varón-. Depende de la clase social a la que pertenezca la persona que lo menciona. Pero entre nosotros, hijo mío, lo llamaremos leche.
-¿Leche? -repitió Yeshúa inocentemente, dejando escapar el erótico vocablo por entre sus dulces labios, con una unción que en aquellas circunstancias resultaba natural.
Si, hijo mío, la palabra es leche.
Por lo menos así quisiera que lo llamaras tú, y enseguida te inundaré con esta esencia tan preciosa.
-¿Cómo tengo que recibirla?
-Preguntó Yeshúa, pensando en Judas, y en la tremenda diferencia relativa entre su instrumento y el gigantesco pene en que aquellos instantes tenía ante sí.
Hay varios modos para ello. Todos los cuales tienes que aprender. Pero ahora no estamos bien acomodados para el principal de los actos del rito venéreo, la copulación permitida de la que hemos hablado.
Por consiguiente debemos sustituirlo por otro medio más sencillo, así que en lugar de que descargue esta esencia llamada leche en el Interior de tu cuerpo, teniendo en cuenta que la suma estrechez de tu hoyito provocaría que fluyera con extrema abundancia, empezaremos con la fricción por medio de tus obedientes dedos, hasta que llegue el momento en que se aproximen los espasmos que acompañan a la emisión.
Llegado el instante, a una señal mía tomarás entre tus labios, lo más que quepa en ellos de la cabeza de este objeto, hasta que, expelida la última gota, me retire satisfecho, por lo menos temporalmente.
Yeshúa, cuyo lujurioso instinto le había permitido disfrutar la descripción hecha por el Sacerdote, y que estaba tan ansioso como él mismo por llevar a cumplimiento el atrevido programa, manifestó rápidamente su voluntad de complacer.
Jonatán colocó una vez más su enorme pene en manos de Jesús.
Excitado tanto por la vista como por el contacto de tan notable objeto, que tenía asido entre ambas manos con verdadero deleite, el niño se dio a cosquillear, frotar y exprimir el enorme y tieso miembro de manera que proporcionaba al licencioso Sacerdote el mayor de los goces.
No contento con friccionarlo con sus firmes manos, Yeshúa dejando escapar palabras de devoción y satisfacción, llevó la espumeante cabeza a sus rosados labios, y la introdujo hasta donde le fue posible, con la esperanza de provocar con sus toques y con las suaves caricias de su lengua la deliciosa eyaculación que debía sobrevenir.
Esto era más de lo que el Santo Varón había esperado, ya que nunca supuso que iba a encontrar un discípulo tan bien dispuesta para el irregular ataque que había propuesto. Despertadas al máximo sus sensaciones por el delicioso cosquilleo de que era objeto, se disponía a inundar la boca y la garganta del muchachito con el flujo de su poderosa descarga.
Jonatán comenzó a sentir que no tardaría en terminar, con lo que iba a terminar su placer.
El era uno de esos seres excepcionales, cuya abundante eyaculación seminal es mucho mayor que la de los individuos normales. No sólo estaba dotado del singular don de poder repetir el acto venéreo con intervalos cortos, sino que la cantidad con que terminaba su placer era tan tremenda como desusada.
La superabundancia parecía estar en relación con la proporción con que hubieran sido despertadas sus pasiones animales, y cuando sus deseos libidinosos habían sido prolongados e intensos, sus emisiones de semen lo eran igualmente.
Fue en estas circunstancias que Jesús había emprendido la tarea de dejar escapar los contenidos torrentes de lujuria de aquel hombre. Iba a ser su dulce boca la receptora de los espesos y viscosos torrentes que hasta el momento no había experimentado, e ignorante como se encontraba de los resultados del alivio que tan ansioso estaba de administrar, el jovencito deseaba la consumación de su labor y el derrame de leche del que le había hablado el buen Sacerdote.
El exuberante miembro engrosaba y se enardecía cada vez más, a medida que los excitantes labios de Yeshúa apresaban su anchurosa cabeza y su lengua jugueteaba en torno al pequeño orificio. Sus blancas manos lo privaban de su dúctil piel, o cosquilleaban alternativamente su extremo inferior.
Dos veces retiró Jonatán la cabeza de su miembro de los labios del Hijo de Dios, incapaz ya de aguantar los deseos de terminar al delicioso contacto de los mismos.
Al fin Jesús, impaciente por el retraso, y habiendo al parecer alcanzado un máximo de perfección en su técnica, presionó con mayor energía que antes el tieso dardo.
Instantáneamente se produjo un envaramiento en las extremidades del buen Hombre. Sus piernas se abrieron ampliamente a ambos lados de su penitente. Sus manos se agarraron convulsivamente del cojín. Su cuerpo se proyectó hacia adelante y se enderezó.
¡Yahvé! ¡Ya voy a terminar!
Exclamó al tiempo que con los labios entreabiertos y los ojos vidriosos lanzaba una última mirada a su inocente víctima.
Después se estremeció profundamente, y entre lamentos y entrecortados gritos histéricos, su pene, por efecto de la provocación del jovencito, comenzó a expeler torrentes de espeso y viscoso fluido.
Yeshúa, comprendió por los chorros que uno tras otro inundaban su boca y resbalaban garganta abajo, así como por los gritos de su compañero, que éste disfrutaba al máximo los efectos de lo que el había provocado, siguió succionando y apretujando hasta que, lleno de las descargas viscosas, y semi asfixiado por su abundancia se vio obligado a soltar aquella jeringa humana que continuaba eyaculando a chorros sobre su rostro.
-¡Oh Señor! exclamó el Niño Jesús, cuyos labios y cara estaban inundados de la caliente leche del Sacerdote. ¡Qué placer me ha provocado!
Y a usted, Seño. ¿No le he proporcionado el preciado alivio que necesitaba?
Jonatán, demasiado agitado para poder contestar, atrajo al gentil muchacho hacia sus brazos, y comprimiendo sus chorreantes labios los cubrió con húmedos besos de gratitud y de placer, lamiendo de a pocos las gruesas gotas de semen que aun escurrían por las mejillas.

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CAPITULO 05

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 05

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Curioso por saber el desarrollo de esta aventura... al propio tiempo que por la suerte del gentil y amable Yeshúa, me sentí obligado a permanecer junto a él después de todo ya eran muchísimas las cosas que habíamos pasado juntos, y por lo tanto tuve buen cuidado de no molestarlo con mis atenciones, no fuera a despertar su resistencia y a desencadenar un ataque a destiempo, en un momento en el que para el buen éxito de mis propósitos necesitaba estar en el propio campo de operaciones del joven.
No trataré de describirles el mal rato que pasó este niño, que a pesar de haber sido concebido fuera del pecado lo llevaba tan impregnado a él como la vida misma, (lo cual revela la pequeña mentirilla de su madre, pero esa es otra historia...) en el intervalo transcurrido desde el momento en que se produjo el enojoso descubrimiento del Sacerdote y la hora señalada por éste para visitarle, con el fin de decidir sobre el destino del infortunado Jesús.
Con paso incierto y la mirada fija en el suelo, el asustado muchacho se presentó a la puerta de la Sinagoga y llamó. La puerta se abrió y apareció el Sacerdote en el umbral. A un signo del Sacerdote Yeshúa entró, permaneciendo de pie frente a la Imponente figura del Santo Varón.
Siguió un embarazoso silencio que se prolongó por algunos segundos. Jonatán lo rompió al fin para decir:
Has hecho bien en acudir tan puntualmente, hijo mío. La estricta obediencia del penitente es el primer signo espiritual que conduce al perdón divino. Mientas le hablaba lo conducía a un pequeño recinto.
Al oír aquellas bondadosas palabras Yeshúa cobró aliento y pareció descargarse de un peso que oprimía su corazón.
Jonatán siguió hablando, al tiempo que se sentaba sobre un largo cojín que cubría una gran arca de roble.
He pensado mucho en ti, y también rogado por tu cuenta hijo mío. Durante algún tiempo no encontré manera alguna de dejar a mi conciencia libre de culpa, salvo la de acudir a tus padres para revelar el espantoso secreto que involuntariamente llegué a poseer.
Hizo una pausa, y Yeshúa, que sabía muy bien el severo carácter de José el carpintero, como el de Maria, se echó a temblar al oír tales palabras. Tomándolo de la mano y atrayéndolo de manera que tuvo que arrodillarse ante el, mientras su mano derecha presionaba su hombro, continuó el Sacerdote…
Pero me dolía pensar en los espantosos resultados que hubieran seguido a tal revelación, y pedí a Yahvé que me asistiera en tal tribulación. El me señaló un camino que, al propio tiempo que sirve a las finalidades de la sagrada iglesia, evita las consecuencias que acarrearía el que el hecho llegase a conocimiento de tus padres. Sin embargo, la primera condición necesaria para que podamos, seguir este camino es la obediencia absoluta.
Jesús, aliviado de su angustia al oír que había un camino de salvación, prometió en el acto obedecer ciegamente las órdenes de su guía espiritual.
El jovencito estaba arrodillado a sus pies. Jonatán inclinó su gran cabeza sobre la postrada figura de el. Un tinte de color enrojecía sus mejillas, y un fuego extraño iluminaba sus ojos. Sus manos temblaban ligeramente cuando se apoyaron sobre los hombros de su penitente, pero no perdió su compostura. Indudablemente su espíritu estaba conturbado por el conflicto nacido de la necesidad de seguir adelante con el cumplimiento estricto de su deber y los tortuosos pasos con que pretendía evitar su cruel exposición.
El Santo Hombre comenzó luego un largo sermón sobre la virtud de la obediencia, y de la absoluta sumisión a las normas dictadas por los Profetas.
Jesús reiteró la seguridad de que sería muy paciente, y de que obedecería todo cuanto se le ordenara.
Entretanto resultaba evidente para mí que el Sacerdote era víctima de un espíritu controlado pero rebelde, que a veces asomaba en su persona y se apoderaba totalmente de ella, reflejándose en sus ojos centelleantes y sus apasionados y ardientes labios.
Jonatán atrajo más y más a su hermoso penitente, hasta que sus fuertes brazos descansaron sobre sus rodillas y su rostro se inclinó hacia abajo con piadosa resignación, casi sumido entre sus manos.
Y ahora, hijo mío -siguió diciendo el Santo Varón ha llegado el momento de que te revele los medios que me han sido señalados por Jehová tu Dios, como los únicos que me autorizan a absolverte de la ofensa. Hay espíritus a quienes se ha confiado el alivio de aquellas pasiones y exigencias que la mayoría de los siervos de la Iglesia tienen prohibido confesar abiertamente, pero que sin duda necesitan satisfacer.
Se encuentran estos pocos elegidos entre aquellos que ya han seguido el camino del desahogo carnal. A ellos se les confiere el solemne y sagrado deber de atenuar los deseos terrenales de nuestra comunidad, dentro del más estricto secreto.
Con voz temblorosa por la emoción, y al tiempo que sus amplias manos descendían de los hombros del muchacho hasta su cintura, el Sacerdote susurró:
Para ti, que ya probaste el supremo placer de la copulación, está indicado el recurso a este sagrado oficio. De esta manera no sólo te será borrado y perdonado el pecado cometido, sino que se te permitirá disfrutar legítimamente de esos deliciosos éxtasis. De esas insuperables sensaciones de dicha arrobadora que en todo momento encontrarás en los brazos de sus fieles servidores. Nadarás en un mar de placeres sensuales. Sin incurrir en las penalidades resultantes de los amores ilícitos. La absolución seguirá a cada uno de los abandonos de tu dulce cuerpo para recompensar a la iglesia a través de sus Sacerdotes, y serás premiado y sostenido en tu piadosa labor por las intensas y fervientes emociones que el delicioso disfrute de tu hermoso cuerpito tiene que provocar.
Yeshúa oyó la insidiosa proposición con sentimientos mezclados de sorpresa y placer.
Los poderosos y lascivos impulsos de su ardiente naturaleza despertaron en el acto ante la descripción ofrecida a su fértil imaginación. ¿Cómo dudar?
El piadoso Sacerdote acercó su complaciente cuerpo hacia el pequeño, y estampó un largo y cálido beso en sus temblorosos labios.
-Yeshúa, sentía cada vez más excitados sus instintos sexuales.
¡Es demasiado para que pueda soportarlo!
Yo quisiera... me pregunto... ¡No sé qué decir!
-Inocente y dulce niño. Es misión mía la de instruirte. En mi persona encontrarás el mejor y más apto preceptor para la realización de los ejercicios que de hoy en adelante tendrás que llevar a cabo.
Jonatán cambió de postura. En aquel momento el Niño Jesús advirtió por vez primera su ardiente mirada de sensualidad, y casi le causó temor descubrirla.
También fue en aquel instante cuando se dio cuenta de la enorme protuberancia que descollaba en la parte frontal de la túnica del Santo Varón.
El excitado Sacerdote apenas se tomaba ya el trabajo de disimular su estado y sus intenciones. Tomando al hermoso muchacho entre sus brazos lo besó larga y apasionadamente. Apretó el tierno cuerpo del niño contra su voluminosa persona, y la atrajo fuertemente para entrar en contacto cada vez más íntimo con su grácil figura.
Al cabo, consumido por la lujuria, perdió los estribos, y dejando a Jesús parcialmente en libertad, abrió el frente de su túnica y dejó expuesto a los atónitos ojos de su joven penitente y sin el menor rubor, un miembro cuyas gigantescas proporciones, erección y rigidez lo dejó completamente confundido.
Es imposible describir las sensaciones despertadas en Yeshúa por el repentino descubrimiento de aquel instrumento.
Su mirada se fijó instantáneamente en él, al tiempo que el Sacerdote, advirtiendo su asombro, pero descubriendo que en él no había mezcla alguna de alarma o de temor, lo colocó tranquilamente entre sus manos. El entablar contacto con tan tremenda cosa se apoderó de Jesús un terrible estado de excitación, tanto que su propio pene quería saltar rompiendo las costuras de su ropa.
Como quiera que hasta entonces no había visto más que el miembro de moderadas proporciones de Judas, tan notable fenómeno despertó rápidamente en el la mayor de las sensaciones lascivas, y asiendo el inmenso objeto lo mejor que pudo con sus manecitas se acercó a él embargado por un deleite sensual verdaderamente estático.
-¡Santo Dios! ¡Esto ese casi el cielo! -murmuró Yeshúa
¡Oh Señor quién hubiera creído que Iba yo a ser escogido para semejante dicha!
Esto era demasiado para Jonatán. Estaba encantado con la lujuria de su lindo penitente y por el éxito de su Infame treta...
(En efecto, él lo había planeado todo, él sabia sobre la pasión que consumía a Judas... dado que era bien sabido que más de uno quedaba extasiado ante su singular belleza, mezcla de niño hombre. Entonces les facilitó la entrevista a los jóvenes y con ella la oportunidad de que se entregasen a sus ardorosos juegos, a escondidas de todos menos de él, que se agazapó cerca del lugar de la cita para contemplar con centelleantes ojos el combate amoroso).
Levantándose rápidamente alzó el ligero cuerpo del niño despojándolo de sus prendas y colocándolo sobre el cojín en el que estuvo sentado él momentos antes levantó sus duras piernas, y separando lo más que pudo sus complacientes muslos contempló por un instante el pequeño pene blanco sus rosados testículos y hasta la deliciosa hendidura que formaban sus duras y redondas nalgas tras sus apretados testículos.
Luego, sin decir palabra, avanzó su rostro hacia el pequeño, e introduciendo su impúdica lengua tan adentro como pudo en el húmedo ano, se dio a succionar tan deliciosamente que Yeshúa, en un gran éxtasis pasional, y sacudido su joven cuerpo por espasmódicas contracciones de placer no tuvo más opción que abandonarse a las lujuriosas sensaciones. Luego continuo con sus pequeños testículos y con su delgado pene que duro se erguía contra su fuerte y chato vientre, proporcionándole un orgasmo seco ante la imposibilidad de sus testículos para elaborar semen, el pequeño ano ya se veía rojo y abultado sobresaliendo un poco hacia afuera.
Siguieron unos Instantes de calma. Jesús reposaba sobre su espalda, con los brazos extendidos a ambos lados y la cabeza caída hacia atrás, en actitud de delicioso agotamiento tras las violentas emociones provocadas por el lujurioso proceder del Sacerdote.

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CAPITULO 04

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 04

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Yeshúa dejó escapar un pequeño grito al sentir forzada la puerta que conducía a sus secretos encantos, pero lo delicioso del contacto le dio fuerzas para resistir el dolor con la esperanza del alivio que parecía estar a punto de llegar, y entregados por entero a las deliciosas sensaciones que se habían apoderado de ellos, unían sus esfuerzos para llevar a cabo ardientes movimientos que ambos sentían que iban a llevarlos a un éxtasis.
Todo el cuerpo de Jesús se estremecía de delirante impaciencia, y de sus labios se escapaban cortas exclamaciones delatoras del supremo deleite; estaba entregado en cuerpo y alma a las delicias del coito anal. Sus contracciones rectales masajeaban el arma que en aquellos momentos lo tenía ya ensartado, aunque no había entrado por completo, sentía el firme abrazo con que sujetaba el contorsionado cuerpo del muchacho, todo ello excitaba los sentidos de Judas hasta llegar la locura.
Hundió su instrumento un poco más en el cuerpo de Jesús, Aunque los dos globos que abastecían de masculinidad al campeón aun sufrían por alcanzar contacto con los firmes cachetes de las nalgas del excitado niño. No pudo avanzar más y se entregó de lleno a recoger la cosecha de sus esfuerzos.
Pero Yeshúa, insaciable en su pasión, tan pronto como vio realizada la unión que deseaba, entregándose al ansia de placer que el rígido y caliente miembro le proporcionaba, estaba demasiado excitado para interesarse o preocuparse por lo que pudiera ocurrir después.
Jesús poseído por locos espasmos de lujuria, se apretujaba contra el objeto de su placer y, acogiéndose a los brazos de su amado, sentía como su propio pene al roce con el duro y peludo abdomen de su amado los estremecía en feroces espasmos.
Como Jesús aun era incapaz de eyacular sus orgasmos no emitían ningún flujo por lo que Judas era ignorante de todo el placer que le estaba prodigando a su pequeño amante.
Tras varios asaltos fallidos por ensartar el integro de su miembro en el ajustado ano, un rabioso torrente de deseo pareció inundarle las venas.
Su instrumento se encontraba hundido a medias en las entrañas de Jesús. Echándose hacia atrás extrajo el ardiente miembro casi hasta la cabeza y volvió a hundirlo. Sintió un cosquilleo crispante, enloquecedor.
Apretó el brazo que le mantenía unido a su joven amante y en el mismo instante en que otro grito de arrebatado placer se escapaba del palpitante pecho de el, sintió su propio jadeo sobre el pecho de Yeshúa, mientras derramaba en el interior de sus agradecidos intestinos un verdadero torrente de vigor juvenil.
Un apagado gemido de lujuria satisfecha escapó de los labios entreabiertos de Yeshúa, al sentir en su interior el derrame de fluido seminal. Al propio tiempo el lascivo frenesí de la emisión le arrancó a Judas un grito penetrante y apasionado mientras quedaba tendido con los ojos en blanco, como el acto final del drama sensual.


El grito fue la señal para una interrupción tan repentina como inesperada. Entre las ramas de los arbustos próximos se coló la siniestra figura de un hombre que se situó de pie delante de los jóvenes amantes. El horror heló la sangre de ambos. Judas, escabulléndose del que había sido su lúbrico y cálido refugio, y con un esfuerzo por mantenerse en pie, retrocedió ante la aparición, como quien huye de una espantosa serpiente.
Por su parte, el pequeño Jesús, tan pronto como advirtió la presencia del intruso se cubrió el rostro con las manos, encogiéndose en el banco que había sido mudo testigo de su goce, e incapaz de emitir sonido alguno a causa del temor, se dispuso a esperar la tormenta que sin duda iba a desatarse, para enfrentarse, a ella con toda la presencia de ánimo de que era capaz.
No se prolongó mucho su incertidumbre. Avanzando rápidamente hacia la pareja culpable, el recién llegado tomó al mayor de los jóvenes por el brazo; mientras con una dura mirada autoritaria le ordenaba que pusiera orden en su vestimenta.
Muchachos imprudentes, murmuró entre dientes
¿Qué hicieron?
¿Hasta qué extremos los ha arrastrado su pasión loca y salvaje?
¿Cómo podrán enfrentarte a la ira de sus ofendidos Padres?
¿Cómo apaciguaras su justo resentimiento cuando yo, en el ejercicio de mi deber moral, le haga saber el daño causado por la mano de su único hijo?
Cuando terminó de hablar, manteniendo a Judas todavía sujeto por la muñeca, la luz de la luna descubrió la figura de un hombre de aproximadamente cuarenta y cinco años, bajo, gordo y más bien corpulento. Su rostro, francamente hermoso, resultaba todavía más atractivo por efecto de un par de ojos brillantes que, negros como el azabache, lanzaban en torno a él adustas miradas de apasionado resentimiento.
Vestía túnica, la misma que uso en la mañana en la Sinagoga... tenía un aspecto sombrío, y una esmerada limpieza que hacían resaltar todavía más sus notables proporciones musculares y su sorprendente fisonomía.
Judas estaba confundido por completo, y se sintió egoísta e infinitamente aliviado cuando el fiero intruso se volvió hacía su pequeño compañero de goces libidinosos.
-En cuanto a ti, infeliz niño, sólo puedo expresarte mi máximo horror y mi justa indignación, tu Hijo de Maria la prostituta... que pronto has olvidado las enseñanzas de los profetas... sin importarte el honor, has permitido a este perverso y presuntuoso muchacho que pruebe la fruta prohibida, ¿Qué te queda ahora? Escarnecido por tus amigos, y arrojado de tu hogar; tendrás que asociarte con las bestias del campo.
Serás eludido por los tuyos para evitar la contaminación, y tendrás que implorar por los caminos del Señor un miserable sustento. ¡Ah, hijo del pecado, criatura entregada a la lujuria y a Satán!
Acaso no hemos hablado ya de cuando Noé estando embriagado se quedó dormido desnudo, en su tienda. Y llegando su hijo, Cam, lo vio, no ves que se dejo llevar por la lujuria, tal fue la excitación que sintió que fornico con el. ¿Que hizo Noe cuando despertó y supo que Cam le vio sus desvergüenzas?
Pues lo maldijo. "¡Maldito sea Canaán! ¡Siervo de siervos sea para sus hermanos!"
Y tu engendro de la prostitución has caído en el mismo pecado de la carne...
El extraño había ido tan lejos en su amonestación, que Yeshúa, abandonando su actitud encogida y levantándose, unió lágrimas y súplicas en demanda de perdón para el y para su amante.
-No digas más, siguió, al cabo el fiero Sacerdote. No digas más, las humillaciones sólo añaden lodo a tu ofensa. Mi mente no acierta a concretar cuál sea mi obligación en este sucio asunto, pero si obedeciera los dictados de mis actuales inclinaciones me encaminará directamente hacia tus custodios naturales para hacerles saber de inmediato las infamias que por azar he descubierto.
¡Por piedad! ¡Compadézcase de mí! -suplicó Jesús cuyas lágrimas se deslizaban por unas mejillas que hacía poco habían resplandecido de placer.
-¡Perdónenos, Sacerdote! ¡Perdónenos a los dos! Haremos cuanto esté en nuestras manos como penitencia. Estoy dispuesto a cualquier sacrificio si perdona a mi querido Yeshúa.
El Sacerdote impuso silencio con un ademán. Después tomó la palabra, a veces en un tono piadoso que contrastaba con sus maneras resueltas y su natural dureza.
-¡Basta! -dijo-. Necesito tiempo... Pasa a verme mañana a la Sinagoga, tu Galileo. Allí, en el recinto adecuado, te revelaré cuál es la voluntad divina con respecto a tu pecado.
En cuanto a ti, hombre impetuoso, me reservo todo juicio y toda acción hasta el día siguiente, en el que te espero a la misma hora.
Miles de gracias surgieron de las gargantas de ambos penitentes cuando el Sacerdote les advirtió que debían marcharse ya.
La noche hacía mucho que había caído, y se levantaba el relente.

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CAPITULO 03

Los años perdidos en la niñez de Jesús.
CAPITULO 03

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En aquel momento Jesús cerró los ojos, y dejando caer su cabeza hacia atrás se estremeció ligeramente, al tiempo que su cuerpo devenía ligero y lánguido, y su cabeza buscaba apoyo en el brazo de su amado.
-¡Oh, Judas! -murmuró-. ¿Qué me estás haciendo? ¡Qué deliciosas sensaciones me proporcionas!
El muchacho no permaneció ocioso, pero habiendo ya explorado todo lo que le permitía la postura forzada en que se encontraba, se levantó, y comprendiendo la necesidad de satisfacer la pasión que con sus actos había despertado, le rogó a su compañero que le permitiera conducir su mano hacia un objeto querido, que le aseguró era capaz de producirle mucho mayor placer que el que le habían proporcionado sus dedos. , Nada renuente, Jesús se asió aun nuevo y delicioso objeto y, ya fuere porque experimentaba la curiosidad que disimulaba, o porque realmente se sentía transportado por deseos recién nacidos no pudo negarse a llevar de la sombra a la luz el erecto objeto de su amigo.
Era la primera vez que Jesús contemplaba un miembro masculino extraño y en plena manifestación de poderío, y aunque no hubiera sido así, el que yo podía ver cómodamente era de tamaño formidable. Lo que más le incitaba a profundizar en sus conocimientos eran los abundantes pelos que lo rodeaban por todos lados así como el tamaño y la blancura del tronco y su roja cabeza desnuda que se ponía casi morada cuando el ejercía presión.
Judas estaba igualmente enternecido. Sus ojos brillaban y su mano seguía recorriendo el juvenil cuerpo de que había tomado posesión. Mientras tanto los jugueteos de la manecita sobre e juvenil miembro con el que había entrado en contacto habían producido los efectos que suelen observarse en circunstancias semejantes en cualquier organismo sano y vigoroso, como el del caso que nos ocupa.
Arrobado por la suave presión de la mano, los dulces y deliciosos apretones y la inexperiencia con que el jovencito tiraba hacia atrás los pliegues que cubrían la exuberante fruta, para descubrir su roja cabeza encendida por el deseo, y con su diminuto orificio en espera de la oportunidad de expeler su viscosa ofrenda, el joven estaba enloquecido de lujuria, y Jesús era presa de nuevas y raras sensaciones, que lo arrastraban hacia un torbellino de apasionada excitación que lo hacía anhelar un desahogo todavía desconocido.
Con sus hermosos ojos entornados, entreabiertos sus húmedos labios, la piel caliente y enardecida a causa de los desconocidos impulsos que se habían apoderado de su persona, era víctima propicia para quienquiera que tuviese aquel momento la oportunidad, y quisiera lograr sus favores y arrancarle su delicada inocencia.
No obstante su juventud, Judas no era tan ciego como para dejar escapar tan brillante oportunidad.
Además su pasión, ahora al máximo, lo incitaba a seguir adelante. Desoyendo los consejos de los maestros que de otra manera hubiera escuchado.
Encontró palpitante el centro que se agitaba bajo sus dedos; contempló al hermoso muchacho tendido en una invitación al deporte del amor, observó sus hondos suspiros, que hacían subir y bajar su joven pecho y las fuertes emociones sensuales que daban vida a las radiantes formas de su joven compañero.
Las fuertes y turgentes piernas del muchachito estaban expuestas a las apasionadas miradas del joven.
A medida que iba desnudándolo cuidadosamente de sus ropas íntimas, Judas descubría los secretos encantos de su adorable compañero, hasta que sus ojos en llamas se posaron en los rollizos miembros rematados un abdomen plano unas caderas estrechas, un pubis palpitante y sin vellos de donde emergía un blanco pene aunque largo pero delgado y duro como la roca.
Su ardiente mirada se posó entonces en el centro mismo de atracción, en la rosada cabeza sin ninguna sombra del más suave de los vellos.
El cosquilleo que le había administrado y las caricias dispensadas al objeto codiciado, habían provocado una pequeña humedad que suele suceder a la excitación y Jesús además ofrecía escondido entre sus nalgas un pequeño orificio que jamás había sido tocado por manos ajenas, tan rosado que antojábase un durazno bien rociado por el mejor y más dulce néctar que pueda ofrecer la naturaleza.
Judas captó su oportunidad y apartando suavemente la mano con que Jesús le asía el miembro, se lanzó furiosamente sobre la inocente figura de su compañero.
Apresó con su brazo izquierdo su breve cintura, abrazó las mejillas del muchacho con su cálido aliento y sus labios apretaron los de el en un largo, apasionado y apremiante beso enrojeciendo las mejillas del pequeño al roce de su gruesa barba.
Tras de liberar a su mano izquierda. Trató de juntar los cuerpos lo más posible en aquellas partes que desempeñan el papel activo en el placer sensual, reforzándose ansiosamente por completar la unión.
Yeshúa sintió por primera vez en su vida el contacto mágico del órgano masculino con sus rosados testículos. Judas deslizo un poco más su miembro entre las piernas de su amado, hasta que percibió el ardiente contacto de la dura cabeza su miembro con el ajustado orificio anal donde quería alojarse al cabo de la batalla.
Judas estaba embelezado y se esforzaba en buscar la máxima perfección en la consumación del acto.
Pero la naturaleza que tanto había Influido el desarrollo de las pasiones sexuales de Yeshúa, había dispuesto que debía de procederse con mucha paciencia, antes que fuera cortado tan fácilmente un capullo tan tempranero.
Yeshúa era muy joven e inmaduro (incluso en el sentido de las poluciones nocturnas peor aun por medio de la masturbación) que señalan el comienzo de la pubertad y su cuerpo, aun cuando estaba lleno de perfección y de frescura estaba poco preparado para la admisión de los miembros masculinos, aun los tan moderados como el que, con su redonda cabeza intrusa, luchaba en aquel momento por buscar alojamiento en el pequeño ano.
En vano se esforzaba Judas presionando con su excitado miembro hacia el interior de las delicadas partes del adorable muchachito. Los rosados pliegues del estrecho orificio resistían todas las tentativas de penetración en la mística gruta anal.
En vano también Yeshúa, en aquellos momentos inflamado por una excitación que rayaba en la furia, y semi enloquecido por efecto del cosquilleo que ya había sentido, secundaba por todos los medios los audaces esfuerzos de su joven amante.
Tenía un ano muy fuerte y resistía bravamente, casi rayando en el dolor de una herida. La inexperiencia del joven por querer poseer a su joven amante lo llevo a casi provocarle un desgarro, sin embargo la naturaleza de sus propios instintos lo indujeron a intentarlo primero con los dedos humedecidos en saliva, esto se presentaba mucho mas fácil y placentero sobre todo para el pequeño Jesús.
Al fin, con un esfuerzo y paciencia logro introducir uno, luego dos dedos, en el ano que se relajaba muy lentamente al paso de sensaciones mucho mas gentiles y delicadas. Con movimientos circulares Judas logro alojar tres dedos en el joven recto de su amante, a la vez que lo sentía mucho mas dilatado y caliente, desesperado por alcanzar el objetivo propuesto, el joven se hizo atrás por un momento, apuntando hora con su erecto pene, se lanzó luego lento pero seguro, hacia adelante, con lo que consiguió abrirse paso taladrando en la obstrucción, y adelantar la cabeza y parte de su endurecido miembro con el sexo de el muchacho que yacía bajo él.

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